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miércoles, 4 de abril de 2007

El genocidio de Ruanda fue como un tornado o un tsunami. Un tsunami de sangre. Vino y se fue, como un ciego arrebato de la naturaleza. Empezó a principios de abril de 1994, murieron 800.000 personas y, a mediados de julio, se acabó. Desde entonces, desde que los machetes se vuelven a utilizar como herramientas de campo, en vez de como armas mortales, este pequeño país ha sido una isla tropical de tranquilidad. La gente es pobre, pero el paisaje es bello y Kigali, la capital, es la ciudad más segura del continente africano, y quizá del mundo.

Le costará creer al que hoy visite el país de las mil colinas, un edén primaveral situado en el corazón geográfico de África, que éste fue el escenario de la última gran atrocidad del siglo XX; que lo que pasó aquí hace apenas 13 años fue comparable ?aunque superado en números? a lo ocurrido bajo Hitler o Stalin, y bastante más tremendo que los horrores de la guerra de los Balcanes.

Sueños de suicidio las acompañan. Emocionalmente están derrotadas

Murieron 8.000 personas en julio de 1995 en Srebrenica, Bosnia y Herzegovina, a manos de paramilitares serbios. En febrero de este año el Tribunal Internacional de Justicia calificó el crimen como "genocidio". Pero hay genocidios y genocidios. En Srebrenica, las víctimas pertenecían todas a una etnia ?eran musulmanes bosnios?, pero el principal motivo para matarles no fue ése; fue el hecho de que eran todos hombres y, como tales, potenciales combatientes enemigos. En Ruanda, como en la Alemania nazi, daba igual que las víctimas fueran hombres, mujeres o niños. Y durante los cien días que duraron las masacres, moría una media de 8.000 personas no al mes, o a la semana, sino cada día.

Por eso lo de Ruanda tiene más en común con lo ocurrido en Alemania en los años treinta y cuarenta que lo ocurrido en los Balcanes en los noventa. La idea, tanto en Ruanda como en la Alemania nazi, fue el exterminio total. Del mismo modo que Hitler quiso acabar con los judíos, los líderes de la etnia dominante hutu en Ruanda deseaban condenar a la totalidad de los tutsis, el 15% de los habitantes del país, a la extinción.

Y aunque el Holocausto nazi cobró siete veces más muertes, los métodos utilizados en Ruanda, aunque primitivos, resultaron ser más eficientes. El ritmo de ejecución manual en Ruanda superó con creces al del sistema industrial utilizado por los nazis.

Por todo esto y más, si lo de Srebrenica fue "genocidio", entonces hay que buscar una palabra nueva, de connotaciones infinitamente más brutales, para definir lo que pasó en Ruanda. Del mismo modo que quizá haya que buscar una nueva palabra para calificar lo que les ocurrió a miles de las mujeres tutsis que tuvieron la dudosa suerte de sobrevivir al exterminio ruandés.

El precio de la supervivencia fue la violación. Constante, días tras día, a manos de muchos, o de dos o tres, o quizá de un solo individuo. Pero en todos los casos los hombres eran los mismos que habían despedazado a sus maridos, hijos, padres, sobrinos y tíos a machetazos. Y casi siempre ante sus propios ojos. Las que siguieron vivas cuando acabaron las matanzas, después de que las fuerzas guerrilleras de el Frente Patriótico de Ruanda tomaran el poder, estaban casi todas infectadas con el virus del sida. Un buen número (se calcula hoy que unas 20.000) quedaron embarazadas.

Historias aisladas de este tipo, basadas en aberraciones reales, han servido de materia prima para alguna que otra novela o película. Lo extraordinario de lo ocurrido en Ruanda es la dimensión épica del sufrimiento de estas mujeres. Fenómenos parecidos (menos el factor sida) se habrán visto en tiempos de Atila o Tamerlán o Gengis Kan o durante las guerras de los mil años de la época romana. Pero esto ocurrió durante las vidas de la gran mayoría de los seres humanos que hoy habitan la Tierra.

Veamos la historia de una mujer cuyo bonito nombre francés, Gaudiose, perdió toda su alegría en aquella primavera de 1994, y desde entonces ?aunque lo que le pasó fue poco comparado con lo que les pasó a otras? suena a burla macabra de Dios.

