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Reportaje:

África. El tiempo detenido

Tribus que viven como hace dos mil años. Pueblos anclados en el tiempo. El desierto y la globalización avanzan y cercan a los últimos indígenas del Sahel.

Toc, toc, toc, el golpear del palo sobre el mortero de mijo resuena sin cesar en el atardecer del Sahel, entre las dunas y el matorral bajo. Toc, toc, toc. Es el sonido de fondo de una buena parte de África desde el amanecer hasta la puesta de sol. Una especie de tan-tan originado por el woyru (palo) al chocar contra el unndugal (mortero de madera) movido por las mujeres peuls. Un fuerte movimiento de brazos y cintura, una gimnasia cotidiana que les proporciona, junto con el no menos enérgico ejercicio de sacar agua de los pozos, unas figuras esbeltas y brazos torneados que envidiaría cualquier mujer occidental. Toc, toc, toc. Las niñas, desde los cuatro años, comienzan a jugar a la molienda imitando a sus madres. Cuando apenas han dejado la primera infancia es ya una obligación. Igual que acarrear el agua.

Hemos llegado a Kougga Zhadyilinam, en el sur de Níger, un campamento nómada de la tribu peul, de típicas cabañas circulares de adobe y techo de paja, cuando empieza a caer el sol y los camellos, vacas, cabras y ovejas vuelven de los pastos. La imagen no puede ser más bíblica, posiblemente hace 2.000 años no sería muy distinta. El tiempo parece detenido en la fantástica luz del breve atardecer. Los adolescentes conducen el ganado, y los hombres se acercan con curiosidad y saludan amistosos al grupo de tres hombres y dos mujeres blancas que bajan de dos ve¬hículos todoterreno cargados hasta los topes de ruedas, bidones de gasolina y utensilios para sobrevivir por desiertos, estepas y bosques africanos.

Los peuls son negros y practican el islamismo. Orgullosos de su piel poco oscura, origen y tradiciones -en el pasado fueron una sociedad de castas con nobles y esclavos-, son patriarcales, y el jefe de familia puede tener hasta tres esposas. Rostros finos, nariz ligeramente aguileña, espigados y de movimientos desmadejados, como gacelas cansinas, ellos. Guapas, alegres, llenas de abalorios y plata, ellas. Ropajes multicolores que dejan cara, brazos y escote al descubierto, y en la cabeza, llamativos tocados africanos por los que asoma el cabello recogido en trencitas.

De incierto origen oriental, situado en la zona del mar Rojo, los peul son uno de los más importantes grupos humanos del oeste africano, del Sahel a la zona tropical. Una tribu que el explorador alemán Barth consideraba la más inteligente de África, aunque no todos los africanos occidentales están de acuerdo con el padre de tres, como los nativos apodaban al popular explorador por su hábito de calzar zapatos sobre zapatillas y calcetines. Los "aires de superioridad" de los peul no les gustan demasiado.

El campamento de diez familias, unas ochenta personas, lleva más de 20 años levantando sus chozas en este lugar durante seis meses al año. Un alto en el nomadeo que pronto puede convertirse en estable. Ganaderos, pero también cultivadores de mijo, viven una etapa de rápida sedentarización que está modificando su ancestral cultura.

Por eso, la de los peul es una de las 60 tribus que el antropólogo y catedrático de la Universidad de Salamanca Francisco Giner Abati ha incluido en la investigación Los últimos indígenas, a la que lleva dedicado una parte de su vida, y origen de una expedición del mismo nombre que en estos momentos recorre África. ¿Objetivo?: comprobar los efectos de la globalización entre algunos de los pueblos "menos contaminados". "Si quieres estudiar al hombre, tienes que cogerlo en su medio natural, en contacto con la naturaleza, donde se manifiesta espontáneamente. Lo ideal sería ver tribus que no hubieran tenido contactos exteriores, pero eso es ya casi imposible", dice un Giner que se remonta a su adolescencia, cuando descubrió las diferentes culturas africanas, para hablar de una pasión que no le deja reposar. Seis meses dando clases en la Universidad de Salamanca, otros seis dando tumbos por selvas y desiertos de medio mundo.

Fiel estampa del antropólogo enamorado del África Negra y sus pueblos animistas, que empezó a estudiar hace más de 20 años de la mano del Instituto Max Planck (donde se incorporó al grupo del etólogo y premio Nobel de medicina Konrad Lorenz), Giner Abati, de 55 años, acarrea en su mochila numerosas expediciones, además de por África, por Oceanía y Asia, viviendo aventuras alucinantes y alucinadas que él minimiza con naturalidad, como si enfangarse por los Congos, enfrentarse a soldados armados que ignoran el valor de la vida o perderse por el desierto fuera algo tan natural como pasear por la Gran Vía madrileña.

