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Tribuna:

Afganistán, un problema de todos

Y también dos huevos duros", dirían los Marx si hubieran asistido a la última reunión de la OTAN en Budapest. Y es que a la carga que la Alianza asume en Afganistán desde 2003 -contrainsurgencia, reconstrucción, refuerzo institucional, ayuda humanitaria...-, ahora se añade la lucha contra el narcotráfico, vital motor para los insurgentes (talibán, señores de la guerra o Al Qaeda y sus adláteres).

En estas circunstancias -cuando los 52.000 soldados de ISAF y los 20.000 de Libertad Duradera no se bastan para atender tan exigentes encargos, y cuando es notorio que no se atenderá la desesperada petición del jefe militar de la OTAN de aportar 12.000 efectivos más (insuficientes, aun así)-, la tentación de acelerar la salida del país es casi irresistible. Las tareas superan los escasos mimbres que los aliados han logrado ensamblar. Ni su capacidad militar se lo permite, ni las desiguales reglas de enfrentamiento facilitan las operaciones conjuntas, ni las condiciones políticas posibilitan el ejercicio de la ley, ni mucho menos los militares y policías afganos están en condiciones, como debería corresponderles, de ser los protagonistas.

Por su seguridad y su peso en el mundo, España debe reforzar y hacer más eficaz su compromiso

Para España, que realiza un notable esfuerzo civil y militar en la provincia de Bagdhis, la situación es especialmente delicada. Frente a puntuales éxitos (mejora de la situación sanitaria y de infraestructuras en la segunda provincia más atrasada del país), el panorama es preocupante debido al auge de la insurgencia en todo el país, como acaba de demostrar el ataque recibido por nuestras tropas, hasta bloquear prácticamente cualquier esfuerzo que no sea el estrictamente militar.

Conscientes de que la victoria militar es inalcanzable y la reconstrucción imposible, el argumento original para seguir allí hace agua por todas partes. Sin embargo, tras la acertada decisión de retirarse de Irak, España no puede ahora acompañar a Canadá (decidido a retirarse de Afganistán en 2011), aunque sólo sea porque el coste político a pagar sería excesivo en la OTAN y en sus relaciones con Washington. Más aún, cuando Barack Obama reciba a nuestro presidente, a quien dice considerar un aliado próximo, poniendo fin al desprecio de Washington en estos últimos años, es previsible que le solicite un esfuerzo adicional en Afganistán.

En este escenario, si la realpolitik impone continuar allí a medio plazo, es necesario reevaluar nuestro compromiso para que la opinión pública española entienda las razones de nuestra permanencia y para que nuestros militares enfoquen mejor su actuación y la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo) sea más eficaz en el terreno. En esencia se trataría de:

- Eliminar el autoimpuesto techo de 3.000 soldados en el exterior, que obliga a filigranas incomprensibles para una opinión pública que aprueba nuestra participación en misiones de paz. Necesitamos un mayor grado de libertad para asignar recursos allí donde estén en juego nuestros intereses y Afganistán, Líbano, Balcanes y, hoy también, Somalia son exigencias inexcusables.

- Apostar aún más por la formación de capacidades militares y de seguridad explícitamente afganas. Aunque aumentemos el volumen de tropas extranjeras, nunca serán suficientes para estabilizar el país y garantizar la seguridad de su población. La iniciativa española de formar y equipar dos unidades afganas tipo batallón es acertada y debe ser reforzada.

- Simultanear, con igual prioridad, las acciones de desarrollo con las de seguridad. No cabe secuenciar el esfuerzo, pensando que tras la seguridad vendrá el desarrollo social, político y económico. Comprometer a los afganos en su propio futuro significa apostar por su desarrollo, y en eso la AECID y otros actores humanitarios y de cooperación son clave. Esto no supone subordinar la actuación humanitaria y de desarrollo a la de seguridad, sino optar por el liderazgo de aquella (incluso como un argumento válido para no verse empantanados militarmente). Nuestros militares deben centrarse en crear un marco de seguridad que permita las acciones humanitarias y de desarrollo, así como reforzar a las fuerzas armadas afganas para que cumplan su misión fundacional.

- Asumir la conveniencia de negociar con otros actores políticos afganos. El liderazgo de Karzai ni es sólido ni ofrece una imagen de competencia y transparencia adecuada. Frente al simplismo de calificar como terroristas a todos sus opositores, cabe entender que quedan abiertos espacios a la obligada negociación con aquellos a los que no se puede derrotar militarmente y que tienen un significativo apoyo popular.

Conviene recordarlo: no estamos allí para salvar la imagen de la OTAN, ni tampoco para subordinar la misión únicamente a la seguridad de nuestros soldados (¿puede decirse que el riesgo es un componente más de su salario, sin ser acusado de antipatriota?). Estamos para estabilizar una situación que afecta a la seguridad mundial, impidiendo el regreso a la etapa anterior al 11-S (con Afganistán como semilla terrorista). Estamos también para asistir y proteger a los afganos, evitando el colapso del país, por puro egoísmo inteligente (el necesario para entender que no es necesariamente la democracia, sino la estabilidad, el objetivo a alcanzar). Y eso sólo se logrará con un esfuerzo en el que España tiene que implicarse.

Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2008