Cuando se desataron las masacres, ella y su familia hicieron lo mismo que miles y miles de tutsis a lo largo y ancho del país. Se refugiaron en una iglesia. Ruanda es el país más cristiano de África. La mayoría es católica, tanto tutsis como hutus. Los padres de Gaudiose, cuyo apellido era Mukandamage, recordaban que cuando se llevó a cabo la anterior gran masacre en Ruanda en 1959, los asesinos habían mostrado más respeto por la tradición medieval del santuario. A los tutsis que se refugiaban en las iglesias les dejaron vivir. Pero no iban tan en serio en aquellos tiempos. Sólo murieron 20.000. En 1994, los tutsis no fueron tan afortunados.

"Entraron los milicianos hutus en la iglesia y me llevaron a un cultivo de plátanos, detrás de la iglesia, y empezaron a violarme", recuerda Gaudiose, que entonces tenía 23 años. "Uno de ellos me llevó a su casa como objeto sexual, para él y sus amigos, por tres días. Salieron a robar a las casas abandonadas de los vecinos y me escapé. Volví a la iglesia y encontré que habían matado a toda mi familia. A mi padre, mi madre, mis cuatro hermanas y cinco hermanos".

Sólo fueros tres días de violaciones en masa, pero Gaudiose contrajo el virus del sida y se quedó embarazada. Su hija, Dianne, sobrevivió al parto y hoy tiene 12 años.

Verena Uwingabira, que también es seropositiva y tiene una hija de la misma edad, lo pasó peor. Pero su historia es más típica. Mataron a su familia y durante semanas la violaron, junto a otras jóvenes elegidas, entre las seis de la mañana y las siete de la tarde. El horario correspondía al de los asesinos, o génocidaires, como les llaman en Ruanda. Llamaban "trabajo" a lo que hacían. Era duro, como debe ser trabajar en los mataderos de animales pretecnológicos. Mataban a la gente con palos, cuchillos y machetes. Había balas, pero costaban dinero y no había muchas. O las que había, al menos, mejor conservarlas para la lucha contra los guerrilleros tutsis. Las víctimas más ricas solían ofrecer dinero a sus verdugos hutus para que mataran a sus hijos de un balazo, y a ellos mismos si les sobraba. Muchas de las matanzas se llevaron a cabo al lado de las carreteras donde los milicianos montaban sus controles, como se pudo ver en la excelente película, nominada para tres oscars en 2005, Hotel Ruanda.

"Nos llevaban a los controles", recuerda Verena, "y nos obligaban a sentarnos ahí, mientras ellos hacían su trabajo de matar. En sus ratos de descanso nos violaban. Estaban sucios. Olían fatal. Venían seis, siete hombres a la vez. Se turnaban. Pasábamos ahí día tras día esperando que nos violaran y siendo violadas, y sin comida, sin agua. Les rogábamos que nos mataran".

Verena no tiene ni idea de cuántos hombres la violaron. Intentó suicidarse, como tantas otras, cuando descubrió que tenía sida y estaba embarazada, pero hoy ahí sigue, hundida en la enfermedad y la pobreza y con su Josile, de 12 años.

Las historias del genocidio ruandés descienden a niveles de obscenidad que ni las mentes más depravadas podrían imaginar. Francine Umurungo, que tenía 13 años cuando todo eso ocurrió, recuerda cuando emergió de debajo de la cama de la habitación donde horas antes habían matado a su tío y a su tía. "A ella la habían violado antes de matarla y manaba sangre de su zona genital. Pero no habían matado a su bebé. Él estaba sobre el cuerpo de su madre, mamando de sus pechos".

Llevaron a Francine a uno de los controles de la muerte en la carretera. "Un día recuerdo que se turnaron más de diez hombres para violarme. Uno venía y se iba, otro venía y se iba. Cuando el último había acabado, le dije que tenía sed y que si me podía traer agua. Dijo que sí y me trajo un vaso. Cuando lo bebí me di cuenta de que era sangre. El hombre me dijo: 'Bebe la sangre de tu hermano y vete".

Toda Ruanda está traumatizada por lo que ocurrió en 1994. Los asesinos y las víctimas. Pero nadie ha sufrido las secuelas de peor manera que estas mujeres, a cuyo inimaginable sufrimiento durante los cien días del terror ruandés se suma el infinito y confuso dolor que les causa la mera existencia de sus hijos. Sus familias, en los casos en que hubo algún superviviente, no han demostrado una compasión a la altura de las circunstancias. Francine tuvo el consuelo de descubrir que su padre seguía vivo cuando todo termino, pero él respondió horrorizado cuando vio que estaba embarazada.