En sus documentales han quedado grabados los nuba que cautivaran a la alemana Leni Riefenstahl, "hoy destrozados"; los afar de la líder tribal Evo Komando, con la que Giner compartió jornadas el año pasado: "Es un pueblo muy ingenioso que enfría el vapor que emana de las grietas volcánicas para obtener agua potable"; los publicitados masai y sus enemigos a muerte, los datoga. "Los masai son muy listos, se han inventado que Dios les ha hecho dueños de todo el ganado, y con esa disculpa se dedican a robar todas las vacas de los datoga que encuentran…". Y en su memoria, los inicios como antropólogo entre los bosquimanos del Kala¬hari junto al doctor Heinz, una leyenda viva en África (casado primero con una bosquimana y luego con una bantú), y su estudio de los himba de Angola (del que surgió un libro ya histórico, Los himba) cuando todavía se cubrían con pieles: "Los jóvenes no habían visto un blanco en su vida. Se habían quedado aislados por la guerra".

Hay quien diría que pertenece a un tipo de antropólogo ya superado típico de los inicios del pasado siglo, a caballo entre la investigación y la aventura. Ingenuo, intrépido y entusiasta hasta rozar lo temerario, Giner Abati confía en la bondad natural de la gente, lo que le permite acampar sin temor en cualquier claro del camino africano, pese a los riesgos que eso conlleva. Él aduce que el trabajo de campo de un antropólogo lleva implícito el riesgo, la dureza y la dificultad. "Hay colegas que mantienen que el estudio de las sociedades tribales ya se ha acabado. Yo no lo creo. Aunque los veo con el móvil en la mano…", reconoce dudoso.

Para comprobarlo, el antropólogo, el cámara y editor Pablo Calvo de Castro y la psicóloga Patricia Lobato salieron de España a comienzos del pasado mes de agosto en dos coches todoterreno, y después de atravesar el Sáhara, recorrieron Mauritania, Mali, Ghana, Togo y Benin, estudiando las tribus peul, hausa, dogón y anlo en dos aspectos esenciales: calidad de vida y satisfacción conyugal en las familias poligámicas. "Quiero comunicar a la sociedad lo que vemos, cómo es la evolución humana en directo, cómo vivían nuestros antepasados, un cazador, un recolector, un ganadero, o nuestra Edad Media, que todavía podemos contemplar en estas sociedades tribales. Es lo mismo que hace Arsuaga con los fósiles de Atapuerca, sólo que nosotros podemos documentarlo en vivo", dice Giner.

La expedición, que tiene previsto regresar a España el próximo enero, comprende una primera fase de asistencia sanitaria; una segunda de investigación de etología, con cuestionarios sobre calidad de vida y satisfacción conyugal y sexual, y una tercera de divulgación científica con documentales.

"Donde llega el turismo no tiene interés para nosotros" y "¡moral de combate!" son los gritos de guerra de este investigador que añadió a la antropología los estudios de medicina tropical para poder conectar mejor con la gente. "Porque muchos no saben lo que es un antropólogo, pero todo el mundo entiende lo que es un médico, alguien que lucha contra la enfermedad y viene a curarte". Consignas que repite Giner con entusiasmo a los dos periodistas de EL PAÍS cuando, en pleno itinerario y, antes de introducirse en las zonas húmedas de los Congos y perderse por el "corazón de las tinieblas", se incorporan en octubre al grupo expedicionario en su recorrido por Níger y Chad.

Y no es broma que los dos gritos de guerra del antropólogo se cumplen a rajatabla. Por eso, para llegar al poblado peul, tuvimos que dar tumbos durante horas entre dunas y matojos, haciendo y deshaciendo el camino con un guía-traductor, cruce de peul y hausa, que decía conocer el terreno, lo mismo que el francés, pero que en realidad ignoraba casi todo de los dos. Ni un turista en cientos de kilómetros. Ni un blanco en lontananza. Ni una carretera que pudiera responder a tal nombre. "Lo bonito de los primeros años de estudio es que encontrábamos tribus casi vírgenes, pero cada vez es más difícil porque las carreteras y rutas están mejorando la movilidad, y el turismo aumenta. Y cuando llega el turismo, estropea las poblaciones. Los masai van ahora al Ngorongoro con sus túnicas y lanzas y piden dinero por hacerse una foto con los turistas… Pero estas culturas que estamos viendo, más que rurales tribales, son estupendas para la investigación porque apenas han tenido contacto con lo que llamamos civilización. Contemplamos sus reacciones primarias, innatas, como el miedo. Por eso salen huyendo cuando ven a alguien distinto a ellos…".

