Reportaje:

Juana la Loca resucita en el Prado

Dos cajas de cartón son la improvisada maqueta en la que Javier Barón y José Luis Díez, conservadores de la pintura española del siglo XIX en el Prado, llevan meses estudiando cómo han de colgarse los cuadros de los pintores decimonónicos en las nuevas salas temporales del museo, obra del arquitecto Rafael Moneo. "Teníamos la idea de inaugurar con una exposición propia", afirma el director de la institución, Miguel Zugaza. "La ampliación nos ha permitido realojar las colecciones que han estado durante muchos años en un emplazamiento aislado y nos ha ofrecido la posibilidad de incorporar por primera vez ese siglo al discurso interrumpido del museo, algo necesario para que el público conociera esas obras que durante tantos años han estado ocultas".

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En las "casitas de papel", Barón y Díez, los comisarios de la muestra, cambian, mueven y ultiman los preparativos de lo que será la recuperación de una parte fundamental de nuestra historia del arte: las grandes obras de Eduardo Rosales, Joaquín Sorolla, los Madrazo, Vicente López, José Casado del Alisal o Carlos de Haes, entre muchos otros, almacenadas desde hace años en el Casón del Buen Retiro. "Los cuadros los conocemos y sabemos cómo funcionan entre sí, pero el edificio nuevo, no, y hay que tener en cuenta que son cuadros muy diferentes, ya que tenemos desde uno pequeñísimo, la joya exquisita de El desnudo de Portici, de Fortuny, que mide 12 por 20 centímetros, hasta El fusilamiento de Torrijos, que alcanza los seis metros y medio. Ha habido que pensar la exposición con estas maquetas porque cuando llevas muchos años en este oficio sabes que algo que en papel queda fantástico, cuando cuelgas los cuadros son ellos quienes piden dónde han de colocarse".

Por los libros de texto hemos conocido el arte fundamental del XIX español, un siglo lleno de turbulencias que vio pasar reyes, pronunciamientos militares, guerras carlistas, revoluciones y la I República. Obras que fueron utilizadas como emblemas durante el franquismo, que vio en ellas una oportunidad de oro para exaltar los valores patrios. "Por eso hemos tenido una cierta aprensión a esta clase de pintura. Y ésa ha sido también una de las losas que han pesado sobre estos cuadros", explica José Luis Díez. "Otra es el peso de artistas como Velázquez o Goya en el Prado, que oprime todo lo que viene después hasta el engarce con Picasso".

La recuperación de ahora, según Zugaza, llega "en el momento adecuado": "El siglo XX no se entiende sin el XIX, y es un signo de madurez de la institución el que seamos capaces de no aislar ninguna parte de la historia por razones coyunturales o convencionales. El museo se va a ver más entero, más completo".

Nuestros mitos nacionales colgarán por fin de las paredes del edificio racionalista de Juan de Villanueva, después de inaugurar las salas construidas por Rafael Moneo. Por fin, el XIX tendrá un sitio de honor, y descubriremos que el óleo de Juana la Loca, pintado por Pradilla en 1877, no tiene nada que envidiar a la monumental Coronación de Napoleón, del francés Jean-Louis David, que congrega cada año a miles de visitantes en el Louvre, en París. La imagen de la reina viuda, embarazada, vestida con tocas de riguroso luto, con la orla de su capa manchada por el barro y la mirada ida ante el féretro de su amado Felipe el Hermoso es una puesta en escena teatral, una pintura magistral. En el cuadro puede olerse incluso el humo de la hoguera movido por el viento. Es una lección de historia tan romántica como alguna de las leyendas que escribió Gustavo Adolfo Bécquer. Varios de estos lienzos inspiraron el cine histórico de nuestra posguerra. Juan Comba, un discípulo de Rosales, fue el asesor artístico del director de cine Juan de Orduña y de la distribuidora Cifesa para el rodaje de películas como Alba de América, sobre el Descubrimiento de Colón (1951), o Locura de amor (1948), en el que la obra de Pradilla aparece en el último fotograma del filme.

Otros cuadros, como El entierro de san Sebastián, de Alejandro Ferrant, compañero de promoción de Pradilla, no se han podido ver desde que el Museo de Arte Moderno cerrara sus puertas en 1971. Ahora se ha restaurado, y los comisarios de la exposición aseguran que será una de las estrellas, un absoluto descubrimiento.

Más de una generación, diez promociones de alumnos de bellas artes, no han podido estudiar en vivo el arte de los pintores del XIX. Los cuadros, enrollados y almacenados en el Casón del Buen Retiro, hace una década que no se exponen, y como lo que no se ve, no se aprecia, el gusto por este tipo de pintura se ha perdido. El arte histórico, para muchos algo rancio, recordaba una época dolorosa, la de la pérdida de las últimas colonias y el gran fracaso de la política española. El desánimo de los escritores del 98 trasladado con creces a la pintura.

