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Reportaje:

Volver al mercado

Separado recientemente con buena presencia y máxima seriedad se ofrece para iniciar una nueva relación". El anuncio pregona en la radio la semana de Citroën Eurocasión. Alude a la pasión que unía al propietario con su coche. Tanta, que les llevó a fundar un feliz matrimonio, pero que, una vez extinta, supuso la separación de la pareja, cuyos miembros, libres de nuevo, vuelven al mercado… de segunda mano. A los vehículos usados se les suele dar un repaso antes de volver a ponerlos en circulación. Las millas del cuentakilómetros y el desgaste del motor no se borran, pero una mano de chapa y pintura aumenta sus opciones. El símil no es muy delicado, pero sí gráfico. Los publicistas están al cabo de la calle.

Bárbara está en camilla, a punto de entrar en un quirófano de la clínica Ruber Internacional de Madrid. Se va a someter a una liposucción de abdomen, muslos y caderas bajo anestesia general. Un paño le cubre los pechos, sobre los que aún destacan las cicatrices de la elevación de mamas que le practicó el mismo cirujano en esta sala hace seis semanas. Entonces se operó un viernes y el lunes ya estaba en el trabajo. Ahora se ha tomado una semana libre previendo las consecuencias de una intervención que, además de otras molestias y dolores, le obligará a sufrir durante dos meses una faja pantalón de pecho a tobillos con un agujero en los genitales para evacuar. "Ahora estoy en medio del túnel, pero ya veo la luz", dice ella. Según sus cálculos, esa salida coincidirá con la noche de Reyes. "Ése será mi mejor regalo, estar preparada para volver al mercado".

Bárbara está en trámites de divorcio. Con 38 años y un hijo de cinco, ésta es su segunda ruptura seria. Cuando se separó de su primer marido, con el que se casó por la Iglesia a los 23, "tenía 27 años, el cuerpo prieto y ganas de comerme el mundo". Así que en cuanto se sintió dispuesta a iniciar nuevas relaciones, salió a buscarlas y las encontró. "Me quedé delgadísima, vivía para trabajar, salir y ligar". Una noche, en una discoteca, encontró a su segunda pareja. La vieja fórmula chica conoce chico funcionó como un reloj. Pero ahora, tras 10 años de convivencia, inmersa en una traumática separación del padre de su hijo, Bárbara no se "siente la misma".

El embarazo, los años y los disgustos le han dejado determinadas marcas en la piel y en el alma. Las de dentro, profundas, duelen, pero no se ven. Es para tratar de eliminar las de fuera por lo que ha pagado, en sangre y en euros, las citadas soluciones quirúrgicas. "Ya he pasado el duelo psicológico porque mi pareja iba mal desde hace tres años, y me gustaría rehacer mi vida, pero no me encontraba segura con mi cuerpo a la hora de salir, ni aún menos desnudarme delante de un hombre, tal como está el panorama".

-¿Cómo está el panorama?

-Por lo que me cuentan mis amigas separadas, fatal, porque somos muchas, la competencia es brutal y los hombres las quieren jóvenes y guapas. Por eso quiero estar estupenda, para tener alguna posibilidad.

Puede que Bárbara, universitaria, urbana, económicamente independiente, esté equivocada. Pero tiene razón al menos en una cosa. Los separados son muchos. Ellas más que ellos. En 2005, el Instituto Nacional de Estadística certificaba la existencia de un millón largo de personas separadas o divorciadas en España, de las que algo más de 600.000 eran mujeres, y poco más de 400.000, hombres. El año pasado se produjeron 145.919 rupturas legales de parejas. Casi diez mil más que en 2005, siguiendo una tónica ascendente que se mantiene desde la aprobación de la ley del divorcio en 1981.

La novedad es que, en 2006, casi todos los demandantes solicitaron directamente el divorcio, saltándose el paso previo de la separación que era obligatorio hasta 2005, cuando entró en vigor la reforma conocida como divorcio exprés. Es más, al abrirse la veda, salieron a la luz 1.000 parejas rotas legalmente menos de un año después de casarse. Ni paños calientes ni vamos a darnos un tiempo a ver si escampa. Si las cosas no funcionan, cada vez más cónyuges ponen tierra por medio.