Y sí, moral de combate para luchar contra el clima tórrido, que no baja de 38 grados, y las dunas del desierto, que embarrancan los coches al menor descuido. Moral de combate para enfrentarse a los diminutos cardos, como guisantes, que pululan por doquier y se adhieren a la ropa, para incrustarse luego en la piel provocando dolorosos estragos, si antes no se extraen hábilmente con unas pinzas. Moral de combate para luchar contra los miles de mosquitos y langostas, ¿restos de la plaga de hace tres años?, que al atardecer se chocan como kamikazes contra los cuerpos expedicionarios. Por no hablar de los escorpiones y otros bichejos que pululan alrededor de las tiendas de campaña y que no invitan precisamente al reposo. Escorpiones que Patricia Lobato ensarta con gran habilidad en un palito: cinco en ocho días.

Pero estamos en Kougga Zhadyilinam, y los hombres, que visten unos indescriptibles pantalones pitillo y chanclos de goma, barren generosos la arena en la que vamos a instalar las tiendas de campaña, mientras cae veloz la noche africana y nos regala una increíble bóveda de millones de brillantes y cercanas estrellas con las que el ni el más exclusivo hotel del mundo podría competir. Toc, toc, toc, suena al fondo el mortero de mijo, y las sonrientes mujeres peuls se acercan con calabazas llenas de leche que, en un gesto de hospitalidad ancestral, depositan a nuestros pies. Una hospitalidad que el antropólogo-médico agradece al día siguiente abriendo consulta a las siete de la mañana. Los camellos se han ido acercando y rumian los matojos más cercanos a la tiendas, así que Giner, maletín de cuero de viejo galeno en mano, se instala en medio de un improvisado auditorio y dos enormes cajones con medicamentos: antibióticos, analgésicos, antiinflamatorios, antipiréticos, pomadas…

Todo el poblado está presente cuando el jefe Alayi Lima, sentado en una silla y ro¬¬dea¬¬do de sus hombres, consiente en que le pongan una inyección para calmar el dolor de un oído purulento que le mortifica. Las mujeres, en un grupo más apartado, no pierden detalle, y chillan y ríen de gozo cuando el jefe se levanta las faldas enseñando un trocito de nalga. La otitis es una de las enfermedades más comunes entre los peuls y otras tribus de la zona. "Seguramente, por insectos o arena que se les meten en el conducto auditivo. En Mali y Benin hemos visto que tienen bastantes heridas infectadas por picaduras de in¬¬sec¬¬tos; también malaria, tuberculosis, tracoma, infecciones respiratorias y fiebres de Malta", explica Giner, mientras desinfecta una gran herida en la rodilla de Zounabou Mahamadou, una pequeña de cinco años que hace esfuerzos por contener el llanto. Sin duda, es el primer médico que ha visto en su vida.

La mayoría de los niños que pisan descalzos la arena duermen sobre esteras y tienen costras infectadas en la cabeza, otitis o micosis, y, en el mejor de los casos, no han visto el agua ni el jabón en muchos días -el agua es escasa, y el jabón, muy caro-, pero sonríen. Eso les preocupa poco mientras puedan comer la tradicional papilla de mijo, que les deja una huella inconfundible: un cerco blanco y reseco alrededor de la boca, de enorme atractivo para las moscas. Todos contemplan embobados al cámara que filma la improvisada consulta, y, sin dar respiro, la bullanguera caravana de mujeres que parte en burros a por agua. El pozo más cercano está a dos horas del campamento.

Giner adora los documentales -ya van 16 africanos y ocho asiáticos-, uno de los principales objetivos del viaje. Cuanto más originales, mejor, y si para eso hay que colgarse la mochila al hombro y echar a andar kilómetros por junglas, sabanas o desiertos, no importa. Este año rodará entre siete y nueve, que, junto con los seis del año pasado, harán una serie de 13 capítulos para TVE. "Lo que pretendo al documentar algunas de las más remotas y menos aculturadas sociedades de África, enfrentadas a los desafíos de la globalización, es ayudar a una reflexión que puede hacer nuestra sociedad, porque estos grupos primitivos tienen todavía algo que nosotros hemos perdido. No se trata de volver a las cavernas, sería absurdo, pero sí de aprender de los valores que conservan: la hospitalidad, la amistad, la familia o la relación armónica con la naturaleza".

