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Análisis:59ª edición de la Berlinale

Otro insufrible experimentalismo

Sally Potter embarca a un puñado de actores dotados en la aburrida 'Rage'

Que una película venga firmada por Sally Potter, directora aclamada por los modernos en su aún más relamida que delirante ópera prima Orlando y que incluso dejó de estar de moda con ellos en sus sucesivas e indefendibles naderías, me provoca contrastados miedos, pero comprobando cómo un director tan ancestralmente soso como Ron Howard ha podido realizar la magnífica El desafío: Frost contra Nixon, siempre estaré dispuesto para las mejores sorpresas. Pero el fuego fatuo se disipa a los 15 minutos de proyección de Rage. Gente más intuitiva que yo o con menos tiempo que perder ya ha salido volando de la sala antes de ese tiempo. Sin embargo, asumo la tarea del héroe y no me muevo de la butaca, no me vayan a acusar los espíritus puros de que no hago los deberes y me largo sin haber paladeado el final de los engendros, algo que me ocurrió y que confesé ante una pretenciosa tontería de Kiarostami exhibida en el último e inenarrable Festival de Venecia, en la que el pope iraní plantaba caprichosamente la cámara durante dos horas en los rostros de un centenar de mujeres que están viendo una película.

Tampoco hay nada interesante en la sueca 'Mammoth', de Lukas Moodysson

Al lado de tanto tedio, la argentina 'Gigante' es un pequeño oasis

En aquélla, lo único sonoro que percibías eran los diálogos que ellas estaban escuchando en la pantalla del cine. En Rage hemos progresado. Ves durante todo el metraje el rostro en primer plano de 10 personajes, pero éstos al menos hablan. Se dirigen a una cámara que les está filmando a través de Internet. ¿Y a qué se dedican estos parlanchines, qué nos cuentan, qué les pasa? Pertenecen a las diversas clases del engranaje de la moda. Son diseñadores, estilistas, modelos, aspirantes a modelo, publicistas, propietarios, costureras, guardaespaldas, travestis, críticos y asesores de imagen. El discurso explicándonos su fascinante trabajo antes de un desfile se interrumpe porque la palma violentamente una top model. A partir de ahí las máscaras se resquebrajan y comienza el derrumbe, porque la velocidad de transmisión de Internet hace que jóvenes concienciados se planten en la calle a darles la brasa por su frivolidad. Y este cuento se ha acabado.

Imagino que Sally Potter se ha planteado hacer una profunda reflexión moral sobre el universo de la moda, aunque mi estrechez mental no capte esas esencias, lo cual no me impide sentir un descomunal aburrimiento ante gente que me está soltando su prescindible rollo en plano fijo durante un metraje que parece inacabable. Reconozco el mérito o la suerte de Sally Potter al haber descubierto en Orlando a esa actriz tan andrógina e inquietante llamada Tilda Swinton (es la presidenta del jurado en esta Berlinale, o sea que estoy preparado para cualquier disparate en el palmarés como agradecimiento a su descubridora), pero no me parece suficiente aval para que actrices y actores tan dotados como Judi Dench, Dianne Wiest, Steve Buscemi y Jude Law se hayan prestado impunemente a interpretar el guión de Rage, esta notable y experimental bobada.

Tampoco hay nada interesante que contar de Mammoth, dirigida por el sueco Lukas Moodysson. La protagonizan una cirujana estresada, su feliz marido, que se ha hecho millonario inventando juegos en Internet, pero que descubre lo quebradiza que puede ser su fidelidad durante la firma de un contrato en Tailandia, la angelical hija de la pareja y una asistenta filipina con desgarrada y lógica añoranza de sus hijos. Pero lo que le ocurre a esta gente no logra hacerse contagioso para mí. Cine plano y de propósitos indescifrables.

Al lado de tanto tedio, la película argentina Gigante adquiere condición de pequeño oasis, aunque tampoco te incite a lanzar cohetes. Sin embargo, al menos estás pendiente de cómo va a acabar la obsesión amorosa de un introvertido guardia de seguridad de un supermercado hacia una limpiadora que le ignora.

Está narrada en plan posibilista, sin que ocurran demasiadas cosas, pero tiene cierto encanto. También conclusiones audaces, pero no voy a ser tan insensato como para revelárselas a ustedes.

A propósito de revelaciones infames: cierren los ojos y tápense los oídos si les ofrecen en el cine el tráiler de The reader, de Stephen Daldry, ya que desvela impunemente la gran sorpresa que pretende darte su argumento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de febrero de 2009