"Mi padre me recordaba constantemente que esta niña era mala, que su familia era mala", recuerda Francine. "Su familia mató a mis parientes, me decía; no existe ningún motivo para querer a esa chica. Y en cuanto a mí, el problema es que cada vez que la veo me recuerda las violaciones. La primera violación, la segunda y todas las que vinieron después. Todo lo relaciono con ella".

Por eso, y debido a que Francine es pobre y tiene el virus del sida y muchas veces no se siente bien, la niña vive con una tía. "No puedo decir que la quiera, pero tampoco que la odie. A veces la echo de menos. Estoy sola en casa, en la cama, y me acuerdo de que tengo una hija, y eso no es malo. Pero después viene y me pide algo y no se lo puedo dar, y entonces dejamos de ser amigas porque ella cree que la odio".

Claudin Mukakalisa también tenía 13 años cuando la violaron. Recuerda que además la pegaban 10 veces todos los días con un palo y la obligaban todas las noches a lavar la ropa y los machetes ensangrentados. De ahí nació un hijo que ella nombró Jean de Dieu, aunque había días en que quería matarlo.

"Mi tío no me dejó que viviera en su casa. Me dijo que no podía entrar ahí con un bebé de los hutus", recuerda Claudin. "Cuando recordé lo que me había hecho el padre pensé en matar a mi hijo, como venganza. Me alegro de no haberlo hecho. Me obligué a quererle, aunque la verdad es que, ahora que es más mayor, no es un chico amable. Es terco y malo".

El único consuelo, si es que lo es, para estas mujeres, las más tristes del mundo, y las que han visto y sufrido las cosas peores, es saber que el futuro de sus hijos pinta bien. Comparado con el de ellas, pero comparado también con el de otros niños africanos. Bajo el Gobierno autoritario del presidente Paul Kagame, el líder guerrillero que asumió el poder en julio de 1994, Ruanda se ha convertido no sólo en el país más seguro de África, sino también en el menos corrupto.

Las perspectivas económicas, partiendo de una base bajísima, ya que Ruanda carece de recursos naturales y está muy densamente poblada, son buenas. Un artículo reciente de la revista New York Review of Books decía que, según muchos expertos internacionales, ningún país pobre estaba encaminado en un programa más prometedor de cambio que Ruanda. Josh Ruxin, antiguo director del programa de salud del John F. Kennedy School of Government en la Universidad de Harvard, siente tanto entusiasmo por lo que está ocurriendo en Ruanda que se ha ido a vivir allí.

Ha fundado un proyecto rural cuyo objetivo es promover las estrategias de desarrollo recomendadas por el renombrado economista Jeffrey Sachs. "He trabajado en 50 países", dijo Ruxin al New York Review of Books, "y considero que Ruanda es el único país del planeta que tiene la posibilidad de migrar desde la extrema pobreza hasta un ingreso mundial medio a lo largo de los próximos 15 años".

Es fácil encontrar a gente como Ruxin en Ruanda, a cooperantes internacionales que han vivido un tiempo ahí y se han quedado asombrados ante la seriedad y diligencia de las autoridades locales en el intento de traer a su país algo que se aproxime a la prosperidad. Es igual de fácil encontrar a mujeres con historias (cuesta creer que lo que cuentan es verdad, pero lo es) como las de Claudin, Francine, Verena y Gaudiose. No tiene ningún mérito periodístico, más allá de ponerse en contacto con la organización que las acoge, asesora y cuida, la Association des Veuves du Génocide (AVEGA; www.avega.org.rw). AVEGA ha ayudado a 25.000 mujeres, de las cuales el 80% fueron violadas durante el genocidio y el 66% tiene el virus del sida. A través de AVEGA, que ha ejercido una labor indispensable desde 1995, uno puede contactar con estas mujeres y colmarse de historias que demuestran la infinita capacidad humana para hacer el mal.