Como contrapartida, mantiene que los occidentales podemos enseñarles a no caer, en su tránsito inevitable a la civilización industrial o posindustrial, en los errores que nosotros hemos cometido. "En esas tendencias que afectan a nuestra salud física, social y psicológica, y que producen enfermedades modernas como la depresión, la obesidad o el estrés, que ellos desconocen. Mi propósito es comprender los aspectos universales del ser humano y su diversidad cultural, y todo esto no tiene sentido, al menos para mí, si no se divulga. No puede quedarse sólo en un trabajo científico para la Universidad".

La expedición ha convivido con los peuls en Mali, Benin y Níger. "Los de Mali aún llevaban anillo nasal. Parecían descendientes de grupos de esclavos y pudimos adquirir algunas de las tobilleras que habían llevado", señala Giner, que añade que el grupo está empezando a perder sus valores tradicionales. "La sedentarización les aporta cosas buenas; por ejemplo, una aldea nos ha pedido ayuda para escolarizar a sus niños, un centenar. Ellos harán la escuela si nos comprometemos a llevarles un maestro, lo que vamos a intentar. Reconocen que ahora tienen más cosas y más modernas, pero que están olvidando la solidaridad entre hermanos. El otro día me decía un anciano: 'Estamos perdiendo la generosidad, todo empieza a estar mediatizado por el dinero'. Pero con dinero han comprado siempre a sus mujeres. La dote para pagar una novia oscila entre 200.000 y 500.000 cefas (entre 300 y 750 euros), más la obligatoria compra de un buey (unos 380 euros) para invitar a todo el poblado".

A menos de 50 kilómetros, la bella Naima, segunda mujer de Homaru, un agricultor hausa con tres esposas y buscando ya la cuarta (las mujeres hausa se casan habitualmente entre los 12 y 14 años), da imperceptibles codazos a la psicóloga de la expedición, mientras responde a un cuestionario sobre satisfacción conyugal en las familias poligámicas. Tiene 30 años y 4 hijos, es analfabeta, pero lista y receptiva a las preguntas, que responde sin titubeos por medio de unos dibujos elementales: cuatro caras con gestos de felicidad, contento, rechazo o indiferencia.

Sentados en el suelo entre las cabañas de adobe que forman una especie de granja aislada en el campo -cada mujer tiene una donde vive con sus hijos, y el marido, otra-, y, toc, toc, toc, con el sonido del golpear del mijo de fondo, Homaru, el patriarca sesentón, sonríe. Está contento con su situación acomodada, sus 3 mujeres y 13 hijos. Y ellas también. No hay problemas de competencia y la armonía es perfecta. Convive con cada mujer dos días a la semana. Por la mañana decide con quién dormirá, y ella será la encargada ese día de hacer la comida para toda la familia. Naima también dice estar contenta, y casi siempre señala en sus respuestas la cara que exhibe una gran sonrisa. Pero sus ojos chispean con malicia y, de vez en cuando, por encima del antropólogo y el intérprete, lanza miradas cómplices a las dos mujeres… "Hasta el momento", apunta Giner, "no hemos encontrado entre las peuls y bo¬¬ro¬¬ros ningún tipo de ablación".

Patricia Lobato, que se considera personalmente "tocada" por la situación de la mujer africana -"es un simple producto de la economía, un mero objeto que se compra y se vende, cuando es ella la que hace todo el trabajo-", resalta la complicidad que se crea en estas ocasiones. "Te miran de forma distinta, te hacen gestos, y, a veces, mientras contestan al intérprete que están felices, te dan por debajo con el codo mientras sonríen… Hay una segunda lectura, una connivencia que surge entre mujeres, aunque seamos de culturas tan distintas".

Aminatu, la primera esposa, tiene 35 años y lleva 14 casada. Tiene cinco hijos y participó activamente en la elección de las otras esposas. Salamatu, la tercera, una joven y agraciada viuda de 25 años, llegó a la familia hace dos y con cuatro hijos. Pese a la aparente buena armonía del grupo, las mujeres responden unánimes: "habrían preferido ser la única esposa". "La familia poligínica africana, sobre todo entre los agricultores sedentarios, es seleccionada por su claro valor reproductivo y ventajas económicas, pero a costa de la insatisfacción personal de las mujeres en el ámbito emocional y psicológico", dice el antropólogo.

Peuls y hausas, el grupo étnico más grande de África Central y muy ligado al islam (más de cuatro millones en Níger) conviven y, en ocasiones, se mezclan. Sus poblados son parecidos, aunque los hausas, sedentarizados y tradicionalmente más comerciantes y activos, disfrutan de mejor nivel de vida. Siempre dentro de un orden. La mejoría supone más esposas o más burros y cabras, quizá alguna vaca, pero las cabañas de adobe de ambos son igual de míseras e insalubres; sus niños corretean entre la porquería sin poder ir a la escuela, y los insectos y parásitos les asedian por igual. Su alimentación se compone de mijo, algo de arroz, maíz y leche, y, en raras ocasiones, la carne de alguna cabra o cordero. Unos y otros sufren de malaria y tuber¬culosis. La mortalidad infantil es alta, y la esperanza de vida no llega a los 45 años.