La cercanía de los grandes pintores arrinconó a los que llegaban posteriormente. Ahora, el paso del tiempo ha puesto las cosas en su sitio. "Quien desee conocer la obra de Velázquez, de El Greco o de Goya sabe que ha de visitar el Prado, y a partir de ahora eso se amplía a las grandes obras de Eduardo Rosales, Federico de Madrazo o Vicente López", afirma rotundo Javier Barón. La calidad es la principal característica de la colección del XIX que atesora el Prado. "Cuando se contempla, por ejemplo, Los amantes de Teruel, Los hijos del pintor en el salón japonés, de Fortuny, o el Retrato de señora vestida de negro, de Federico de Madrazo, solamente se pueden entender si ves que detrás de ellas están los grandes maestros como Velázquez o Goya".

Según Miguel Zugaza, este rescate "es un reconocimiento de una parte de una colección que está muy unida a la identidad y a la imagen del propio museo. El Prado se fundó en 1819. Una buena parte de su historia pertenece a ese periodo, e influyó decisivamente en el arte español y en el de fuera de nuestras fronteras. Por ejemplo, la que ejerció en un pintor como Edouard Manet, que llega a España y se encuentra con la obra de Velázquez, algo decisivo para entender el arte de vanguardia del siglo XIX. Además, la mayor parte de los directores que tuvo el museo a lo largo del XIX eran los artistas de ese siglo, como José de Madrazo y Federico, su hijo, que ahora vuelve a este edificio".

Las colecciones reales formaron el grueso de los fondos del Prado, enriquecidos posteriormente con obras procedentes de las exposiciones nacionales de Bellas Artes, fomentadas para promocionar a los jóvenes artistas. El cuadro que obtenía el primer premio era adquirido por el Estado. Solían ser obras con argumentos muy del gusto oficial. Ya no estaban de moda los héroes mitológicos, sino los de carne y hueso. "Los pintores recuperan el ideario del gran pasado español, los Reyes Católicos y el imperio, y ahí es donde radica el mayor atractivo de estos cuadros". Aunque el origen haya que buscarlo en el deseo de legimitación de Isabel II. La batalla por la sucesión que entabla Carlos María Isidro da pie a una operación de imagen de la Corona, y los partidarios de Isabel vuelven sus ojos hacia el pasado. Un pintor madrileño, Vicente López, con ocasión de la proclamación de la hija de Fernando VII como princesa de Asturias, refleja en un lienzo la figura de Isabel la Católica guiando a su nieta, la futura reina Isabel, hacia el templo de la gloria. Con toda intención, une ambas figuras para demostrar que Isabel II es la legítima heredera. Es el arte con mensaje que prima en todas las pinturas de la época. "Eso explica que cuando Rosales presentó el gran icono Doña Isabel la Católica dictando su testamento dio en la diana porque escoge el momento crucial de la historia española: está dejando escrito el futuro de España", asegura Díez. Rosales consiguió el primer premio en 1871 con esta obra, pero también críticas por su factura excesivamente moderna. Paradójicamente, el siguiente cuadro histórico que pintó Rosales tiene un matiz bien distinto. En La muerte de Lucrecia, lo que representa es el triunfo de la República.

Hay quien ve estos grandes cuadros como el final de una ópera de Verdi. El honor, el amor y la muerte, los tres grandes baluartes del ideario romántico, son los valores que los artistas exaltan en sus obras. Algunos se han formado en Roma, otros han pasado por París, pero la mayoría ha tenido como escuela la contemplación de las mejores obras de Velázquez en el nuevo museo público. Todos tienen oficio y buena condición física. Y la necesitan, porque a menudo han de enfrentarse con lienzos gigantescos de más de 15 metros. Respetan la "verdad moral" de los acontecimientos, pero no atienden a la "verdad histórica" porque lo importante es lograr despertar la emoción en el espectador (en La rendición de Granada, por ejemplo, se muestra a caballo a Isabel la Católica, que nunca estuvo allí).

Los conflictos políticos influyen en los artistas. Cuando Antonio Gisbert pinta Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga (1887-1888), su obra maestra, lo hace por encargo directo del Gobierno liberal que preside Sagasta con el fin de inmortalizar la injusticia del absolutismo de Fernando VII. Un real decreto exige que se exhiba en el Prado "para que sea ejemplo para generaciones venideras". Es el primer caso, muchos años antes de que Picasso pintara el Guernica, en que un cuadro sobrecogedor se convierte en un manifiesto en defensa de las libertades.

El recorrido de la exposición se ha estructurado en tres salas y nueve secciones. Para abrir boca, tres retratos pintados por Goya: La marquesa de Santa Cruz (1805), "el retrato neoclásico por excelencia en la indumentaria, en la pose, con esos rojos y negros tan de Velázquez"; el de La duquesa de Abrantes (1816), y el de Juan Bautista Mu¬-guiro (1827), hecho por Goya justo un año antes de su muerte. Junto a ellos, el retrato que Vicente López hizo a Goya cuando éste acababa de cumplir los 80 años y había regresado a Madrid desde Burdeos para arreglar su pensión. Cuando Goya se autorretrata, lo hace descamisado; en cambio, Vicente López sabe que ese cuadro estará en el museo real y lo muestra impecablemente vestido con traje, camisa de chorreras y sus instrumentos de pintor.