"Este despegue transparenta las rupturas reales y evidencia la normalización absoluta del divorcio en España. Divorciarse ya no es algo nuevo, sino normal. La gente no se divorcia a lo tonto. Toda ruptura implica cierto fracaso, es un proceso costoso personal, social y psicológicamente. Pero ante las dificultades de la convivencia priman la libertad personal y la tolerancia social. Ha caído el tabú", dice Inés Alberdi, catedrática de Sociología de la Universidad Complutense. "En 26 años se ha pasado de la ilegalidad y el rechazo social a la separación, a que España sea el segundo país del mundo, después de Brasil, que más apoya el divorcio como solución en caso de conflicto de pareja, por encima de Dinamarca y Suecia", confirma Diego Becerril, sociólogo de la Universidad de Granada y autor del estudio Después del divorcio, publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas.

El reciente, e histórico, "cese temporal de la convivencia" de Elena de Borbón y Jaime de Marichalar resulta paradigmático, señala Alberdi. El matrimonio de la primogénita del Rey -44 años, 13 de casada, dos hijos pequeños- atravesaba serios problemas. La situación se mantuvo en la esfera privada hasta que ella tomó la decisión de abandonar el domicilio conyugal después de un periodo de reflexión y aceptación de las posibles presiones familiares para salvar su matrimonio. Tras unos días de (relativa) sorpresa social, se impuso la normalidad y el respeto a los miembros de una pareja en ese delicado trance. Las revistas del corazón celebraban un par de semanas después la primera salida nocturna de la Infanta. Las fotos la mostraban coreando a pleno pulmón los temas de Bruce Springsteen en su concierto madrileño. "Elena vuelve a sonreír", constataban los titulares. De eso se trata ¿no?

Cada año, pues, y sólo contando las separaciones con papeles -que no incluyen las miles de rupturas de parejas que conviven sin unión legal-, casi 300.000 hombres y mujeres se incorporan a un nuevo estado civil, personal y social. El de los separados/as. De acuerdo que algunos -más ellos que ellas, según cantan las cifras- salen de una pareja para meterse en otra. Pero son los menos. La mayoría pasa a engrosar "el panorama" que describía una recién llegada a esa plaza. El segundo mercado sentimental.

Mujeres y varones en diverso grado

-desde la disponibilidad teórica a la prospección permanente- de búsqueda de una nueva pareja. No les faltan ganas: el 72% de los usuarios separados del portal de contactos Match.com está convencido de que podrá "rehacer su vida" con otra persona. Ni temen tropezar en la misma piedra: el 66% se volvería a casar "si encontrara a alguien especial". Pero, además de optimista, concurrido y mayoritariamente femenino, ¿cómo es el mercado al que Bárbara desea volver cuando culmine su particular puesta a punto?

Las estadísticas del INE aportan alguna pincelada. Aunque muchos se divorcian antes de cumplir cinco años de casados, la mayor parte de los separados tienen entre 40 y 50 años, uno o más hijos a cargo y una media de 15 años de matrimonio a la espalda. El mismísimo retrato robot del paisanaje que atesta la discoteca Fortuny de Madrid cualquier jueves por la noche. Caballeros de mediana edad solos o en parejas empuñando sus copas parapetados contra la barra y animadas pandillas de señoras pertrechadas para aparentar 10 años menos que charlan en los sillones o se lanzan a la pista para hacerle los honores a los consabidos I will survive o It?s raining men a todo trapo.

Adriana ha hecho algunas guardias en este garito. "Y en otros peores". A los 46 años, separada desde hace cinco y con dos hijos de 15 y 10 años, esta atractiva profesional de alto nivel está "curada de espanto". Después de un matrimonio de 15 años con su novio de la adolescencia, siente que ha vuelto a "un juego" que dejó de practicar hace 30 años, "donde las reglas han cambiado" y en el que no sabe "manejar las nuevas".

"Seamos francas", confiesa, "algunas mujeres son patéticas. Se visten y comportan como sus hijas adolescentes. Y ellos no te cuento. Te entra de todo: jovencitos que te cuentan que les ponen las maduras, vejestorios venerables y muchos tíos casados que te dicen: 'es que con mi mujer me aburro'. Si eres separada, parece que estás disponible para todos. Incluso amigos o conocidos de toda la vida se te dejan caer. El otro día, un compañero de trabajo que ni me saludaba me soltó: 'te he visto en Match', poniéndome ojitos de cordero. De casada era intocable, pero ahora soy la separada, y si cuela, cuela".