África puede engañar en su apariencia. El continente negro regala unos paisajes tan impactantes y unas imágenes humanas tan fuertes y coloristas que, con frecuencia, escamotean la dura realidad: la miseria, la enfermedad, la falta de agua potable (cada segundo muere un niño por su ausencia), la explotación de mujeres y niños, el sida, la malaria (un millón de muertos al año, la mayoría en África), la desnutrición y el analfabetismo. Todo ello rodeado de suciedad y legiones de implacables moscas. Y Níger es, según la ONU, el país más pobre del mundo.

"Las imágenes son espectaculares", dice Pablo Calvo de Castro, que se confiesa impactado por la bondad de la gente y por el desierto. "Aparte de la dureza física y psicológica del medio, es impresionante ver las caravanas de camellos, ponerte en el lugar de la gente que vive aquí…". El cámara ha superado ya su bautismo de fuego: el rodaje de un ritual de vudú entre los anlo de Keta (Ghana), un funeral animista que duró cinco horas de bailes con el muerto de cuerpo presente, sentado, bien vestido, peinado y em¬¬balsamado. "Fue impresionante, porque las mujeres le echaban al muerto unas broncas considerables, le reprochaban todo lo que había hecho mal en vida… Y cuando los bailarines llegaban al trance, se pintaban los ojos con un polvo blanco o negro y hacían cosas incontrolables. Acabé exhausto, pero mereció la pena".

Calvo de Castro se ha visto obligado a seguir, sin proponérselo, el método de etología de la escuela de Lorenz: al hombre, como a los animales, hay que estudiarlo sin interferir en su medio y después de superar la primera etapa de curiosidad. "Con los dogón de Mali era imposible hacer un plano los dos primeros días, tenía siempre a cien tipos pegados mirando todo lo que hacía… Luego se tranquilizaban y pude rodar su vida cotidiana en la falla de Bandiagara, un paisaje maravilloso de acantilados, ir al campo con las mujeres para rodar sus faenas. Aunque para grabar cinco minutos tuve que andar cuatro horas de ida y otras cuatro de vuelta".

Estampas seculares. Mujeres que se tiran de los burros y echan a correr cuando ven un blanco. Niños que huyen atemorizados o que, en grupo, se atreven a acercarse tímidamente a los expedicionarios y extender la mano, musitando la palabra mágica: cadeau. Puede ser un caramelo, una moneda, un bolígrafo o una botella de plástico vacía que luego venden. Cadeau, cadeau es, junto con el del mortero de mijo, el otro sonido común de Níger y Chad, las ex colonias francesas que tienen el francés como idioma oficial -junto con el árabe-, pero que pocos habitantes conocen, dada la elevadísima tasa de analfabetismo (más del 70% en ambos países).

"¡Moral de combate!", repite animoso Giner cuando en Nguigmi, el último pueblo de Níger antes de la frontera chadiana, un centenar de casuchas de barro perdidas en medio de la estepa, se rompe el embrague de uno de los coches que la Nissan ha preparado como si fueran al París-Dakar. Ellos son, junto con los teléfonos vía satélite y la nevera que permite al antropólogo beberse su gin-tonic bien frío al atardecer, los grandes lujos de la expedición. En el mejor de los casos, eso significa una parada de ocho días mientras llega un embrague nuevo de España.

Pero el milagro se produce en un costroso taller que exhibe en la puerta una insólita placa de "reconocido por la Unión Europea". Un concienzudo mecánico desmonta, en pleno ayuno de Ramadán, el Nissan Patrol último modelo y consigue acoplar, con la ayuda de un herrero, el único embrague existente en el pueblo. Una fusión de tecnología punta del siglo XXI y fragua medieval que lo hacen merecedor de figurar en el museo de la Nissan, si es que tiene alguno.

En Nguigmi, cuatro monjas del padre Foucauld, aquel cura francés que tan bien llegara a conocer a los tuaregs del Sáhara, cosen vestidos de algodón en una pequeña casa de adobe. Para la mayoría de la población, las "hermanitas de Jesús" son las únicas extranjeras blancas que han visto en su vida. ¿Qué hacen aquí? "Vivimos", es la respuesta. Y hay que reconocer que no es poco.