En esa primera sala está también representada la corriente neoclásica con José de Madrazo, el primero de la saga de los artistas, con La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos (1807). En esa misma línea, otra gran obra, Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma (1806), de Juan Antonio de Ribera, exalta al gobernante que no tiene apego al poder. El majestuoso cuadro de De Ribera no fue muy aprecido en su tiempo, ensombrecido por los de José de Madrazo. Al fin y al cabo, este último era director del Prado, y en cuanto tomó posesión lo primero que hizo fue colgar su Viriato, en detrimento del Cincinato, la obra maestra de la pintura neoclásica española, que ha estado depositado cerca de un siglo en el Museo de Cáceres. "Eso demuestra que el Prado, cuando enseña o esconde obras, está haciendo historia del arte. Tener oculta una colección durante tanto tiempo ha influido, no cabe duda, en los precios del mercado. Con esta exposición pretendemos también hacer una reflexión sobre cómo se comportan las instituciones respecto al arte del XIX. Hemos querido ser objetivos y mostrar las cosas tal como se produjeron", señalan los comisarios.

En pintores como Eugenio de Lucas es donde mejor se aprecia a simple vista la herencia de Goya. En los cuadros de De Lucas está la Inquisición, la España negra o las corridas de toros. Aunque posiblemente la obra que mejor refleje el romanticismo sea la de Los poetas contemporáneos. Una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor (1846), de Antonio María Esquivel. El que fuera uno de los fundadores del Liceo Artístico y Literario, germen de la ilustración de la época (tenía su sede en el palacio de Villahermosa, hoy Museo Thyssen), quiso dejar constancia de los que formaban el ghota de la intelectualidad. Lo ideó como un cuadro dentro de otro. Como paisaje, su propio estudio a rebosar de óleos pintados por él y otros que coleccionaba. Entre los personajes allí retratados aparecen Hartzenbusch ?autor de Los amantes de Teruel?, Bretón de los Herreros, el Duque de Rivas ?creador de Don Álvaro o la fuerza del sino, germen de la ópera de Verdi La forza del destino? y Zorrilla, el protagonista de la reunión. Esquivel se representa en el centro, como si fuera el Velázquez de Las meninas, pintando un cuadro. Esquivel es autor también de uno de los mejores desnudos, a juicio de los expertos, del romanticismo: El nacimiento de Venus. El cuadro se encontraba en una colección privada, la de los condes de Santamarca. Fue donado a un convento de monjas, quienes se deshicieron de obras tan inmorales, y su último propietario, hasta que el Prado lo compró, fue el doctor Andreu, el inventor de las pastillas para la tos.

Otro gran descubrimiento de la exposición será el de Federico de Madrazo, director del Prado hasta 1894. Su obra El Gran Capitán, el antecedente de la gran explosión de pintura histórica, fue donado al museo hace cinco años y ahora se expondrá por vez primera.

Federico de Madrazo aprendió de Ingres cómo retratar a sus modelos con glamour y belleza, pero, a diferencia del francés, los colores y trazos del español tienen la huella de los Tiziano, Tintoretto y Velázquez que veía de niño cuando su padre dirigía el Prado. Su retrato de Amalia de Llano, la condesa de Vilches, retratada al modo francés, desinhibida y mirando al espectador, desprende por todos sus poros sensualidad y belleza.

La sala de los pintores de historia, que Lafuente Ferrari llamaba con toda intención "la de los muertos", reúne los grandes cuadros del género: Los amantes de Teruel, de Moreno Carbonero; La campana de Huesca, de Casado del Alisal, o La expulsión de los judíos (1889), de Emilio Sala, el epílogo del género, donde mejor se aprecia el cambio ideológico. Mientras en el de Isabel la Católica se reivindica el esplendor del imperio español, a finales del siglo XIX, la historia de España se ve ya de manera más crítica.

El círculo se cierra con un retrato de Sorolla. En 1906, el valenciano retrató a la actriz María Guerrero vestida como el personaje de La dama boba, de Lope de Vega, a la manera de la infanta Margarita, de Velázquez. Cuando Sorolla lo pinta, lo hace con la intención de colgarlo en el Prado. O al menos así lo dejó escrito el pintor valenciano en una de sus cartas a sus amigos: "Un día le dije a María: tú tienes que estar en el Prado, y además en un retrato que te pinte yo".

La exposición 'Grandes maestros del siglo XIX' podrá verse en las nuevas salas del Prado desde el 30 de octubre hasta febrero de 2008.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0026, 26 de octubre de 2007.