Vitali Shentalinski destapa la tercera caja negra del KGB

'Crimen sin castigo' cierra su estudio sobre la represión de intelectuales en la URSS

Era linotipista -nadie recuerda su nombre-, cometió la aberración de escribir mal la palabra Leningrado, y lo fusilaron. Como a Osip Mandelshtan, que osó hacer poesía sobre la figura de Stalin. Su muerte no mereció más que una fría marca roja en un cuaderno, como la de cientos de intelectuales represaliados durante el periodo soviético.

"Es doloroso pero necesario recordar la represión, como ver obras de Goya"
"Los escritores constituyen la conciencia del pueblo ruso"
"Claro que hoy no hay libertad. Además, se constata que la censura crece"
"Mi país tiene que adquirir conciencia de su propia dignidad"

Dice Vitali Shentalinski (Siberia, 1939) que el KGB llegó a completar 200 enormes carpetas rojas con las pruebas de su máquina de exterminio. "Cuando abrí por primera vez esos tomos y los expedientes personales no pude evitar cerrarlos de golpe y mirar hacia otro lado", confiesa. "Pero recuperar esta memoria es como mirar los grabados de Goya: doloroso pero necesario". Él lo hizo, primero en el libro Esclavos de la libertad, después con Denuncia contra Sócrates y ahora con Crimen sin castigo, que culmina la trilogía (Galaxia Gutenberg).

Su cruzada contra "la amnesia histórica" comenzó hace ya dos décadas, cuando la perestroika abrió en Rusia nuevos horizontes de libertad. "Aquel periodo fue un reto histórico para nuestra sociedad. Se trataba de buscar nuevas fórmulas de vivir la vida y de reconocernos. Nuestro pasado en muchos aspectos estaba secuestrado, robado o falsificado Y necesitábamos saber de dónde veníamos", apunta. "Me interesaba en particular el estudio de la historia de los escritores porque constituyen la conciencia del pueblo ruso".

La cifra que aporta habla por sí sola. Durante el periodo soviético, cerca de 3.000 escritores fueron represaliados de un modo u otro. Y, aproximadamente, la mitad pereció en los campos de concentración o, sencillamente, fusilados. ¿Dónde desaparecieron? ¿Dónde están sus manuscritos? La perestroika abría la posibilidad de indagar en ello y Shentalinski se lo tomó como un reto personal. Organizó una comisión dedicada a la herencia literaria de los escritores represaliados, entró en la Lubianka, la sede de la KGB, y abrió su caja negra para descubrir informes clasificados, documentos que se creían perdidos, obras inéditas de represaliados y miserias, muchas miserias.

La poeta Anna Ajmátova, nada sospechosa de simpatizar con el régimen -a su marido lo ejecutaron por actividades antisoviéticas y ella misma estuvo condenada al ostracismo por chocar su poesía con el realismo socialista-, le regaló esta oda a Stalin el 21 de diciembre de 1949.

"Que el mundo recuerde este día para siempre, que esta hora sea legada a la eternidad. La leyenda habla de un hombre sabio que salvó a cada uno de nosotros de una muerte fatal".

¿Qué le impulsó a escribirla y a publicarla en la revista Ogoniok? Amor de madre. Quería lograr con ello que el dictador intercediera por su hijo Lev Nikoláyevich Gumiliov, confinado en un campo de trabajo. Poco después, le escribió una carta de súplica. Stalin la ignoró.

El sistema propinó su azote más duro a los intelectuales con el terror rojo de los primeros tiempos de la revolución. "Se destruía al colectivo como clase, sin ningún tipo de selección", cuenta el periodista, escritor y autor de varios documentales sobre el tema. Una parte enorme fue expulsada, arrojada a la emigración por su oposición al régimen, o por no posicionarse a favor de él. Se asestaba un golpe tras otro a la poesía, la narrativa, la filosofía... Hasta llegar al clímax en el 37, cuando una pléyade de escritores -Serguéi Efrón, Leonid Kanneguíser, Yesenin, Kuzmín...- padeció la voracidad estalinista. El Gobierno conmemoró el centenario de Pushkin con una salva de disparos.

"Claro que hoy tampoco hay libertad. No sólo está presente la censura, sino que se constata un crecimiento", dice Shentalinski. "El asesinato de Anna Politkóvskaya fue un aviso a navegantes... Pero la opinión pública tiene una actitud muy apasionada con respecto al tema. Es como un magma subterráneo que está a punto de explotar y emerger al exterior". ¿Con la sonada victoria de Putin en las elecciones del domingo puede ir a peor? "No quiero perder la esperanza, pero es lo que temo". En todo caso, Rusia no es ni Putin ni Politkóvskaya, es mucho más. Lo que tiene que hacer es aprender a aguantarse sobre sus propias piernas. Adquirir conciencia de su propia dignidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 03 de diciembre de 2007.

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