Son pueblos éstos, a caballo entre el desierto del Sáhara y la sabana africana, anclados en la Edad Media. Poblados míseros, sin agua corriente y apenas luz -pocas casas la tienen-, que parecen cortados por un único patrón: pastoreo y una agricultura primitiva dedicada al monocultivo de mijo, cereal que requiere poca tierra fértil y agua. Adobado con un comercio de subsistencia donde el azúcar y el té se venden, junto a la omnipresente leña, en bolsitas de plástico de tres cucharadas. En medio, una sucesión de imágenes de hombres tirados en esteras soportando el implacable calor. En ocasiones, mascan nuez de kolat, que les distrae del ham¬bre y suministra, dicen, energía. La misma sobre la que escribió Caillié, el francés que en 1827 entró en la mítica Tombuctú, de la que entonces, se decía, ningún europeo regresaba. Y también el primero en desilusionarse. "¿Este pueblo lodoso puede ser la perla del Sudán, el objeto de sus sueños, lleno de torres, salpicado de oro?", escribía el atónito viajero.

Níger es el cuarto exportador mundial de uranio, pero la leña es el único combustible que conoce la gran mayoría de sus cerca de 13 millones de habitantes, que hace tiempo convirtieron los bosques en astillas. Hombres, mujeres y burros, cargados con enormes haces de leña, son, a todas horas, figuras cotidianas del paisaje. Necesidad doméstica y economía. La leña se vende en mercados, caminos y carreteras, si es que así pueden llamarse los descoyuntados restos de asfalto cuajados de enormes agujeros en los que cualquier vehículo puede ser tragado.

Pero no puede decirse que la globalización no haya llegado al país más caluroso del mundo y, a medida que el desierto avanza, también cada vez más inhóspito. De tarde en tarde, algún campesino puede cumplir su sueño y sustituir el burro por la moto, en la que suele trasladar a toda la familia. "Aquí un momento de placer", dice el anuncio de Coca-Cola, en cualquier rincón. Una botella, chorreando hielo, que enloquece a nigerinos y chadianos, un lujo al que muy pocos tienen acceso. No es el único. Unos y otros pierden la cabeza por los teléfonos móviles llegados de la mano de la multinacional Celtel, que ha sembrado de antenas estos países, incluidas las estepas desérticas en donde hacen competencia a las espinosas acacias. "¿Me regalas el teléfono?", "¿Me cargas la batería?", son algunas de las habituales peticiones en cuanto se acercan a un extranjero. "Que no les vean los teléfonos vía satélite, porque cualquier militar se los arrebatará, saldrá co¬¬rriendo, y ya pueden despedirse…", fue la advertencia de un precavido general chadiano.

Hay que reconocer que gracias a los satélites el desierto se hace un poco más amigable. Angustia pensar en una avería de coche en medio de este mar de dunas y soledad ardiente que es la tierra de nadie entre Níger y Chad, en la que sólo se divisan pequeñas gacelas saltarinas, camellos sueltos con las patas delanteras trabadas y los restos de alguna hiena. Aunque sabemos que de tarde en tarde aparece, cargado hasta los topes, algún camión o furgoneta que comercia entre los dos países y Nigeria.

Y no hay avería, pero nos quedamos tirados en medio del desierto. Embarrancados en la arena, "encamados" en la pista, repite Giner, mientras el sol se pone y no damos abasto con las palas y planchas metálicas. ¿Solución? Plantar las tiendas bajo las estrellas y confiar en la soledad que nos ha acompañado toda la jornada. Vana ilusión. A media noche, el ruido de un motor nos hace saltar del saco para sumergirnos en una increíble aparición. Un enorme camión que parece escapado de la película Mad Max, el guerrero de la carretera, se acerca renqueante, con luces discotequeras enmarcando la cabina y, encima, un árabe de impoluta túnica y turbante blancos. Solidarios, e interesados en seguir su camino, el elegante árabe y sus hombres nos ayudan a sacar el coche de la pista. Pero tendremos que esperar al amanecer, mientras nos sacudimos los malditos cardos del cuerpo, para continuar viaje.

Apenas salido el sol, una fantástica caravana de árabes nómadas, con cientos de camellos, algunos recién nacidos, se cruza ante nosotros. Las mujeres, ocultas en sus adofas o palanquines de color azafrán, se desplazan ondulantes entre cojines y tapices, con la alfarería y los enseres más preciados colgados a ambos lados del camello. La mayoría de los hombres sólo deja sus ojos al descubierto. Hay casi 40 grados y sopla el harmattan, el viento caliente del desierto, pero nos hemos quedado clavados en la arena. Si hay una imagen mítica y literaria del desierto, además de bellísima, es ésta. ¿Quién puede afirmar que la sombra de Lawrence o Gertrude Bell no vaga por los alrededores?

