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Crónica:

Una imitación de Woody Allen

El director presenta 'El sueño de Casandra', una historia menor con un guión endeble, y Brad Pitt, 'El asesinato de Jesse James', una película excesivamente larga y sin sustancia

Los grandes maestros nunca realizan malas películas. En sus momentos más bajos firman un "divertimento", o un "ejercicio de estilo" o, en el peor de los casos, una "obra menor". Digamos que El sueño de Casandra, la última película de Woody Allen, es una obra muy menor. Pequeña. Diminuta.

No puede decirse lo mismo de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, la aportación de Brad Pitt (productor y protagonista) a la Mostra de Venecia. El enésimo filme sobre Jesse James es engolado, ampuloso, interminable, con mucho aparato visual y poca sustancia.

Allen: "Ahora que soy viejo, puedo dedicarme a la tragedia"

Pitt: "Es una película complicada, pero me gusta"

Nadie ha conseguido nunca hacer una buena película al año durante cuatro décadas. Ni siquiera Woody Allen. Su abundante filmografía incluye los inevitables altibajos, aunque todo lo que firma suele contener, al menos, una frase memorable o un giro ingenioso. Hasta Stardust memories, su pieza maldita, esconde hallazgos memorables.

En El sueño de Casandra, sin embargo, no parece haber nada destinado a durar. Allen firmó un contrato para realizar tres películas en Londres y, quizá, tras Match point y Scoop, se vio obligado a cumplir el compromiso en un momento de aridez creativa.

La historia (con exteriores filmados en Asturias y proyectada fuera de concurso) contiene los elementos que caracterizan la actual fase del cineasta neoyorquino: proposiciones deshonestas, destinos sellados e impulsos trágicos. Pero le ocurre lo mismo que al libro de relatos que ha publicado recientemente: parece el trabajo de un simple imitador de Woody Allen.

El problema es básico, de guión, y nada que pudieran hacer los actores (Ewan McGregor, Tom Wilkinson, Colin Farrell) habría resuelto la endeblez interna de una historia con ribetes dostoievskianos (Crimen y castigo) y con una evocación indirecta a Homero: El sueño de Casandra, que en la película no es más que el nombre de un galgo de carreras y luego el nombre de un velero, hace referencia a una profecía desatendida de la saga homérica.

Tras la proyección, Woody Allen comentó que la tragedia había sido siempre su vocación. "Ahora que soy viejo, puedo dedicarme a ella", dijo. Fue de agradecer su habitual modestia: "Sólo quería contar la historia de dos hermanos simpáticos y bienintencionados que, por ambición y debilidad, se ven atrapados por un destino trágico".

En una sala de prensa habituada a las ínfulas seudointelectuales (el italiano Paolo Franchi defendió su infumable Ninguna cualidad a los héroes, con invocaciones al superego, la sexofobia, el psicoanálisis y las teorías de Melaine Klein), Allen supuso un respiro.

Dentro de la selección oficial, ayer fue el día de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, interpretada y producida por Brad Pitt y escrita y dirigida por Andrew Dominik, un realizador neozelandés formado en la industria de la publicidad y el vídeo musical. La película fue terminada en 2005, y desde entonces dormía en un cajón el sueño de los justos. Llegó a circular el rumor de que Brad Pitt quería quemarla y olvidarla. Pitt lo negó tras la proyección: "Es una película complicada, pero me gusta", dijo.

El bandido racista Jesse James (interpretado por el propio Pitt) es presentado como un capo mafioso que amenaza o asesina a los miembros de su banda porque sospecha que planean traicionarle. Ésa es la trama, adobada con paisajes espectaculares, planos esquinados, fotografía barroca, largos silencios, mucho arte y mucho tronío.

La primera versión, la que Pitt se negó a estrenar en 2005, duraba cuatro horas y media. Una tijera piadosa la ha reducido ahora a dos horas y media, igualmente excesivas, pero soportables, hasta cierto punto, por un organismo humano regularmente constituido.

Como indica el exhaustivo título, Jesse James fue asesinado por Robert Ford, un miembro de su banda obsesionado desde siempre por la leyenda del bandido. El espectador de la película no simpatiza con ninguno de los personajes, demasiado huecos como para suscitar emociones. Puestos a tomar partido, cabe dar las gracias al "cobarde Robert Ford" por dos razones: primera, porque James era un tipo despreciable; segunda, porque si James hubiera vivido hasta los 80 años, la película aún no habría terminado.

Antes se hablaba de "ejercicios de estilo". Anteayer se proyectó, en concurso, Les amours d'Astrèe et de Céladon, del anciano e ínclito Eric Rohmer. Es una historia de amor en un ambiente mitológico poblado de pastores, druidas y faunos.

Rohmer ha dedicado su vida al cine, ha escrito, teorizado y filmado muchísimo y ha obtenido algún éxito comercial, como Le génou de Claire (1970). A estas alturas, puede permitirse ejercicios como esta fábula extraña, discutible, muy del gusto de ciertos críticos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de septiembre de 2007