Reportaje:32 años de la muerte del dictador

Un trombo por ver tanto fútbol

El doctor Ramiro Rivera cuenta la enfermedad del dictador

Ramiro Rivera tenía 42 años en julio de 1974 y era profesor jefe del servicio de cirugía cardiovascular de la Ciudad Sanitaria Provincial Francisco Franco, hoy conocida como hospital Gregorio Marañón. Una noche, cuando se disponía a comerse unos langostinos que le habían regalado, le llamó un colega para comunicarle que debía acompañarle al día siguiente al palacio de El Pardo, porque al jefe del Estado, Francisco Franco, le acababa de dar una tromboflebitis.

Rivera recuerda sobre todo "lo deprimente" de la habitación del hombre con más poder de España. "Con una televisión en una mesa bajita, con un silloncito bajo. Él estaba en la cama, en una cama muy baja también. De hecho, tuve que sentarme en el borde de la cama para explorar al enfermo porque de pie era muy incómodo".

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Rivera, que junto a tres colegas se ocupó de atender a Franco en la primera enfermedad grave que padeció, guarda memoria de todo. No sólo eso: él y sus tres colegas elaboraron un informe del desarrollo de la enfermedad y de la curación que, además de a la familia Franco, entregaron a un notario. Se prometieron hacerlo público cuando sólo quedara uno vivo. Ha llegado el momento y Rivera ha cumplido la promesa. Al informe y a sus recuerdos personales, Rivera añade las notas tomadas aquellos días, porque casi cada vez que hablaba con el dictador, este médico con sentido histórico escribía apresuradamente en un cuaderno las palabras exactas de Franco.

Lo que sigue es un amplio extracto, que este periódico publicará en dos entregas, de un artículo escrito por el doctor Rivera para la revista Torre de los Lujanes, de la Real Sociedad Matritense de Amigos del País, donde el médico revive con minuciosidad cómo fueron esos días frenéticos y algo surrealistas: las intrigas del Marqués de Villaverde, que aportó un prototipo de máquina médica tan novedosa que nadie había probado antes y que estaba dispuesto a experimentar con el mismísimo Franco; las atenciones que tuvo con el dictador una monja enfermera, hija de un comunista; las mentiras de los ministros, que aseguraban que Franco les había hablado mucho cuando ni siquiera entraban a verle...

Rivera, sí entraba. Casi todos los días. A las siete y media de la mañana. Y casi no hablaba con él, porque Franco apenas hablaba con nadie. Ni hablaba ni se quejaba. "La verdad es que, como enfermo, era estupendo, las cosas como son. Pero a mí me daba un poco de rabia estar ante un personaje histórico, preguntarle, y que no pudiera ni hablar".

Al final del informe, Rivera apunta la causa probable ("aunque siempre imposible de demostrar") de esta tromboflebitis de la que el dictador consiguió salir: "Le dio por haber estado tanto tiempo sentado en ese sillón bajo, durante todo el fin de semana, viendo los partidos de fútbol del Campeonato del Mundo de ese año, el que ganó la selección alemana a la de Holanda en la final".

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 17 de noviembre de 2007.

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