Match no es otro local con música de los ochenta para regalo de los oídos de una parroquia con 40 años largos en el carné y 20 en el corazón. No en el sentido físico. Tres millones y medio de españoles frecuentan este espacio virtual con el fin de conocer a otras personas. El 34% son, según su directora, Sonia Fernández, hombres y mujeres separados en busca de una nueva pareja. Adriana se registró en Match desde el ordenador de su trabajo un viernes. Escribió unas líneas describiéndose y declarando sus intenciones, adjuntó una instantánea suya sonriendo a cámara y se fue con sus niños de fin de semana. Cuando abrió su pantalla el lunes, tenía un total de 2.500 mensajes de otros tantos varones deseando conocerla.

Él no lo sabe, pero uno de los postulantes de Adriana era Tomas Hirch. Alemán trasplantado a España por amor, Hirch, de 45 años, es un "padre separado a la fuerza". Su esposa decidió finalizar la convivencia después de ocho años de matrimonio cuando su hija tenía uno. "Pasó de casa de sus padres a vivir conmigo, creo que buscaba la independencia que no tuvo", dice este ex marido que luchó por la custodia compartida de la niña, sin conseguirla, y al que le indigna que "en España se limite el acceso de los separados a sus hijos, como si uno fuera peor o mejor padre por estar casado o divorciado". Tomas, publicista, utiliza Internet como "una red social". No busca ni a la mujer de su vida ni el rollo de una noche, sino "gente afín". Su perfil autógrafo es meridiano: "Esto es un medio de conocerse, no un coto de caza". Y añade: "Tengo una hija y, en este momento, no quiero separar el amor del deseo de tener más hijos, tenlo claro si me contactas". Adriana lo tuvo clarísimo. Ni se planteó contestar al "apuesto" pretendiente. Su amor era imposible.

"Estás harta de conflictos y buscas similitudes. Lo del flechazo ya no funciona tanto. No es que te blindes emocionalmente, pero lo de la entrega romántica y los amores difíciles ya no van contigo. Si para amar hay que sufrir, ya has tenido tu parte". Victoria Bermejo, coautora del ensayo gráfico Me acabo de separar (Granica), conoce bien el mercado de las segundas oportunidades. Hace tres años, cuando se divorció, se topó "con un overbooking de separados; parece que habían puesto algo en el agua". Inmersa en la misma situación, se dedicó a observar la oferta y la demanda de ese zoco. "Muchas son personas que en la mitad de la vida hacen balance, concluyen que su pareja no les satisface y deciden darse una segunda oportunidad de ser felices. Prefieren arriesgarse y tratar de encontrar a alguien que les nutra, a seguir con el marido o la esposa por inercia".

Las impresiones de Bermejo coinciden con los datos de un estudio de Match.com. Aunque la infidelidad del cónyuge -más citada por ellas (17%) que por ellos (9%)- es definitiva, las rupturas llegan sobre todo (38%) por la pérdida de "la ilusión, la pasión o el amor". Sólo un 8% admite que "las broncas continuas" acabaron con su matrimonio. Más que de un infierno intolerable, los españoles parecen huir con el divorcio de un tedioso limbo más o menos confortable, pero que no les produce ni frío ni calor.

Sandra de las Heras ha estado en ambos frentes. Ha dejado y ha sido dejada. Casada por la Iglesia a los 22 años con su novio desde los 16, a los 30 ya había tenido bastante. "Crecimos juntos, pero luego cada uno tuvo su evolución. El trabajo, los intereses, nuestras vidas eran diferentes, perdimos puntos en común. Llámalo desgaste, pero fui yo la que propuso la separación y, la verdad, fue una liberación". Así que, con 30 años y una hija de seis, De las Heras, una guapa ejecutiva en Barcelona, se lanzó a su "segunda edad del pavo" durante los días que la niña estaba con su padre.

"Salía, iba de fiesta, hice todo lo que no pude hacer a los 20". El "despendole" le duró poco. En un viaje, "un flechazo" la fulminó y volvió a emparejarse -esta vez sin papeles- con otro hombre. Los cuatro años que han pasado desde entonces han sido una montaña rusa. Una separación de un año "por una crisis personal de él". Una estancia en Londres con su hija para "airearse". Una reconciliación con el resultado de otra hija. Una mudanza al campo para ensayar una idílica vida familiar. Y, finalmente, la ruptura, precipitada por la aparición de una tercera persona. "Aceptó un nuevo trabajo y se fue a vivir con su secretaria", ilustra Sandra, que, ahora sí, reconoce que "el duelo duele".