Pueden venir de Libia o Sudán por alguna de las rutas históricas de las caravanas, las mismas que los exploradores Mungo Parker y Clapperton, empeñados hasta la muerte en descubrir el engañoso curso del río Níger, recorrieran a principios del siglo XIX. Son árabes negros nómadas que se mueven por el territorio kame (entre Libia, Chad y Sudán) con sus grandes rebaños de camellos en busca de pastos y agua. Gente que desprecia todo lo que no es ganadería y vida trashumante, y que aprecia la carne de antílope y gacela, ahora en peligro de extinción.

Nos hemos quedado subyugados por las evocadoras imágenes, y, antes de que nos demos cuenta, uno de los árabes desciende del camello para preguntar si hay algún médico entre nosotros. En el suelo, entre el camello y el 4×4, Giner diagnostica, una vez más, que el camellero tiene una fuerte otitis.

Cruzamos el que fuera antiguo y poderoso reino de Bornu y pronto nos encontramos en las primitivas márgenes del lago Chad. Se puede imaginar, aunque ya no hay agua, lo que debieron de sentir Clapperton, Denham y Oudney, extasiados ante la vista de aquel enorme lago, un auténtico paraíso después de atravesar un desierto plagado de esqueletos humanos. "Pelícanos, grullas de cuatro y cinco pies de alto estaban a pocos pasos de mí, espátulas inmensas de un blanco de nieve, patos, cercetas, chorlitos de patas amarillas y un centenar de especies de aves acuáticas desconocidas", escribió Deham. Corría 1823, y fueron los primeros europeos en llegar a sus orillas y contarlo.

Pero el paraíso ya no existe. La falta de lluvia y prolongadas sequías de la zona han reducido el que fuera, hasta los años sesenta, uno de los lagos más grandes del mundo a poco más del 3% de su superficie. De 26.000 a 900 kilómetros cuadrados. Y se prevé que en unos años puede desaparecer.

Bordeamos el que en otros tiempos fuera importante centro del comercio de la sal. Sus arenas están hoy cuajadas de conchas y caracolas, entre las que plantamos las tiendas con la privilegiada sensación de pisar fondos milenarios, restos de un mar interior. Unas mujeres peuls, que se cobijan en unas primitivas chozas hechas de ramas, se acercan a saludarnos y pedir, por expresivas señas, medicinas. Su extrema pobreza es evidente.

Intentamos, ya en Chad, país que conserva la mayor parte del actual lago, llegar hasta sus aguas, pero resulta tarea difícil. Tierras enfangadas o encharcadas nos dificultan el acceso una y otra vez. Descendemos hacia el sur bordeando el lago. Pese a que el país tiene petróleo, no hay gasolineras y es preciso comprar la gasolina en el mercado negro. Damos tumbos por una pista en la que cada 15 o 20 kilómetros hay un control de peaje, de gendarmería o militar, que quiere investigar nuestros papeles y el contenido de los coches. Giner saluda a todos con cortesía y luego les regala un caramelo, un bolígrafo, un huevo, una bolsa de té, que cambian la mueca hosca inicial, incluso agresiva cuando va acompañada de un arma, por una amigable sonrisa. En ocasiones, la petición va por delante del obsequio. Conviene no olvidar que el regalo es parte de una cultura que hizo del peaje tribal un chantaje para todo extranjero que, viajero por África, quisiera seguir con vida. Tampoco, que Chad es uno de los países más pobres y corruptos del mundo.

Finalmente logramos llegar al lago por Guite, en el extremo sur, una especie de pequeño embarcadero donde el ajetreado tráfico de piraguas cargadas con caña de azúcar, pescado y pasajeros, en gran parte mujeres, recuerda escenas similares en el Amazonas. Como excepción y "a petición de los periodistas", Giner accede a recorrer una zona donde puede llegar algún turista.

Nuestro propósito es ver lo que queda del lago Chad y una de las amenazadas poblaciones que viven en islas, algunas flotantes, en medio del mismo. Así que nos embarcamos en una larga piragua, con un comatoso motor fuera borda, y emprendemos una travesía que, imposible evitarlo, recuerda la que vivieron Bogart y Herpburn en La Reina de África. Sólo que sin rápidos y, lo que es peor, sin Bogart. Caños bordeados de altos carrizos, aves multicolores y algún pequeño cocodrilo en las orillas (los hipopótamos, uno de los grandes atractivos del lago, no están visibles en estas fechas). Una belleza acuática rebosante de vida, aunque sólo sea un vestigio de aquella que embelesara a los exploradores ingleses. Cuando llegamos a Kinassaro, la antigua isla de pescadores que hoy sobrevive agobiada por el exceso de población (chadiana, nigeriana, camerunesa y nigerina, todos países fronterizos con el lago), desembarcamos con el agua a media pierna en un charco pestilente e infestado de mosquitos donde las mujeres lavan los cacharros y la ropa, los niños se bañan y hacen sus necesidades, y los hombres llenan los recipientes de agua para uso doméstico…

