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Reportaje:

La voz de una niña en coma

Una familia que recibe 48 euros al mes por cuidar a su hija, postrada en una cama, ve en la ley "una minúscula luz" al final de un túnel

El 14 de diciembre de 2003, un coche se llevó por delante la vida tranquila de la familia Paz Sanmartín en el pueblo marinero de Porto do Son (A Coruña). Ana, la hija pequeña, fue atropellada a los 14 años y el golpe la metió en un coma vegetativo del que sólo la puede sacar un milagro. Ni ve ni oye. Sus padres y su hermana son desde entonces sus ojos, sus oídos y, sobre todo, su voz ante las ventanillas de la Administración. Han dejado de trabajar fuera de casa para cuidarla. A cambio, el Estado del Bienestar les otorga una ayuda de 48 euros al mes.

La ley de dependencia es para la madre de Ana una "muy minúscula luz" al final de un largo túnel. La norma prevé prestaciones de hasta un millar de euros mensuales para personas en la situación de su hija, más o menos el dinero que ella y su marido, Juan, gastan actualmente en pagarle una fisioterapeuta y una cuidadora y en sufragar las jeringuillas que necesitan para alimentar a Ana y que la Seguridad Social ni siquiera subvenciona.

Cuando su hija quedó postrada en una cama, ninguna administración les tendió la mano. A los cinco meses del atropello, los médicos le dieron el alta a la niña en el Hospital Clínico de Santiago. Ahí empezó su "lucha". "Los hospitales te mandan a casa como si te mandasen con un mueble", se lamenta Ana con amargura. La familia dejó su casa del ayuntamiento marinero de Porto do Son y se trasladó a Santiago, a un piso de alquiler mejor acondicionado para el día a día de una discapacitada.

Ningún centro del Estado accedió a ingresar a la hija de Ana y Juan. Ellos abandonaron sus trabajos para cuidar en casa a la muchacha y, todavía noqueados por el giro drástico que había dado su vida, iniciaron un doloroso peregrinaje por las administraciones con la esperanza de obtener alguna ayuda pública. Lo máximo que recibieron fueron 48 euros al mes y un trato helado.

En el Ayuntamiento de Santiago, a Ana la invitaron a solicitar una ayuda a domicilio para atender a su hija. Le pidieron un montón de papeles pero le advirtieron que era muy difícil que el estado de coma en el que estaba su niña la hiciera merecedora de esta asistencia. "Fue surrealista", recuerda Ana, "la chica me lo decía como si estuviese inscribiéndome en un curso". Indignada, Ana se negó a cumplimentar la solicitud. La administración no le daba ni dinero, "ni tacto, ni humanidad". "No todos te tratan así, pero en nuestra situación, con que te lo haga uno..."

En este tiempo Ana y Juan han sobrevivido gracias a la indemnización que recibió su hija tras el atropello y son conscientes de que su caso ni siquiera es el peor. Cuando el sol sale, la sacan a pasear en silla de ruedas y se están construyendo una casa adaptada para regresar a su pueblo. Lo harán, una vez más, sin subvenciones. "Tienes que luchar por los derechos de tu hijo porque nadie va a mirar por ti", repite Ana con voz cansada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de mayo de 2007