Con 35 años, dos hijas de 11 y 2, y la soledad de vivir en un pueblo de 1.000 habitantes, "la edad, la experiencia y la mochila de las niñas" pesan lo suyo. "Me casé muy pronto, tuve a mi hija enseguida y ahora es cuando estoy en la misma situación que muchos de mi edad". Con su lastre encima, De las Heras tira millas. Corre literalmente cientos de kilómetros en el Club Esportiu Penedés -donde "el 70% de la gente está separada"- y aprovecha y apechuga a la vez con las ventajas e inconvenientes de ser madre a la hora de reincorporarse a la circulación sentimental.

"Los hijos dificultan tu vida personal, y quien diga lo contrario, miente", sostiene. "Adoro a mis hijas y claro que peleé por su custodia, pero tenerlas implica que no soy libre. Las madres separadas no tenemos la misma facilidad que ellos para hacer planes. Por otra parte, los niños te abren puertas. Cada vez hay más hijos de separados y se conoce gente hasta en el colegio. Lo único que puede limitarte para rehacer tu vida son las dificultades económicas. Si eres independiente, el duelo personal se acaba superando".

Enrique González Duro, psiquiatra del hospital Gregorio Marañón de Madrid y autor del ensayo Mujeres separadas (Talasa Ediciones), establece en un año la duración media del periodo de tristeza o duelo que se suele producir por una ruptura amorosa. "Es similar al que sucede tras el fallecimiento de un ser querido, pero varía. Depende del nivel de conflicto que haya habido en la ruptura y de la existencia de hijos. Si los niños se usan como medida de presión, el duelo se puede alargar indefinidamente".

Los pacientes que González ve en su consulta no representan el perfil del separado tipo. Son, se podría decir, las personas más tocadas por ese trance. Sufren depresión o ansiedad y necesitan ayuda. Hombres y mujeres presentan, según su experiencia, una significativa diferencia.

"Ellas acuden más antes de separarse. Tienen un malestar grave que, hurgando, ves que responde a un conflicto conyugal larvado durante años y a veces ni siquiera reconocido. Estas mujeres mejoran espectacularmente cuando deciden romper. Renacen, florecen como personas. Sin embargo, ellos vienen cuando ya se han separado. Están peor educados para soportar la soledad. Algunos vuelven a casa de sus padres y no sólo por motivos económicos. Si no tienen otra pareja, no tienen prisa por irse, y algunos se embarcan en otra relación por no estar solos".

"Los hombres se vuelven a emparejar más y más rápidamente que las mujeres", confirma la socióloga Inés Alberdi. "Esto tiene dos lecturas", añade. "Puede que las mujeres necesiten menos la seguridad logística y emocional de una pareja que los hombres. O puede que, en un segundo mercado matrimonial, ellas tengan menos opciones. Depende de qué se busque en la pareja. Si ellos buscan apoyo personal y doméstico, unido a cierta idea de belleza, sin importarles mucho el éxito profesional de la persona; y ellas buscan no sólo a alguien bello, sino con seguridad económica, está claro que las separadas de cierta edad no pueden competir con las jóvenes". Esas parejas de cincuentón y veinteañera, española o extranjera, tendrían bastante que ver con esa tendencia.

Bárbara, con su mamoplastia y su liposucción, no es un caso aislado. Antonio Porcuna, presidente de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética, constata la creciente afluencia de mujeres separadas a las clínicas. "Vienen solas y, al final, te cuentan que a su ex se le iban los ojos a los pechos de otras y que así quién las va a mirar". Quieren recuperar la lozanía de un rostro, unas mamas o una tripa por la que han pasado varias maternidades. "Tienen todo el derecho. Sin embargo, hay que ser honesto y explicarles que una puesta a punto está bien, pero que un coche nuevo puede ir más rápido para al final darse un leñazo".

A Marta, una secretaria de 46 años de Barcelona con dos hijos preadolescentes, le costó bastante más de un año empezar a pensar en ella misma. Durante cuatro, no "estuvo por la labor". "Te pesa la tristeza, el desengaño, no te fías de nadie", describe. Tomas Hirch también se tomó su tiempo hasta hacerse a la idea de "que volvía a ser libre". "Eso de ver a una mujer y pensar que podrías tener una oportunidad no ocurre de un día para otro. Hay que reubicarse".

