Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Mecanismo perverso

Las diferencias en vacunación crean desigualdad al tiempo que pervierten el mecanismo de decisión

La existencia de tantos calendarios de vacunación diferentes como comunidades y ciudades autónomas tiene España es mucho más grave de lo que parece. En primer lugar por razones de salud, pero también porque su gestación ha puesto de manifiesto una peligrosa deriva en la toma de decisiones sanitarias que no sólo puede tener onerosos e injustificados costes para el erario público, sino para la equidad y sostenibilidad del sistema.

Para la salud, porque los virus y bacterias contra los que se vacuna no conocen de fronteras autonómicas. Y desde el punto de vista de la salud pública, además de inmunizar individualmente, lo que se persigue con la vacunación es hacer retroceder los agentes patógenos, y esto sólo se consigue vacunando de forma homogénea en todo el territorio a la edad que se considere más idónea. Provoca también problemas de equidad, pues unos niños están inmunizados contra algunos patógenos y otros no, además de confusión, especialmente en el caso de las familias que se mueven entre comunidades. Sería deseable por tanto, un calendario común, y no sólo de ámbito español, sino de toda la UE.

Pero el efecto más insidioso es que fomenta unos mecanismos en la toma de decisiones que coloca a las autoridades sanitarias en una situación de gran vulnerabilidad frente a las presiones de determinados intereses económicos, que no siempre coinciden con el interés público. Como ya ocurrió con la vacuna de la meningitis, el "efecto vecino" hace que en cuanto una comunidad decide introducir una vacuna en su calendario, condiciona a todas las demás a hacer lo mismo para evitar acusaciones de pasividad.

El hecho de que una Comunidad tan importante como la de Madrid anunciara, por ejemplo, que vacunaría contra el virus del papiloma, acordara lo que acordara el consejo interterritorial, condicionó el debate de este organismo, en lo que constituye algo más que un síntoma de este mecanismo perverso. Porque una vez que Madrid dice que vacunará a sus niñas, ¿qué consejero se arriesgará a ser acusado de no querer proteger a las suyas?

El efecto vecino está asegurado, cuando en este caso, un número importante de expertos en salud pública han cuestionado la conveniencia de introducir esta vacuna, cuyo coste equivale a todas las demás juntas, hasta que no se tengan más evidencias de que es una medida justificada en términos de salud pública.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de noviembre de 2008