Abakar Adam, hijo del que fuera fundador y jefe del pueblo, y heredero de la jefatura, nos da la bienvenida. Alto y bien vestido, Abakar habla francés, es musulmán y presume de no trabajar. "Tengo huertos, cultivos y frutales, y personas que trabajan para mí". Pertenece a la tribu buduma, ganaderos o pescadores que durante años han conservado su identidad y territorio. Temidos en el pasado por su agresividad, hoy viven tranquilos entre sus vecinos.

Los isleños de Kinassaro dependen de la pesca para su sustento y comercio. Venden el pescado seco en la vecina Nigeria y el fresco en la capital, Yamena, y no ocultan su inquietud. "Hace treinta años, en esta isla vivían diez pescadores, y ahora somos 6.000. Si la situación del lago continúa así y el Gobierno no toma medidas, no podremos vivir". ¿Son los cultivos los culpables de la situación? Abakar, como muchos otros, lo niega, pero silencia que el lago provee de agua a más de 15 millones de habitantes. "La culpa es de la sequía, no llega agua de los ríos. Antes teníamos que hacer diques para las crecidas, pero desde hace cinco años no hace falta".

El jefe buduma, casado y con un hijo, aspira a tener tres esposas y confía en el Gobierno. "Espero que haga un trasvase del río Ubangui para que el lago no muera", dice en el patio de su casa, en donde hemos instalado las tiendas para pasar la noche. Después de cenar, súbitamente se enciende un motor y al tiempo, como por ensalmo, aparece en el patio un enorme televisor en el que, vía satélite, pueden verse canales de todo el mundo. No hay retrete, ni agua corriente, ni luz en el pueblo, y las pulgas y los mosquitos nos comen vivos, pero un pequeño generador de gasolina se acciona durante unas horas para ver los culebrones egipcios, las noticias de Al Yazira o la peregrinación a La Meca en directo. La globalización regala estas sorpresas.

Pero el lago Chad nos deparaba otra sorpresa. Cuando regresamos en piragua, mientras contemplamos el despertar de la fauna en esos instantes que siguen al amanecer, estamos a punto de caer al agua. En un cruce de caños de escasa visibilidad, otra piragua, que avanza veloz, embiste a la nuestra ante la impotencia y gritos de los conductores. Rozamos el agua, pero milagrosamente no nos mojamos. La proa de la otra piragua se monta sobre la nuestra y golpea con fuerza a Calvo de Castro, que filma desprevenido. El susto es mortal. Tras el primer momento de confusión y dolor, el cámara logra articular: "Tengo una pierna rota". Unas horas después, en el hospital de Yamena se confirma el diagnóstico: rotura interna de peroné. Ocho días de descanso total, y luego, escayola.

La nueva situación, con un accidentado, remata una duda presente en la expedición: la conveniencia, como estaba previsto, de subir al Tibesti, la zona montañosa del norte de Chad, frontera con Libia, donde quedan algunas tribus nómadas muy aisladas. El viaje, por difíciles pistas y un territorio en el que campean rebeldes armados y amigos de secuestros (la paz entre distintos grupos rebeldes y el Gobierno se firmaría unos días después), hace casi imposible recorrer la zona si no es con compañía militar. Además, requiere un tiempo mínimo de un mes. Así que la expedición cambia de planes. Renuncia a las tribus del Tibesti y a sus maravillas ocultas de lagos, dunas y cráteres, y se dedicará a los indígenas bororo de Melfy, un grupo trashumante considerado el más purista de todos los fulani. No sin antes reposar dos semanas en la capital chadiana para que el accidentado se recupere.

En Yamena -unos días antes de que estalle el gran escándalo del supuesto secuestro de los niños de Darfur por una ONG francesa-, los periodistas abandonan la expedición. La capital, con millón y medio de habitantes, es la otra cara de África. La más penosa. Un basurero al aire libre, donde la prostitución y el sida crecen con rapidez. Pero ésa es ya otra historia. Mejor llevarse la imagen de las niñas peuls bailando, de aquellas estilizadas mujeres sacando agua del pozo, o de los árabes nómadas del desierto sobre sus clarísimos, casi blancos, camellos. Esos últimos indígenas que tienen ya los cantos de sirena de la globalización rozándoles los talones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de diciembre de 2007