Adriana se quedó "fatal" tras su separación y tuvieron que pasar dos años largos antes de que le apeteciera salir. "Es una mezcla de cosas. Te pesan los recuerdos. No eres ni joven ni vieja. Tienes que empezar de cero porque tus amigos tienen pareja. Te sientes culpable por dejar a tus hijos para divertirte. Y da una pereza mortal dejarte ver por ahí a ver qué pasa. Ya no tienes cuerpo para eso".

La familia y los amigos suelen acudir al rescate del separado que les toca en su bando. Hermanos, primos y conocidos se alían en la misión de ampliar el círculo, como reconoce el 62% de los encuestados por el portal Parship.es. El trabajo también juega un gran papel en la recolocación social de los impares. Eventos, cenas y viajes son ocasiones propicias para el encuentro. El 54% de los separados de Match.com busca hobbies para conocer a otros. El 30% pone todos sus huevos en la cesta de Internet. Sólo el 13% sale a menudo de noche a tratar de ligar. Las reglas, ya lo decía Adriana, han cambiado. La ecuación chico conoce chica, pasados los 40, con hijos y uno o varios fracasos sentimentales a cuestas, ya no parece tan fácil de plantear.

"Se trata de volver a seducir, y no es sencillo. Por eso te ponen la música de tu juventud, para tocarte la fibra y hacerte sentir sexy", dice Victoria Bermejo. "Una cosa es el cortejo, y otra, pasar a mayores", confiesa Adriana. Después de varios años de abstinencia sexual "muy bien llevados", su vuelta a la cama fue "rara". "No tienes el cuerpo de los 25 y no ves que el otro tampoco. Te da corte, te cuesta entrar en materia. Cuando has tenido pareja tanto tiempo, sabes los resortes que funcionaban, pero o no te atreves o no sabes si funcionarán con otra persona. Es agradable, te vuelves a sentir mujer y no sólo mamá, pero parece que estás pasando un examen".

Ramón Terés, a sus 34 años, se considera satisfecho con los encuentros sexuales esporádicos o "con amigas fijas" que mantiene desde que se separó hace siete años. Quizá por tener "ese aspecto cubierto", no tiene prisa por volverse a enamorar. "Ya llegará la mujer de mi vida, y si no, a vivir, que son dos días". Terés desmiente "el síndrome de la liana" que aprecia el sexólogo Pedro Villegas en algunos hombres. "No sueltan una pareja hasta que tienen otra". Según él, lo peor que puede hacer un separado o separada con su nueva pareja es cometer "sincericidio". "Les cuentan sus problemas de alcoba con su ex, y esto, lejos de dar confianza, apabulla al recién llegado. Evidentemente, lo vivido cuenta, pero se trata de iniciar una relación lo más espontánea y libre posible", aconseja.

Es el triunfo de la libertad y la autonomía personal lo que subyace tras el despegue de los divorcios en España, que ha culminado en 30 años una revolución familiar que asombra a sociólogos y demógrafos de todo el mundo. Constanza Tobío, profesora de Sociología de la Universidad Carlos III, lo comprueba en los congresos internacionales a los que asiste. Aún está por ver la incidencia del divorcio legal en los matrimonios de personas del mismo sexo que se han constituido desde la aprobación del matrimonio gay en 2005. Pero los tabúes caen uno tras otro.

Lo sabe el doctor Antonio Requena, director del Instituto Valenciano de Infertilidad. Hasta ahora era relativamente habitual la presencia en consulta de cincuentones con hijos adultos solicitando la reversión de su vasectomía para procrear con una compañera más joven. "Pero lo nuevo es que vienen mujeres de más de 45, madres de hijos mayores, dispuestas a someterse a un molesto proceso de trasplante de óvulos para tener niños con otra pareja. Ya no es un pecado social".

Tampoco asombra a nadie que una pareja viva "junta, pero separada", como Victoria Bermejo. Los LAT -Living Apart Together, en sus siglas inglesas- serían el último peldaño en la escalada a la autonomía en las relaciones personales, según Tobío. "Personas que, pudiendo convivir, deciden tener cada una su casa y funcionar como pareja como, cuando y donde les convenga".

Bárbara no es tan moderna. Le gustaría encontrar una pareja a tiempo para estrenar juntos la casa que se quiere construir en el campo. Las cicatrices de sus pechos se han diluido hasta perfilar de rosa las areolas. Las punciones por donde le extrajeron la grasa parecen lunares escarlata. Cada día se abrocha la faja un corchete más prieta. Faltan dos semanas para Reyes. Es domingo, pero el mercado al que vuelve no cierra nunca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de diciembre de 2007