¿Qué se puede hacer por estas mujeres víctimas del genocidio, además de ayudarles a conseguir lo elemental para comer, como hacen AVEGA y otras ONG? Lo mejor es hacer lo posible para que se puedan nutrir de lo que en Europa y Estados Unidos ya es casi tan común como la aspirina y en muchas partes de África sigue siendo el elixir de la vida: acceso a los medicamentos antirretrovirales que frenan los efectos nocivos del virus del sida. Lo cual implica no sólo conseguir los medicamentos, sino gozar también del seguimiento médico para que funcionen.

Aun así, aun con buena salud, las secuelas del genocidio para estas mujeres son imborrables. Ruanda puede haber conquistado la paz, pero ellas nunca lo harán. Sueños de suicidio las acompañan permanentemente. Emocionalmente están todas derrotadas.

Flaviane Niragire, de las pocas víctimas de violación masiva que por algún milagro no se contagiaron del virus del sida, tenía 15 años cuando los milicianos mataron a sus tres hermanos y se la llevaron. Tiene un hijo que nombró, como si quisiera sellar su condición de salvaje anonimato, Boy. "Pensé matarle cuando nació", dice. "Fue doloroso, pero decidí no hacerlo. Me he quedado con él, aunque es hijo de violadores, aunque es la causa de mi trauma cada vez que le miro. Por eso no me interesa la familia. No me interesa el amor. A veces me miro a mí misma, y me comparo con gente que tiene sus familias a su alrededor, y me lamento de no haber muerto en el genocidio. Me pregunto todo el tiempo por qué el genocidio no me mató".

?Mi venganza sería matar al niño. No lo hice?

Claudin Mukakalisa, de 26 años, y su hijo Jeandediue Ufiteyezu, de 11. Gisazi, Ruanda.?Mataron a toda mi familia. Sólo nos dejaron a mi hermana y a mí. Llegaron las milicias, nos llevaron a una casa y nos violaron sucesivamente. Les lavábamos las ropas manchadas de sangre, nos golpeaban, nos violaban, salían a matar y volvían. Mi hermana dijo que teníamos que escapar. Buscamos un río para arrojarnos a él y morir, pero al llegar vimos muchos cadáveres flotando, y nos dio miedo. Por entonces, mi hermana estaba embarazada. Me di cuenta de que yo también. Me dolían mucho mis partes íntimas, pero no dejaban de violarnos. Mi tío no me acogió bien. Le dije que si estaba embarazada era cosa de los milicianos, que me habían violado. Me echó. Para ser franca, nunca he amado a este niño. Cuando recuerdo lo que me hizo su padre pienso que la única venganza sería matar a su hijo. No lo hice. Me obligué a que me gustara, pero es imposible: el chico es rebelde, malo. Al final hirieron a mi hermana con los machetes; murió. Su hijo tenía cinco días. También mataron al niño?.

?Para mí es un trauma cada vez que miro a este chico?

Flaviane Niragire, de 27 años, con su hijo Boy Nizeyimana, de 11. Kayonza, Ruanda.?Todo empezó la noche en que nos comunicaron que el presidente había fallecido y mi madre dijo que debíamos huir. Al tercer día asesinaron a mis tres hermanos, un grupo de milicianos atacó nuestro hogar y me llevaron. Me condujeron a un lugar en el que me violaron, uno tras otro. No podría decirle cuántos eran. Lo que sí sé es que después me di cuenta de que estaba embarazada. Nunca había tenido relaciones sexuales. Lo primero que pensé es que debía abortar, pero no sabía cómo. Así que seguí adelante. Después del parto, pensé en matarlo. Pero me he quedado con él, y para mí es un trauma cada vez que miro a este chico, porque no sé quién es el padre e ignoro cómo voy a vivir. Estoy impedida por las palizas que recibí. No puedo trabajar. Sólo estar sentada. Ahora digo que fue bueno no matar a este niño, porque va a buscarme agua. No cumplo con mi deber de madre por la pobreza. A veces no tiene nada que comer porque no tengo nada que darle. No me interesa tener una familia. No me interesa el amor. Lo que me ocurra es una sorpresa. No veo un futuro para mí. A veces me comparo con la gente que tiene una familia y lamento no haber muerto en el genocidio?.

?Venían, me violaban y se iban. No puedo contar cuántos?

Francine Umurungi, 26 años, seropositiva, con su hija Benimana, de 13 (derecha). A la izquierda, la hija de su tía muerta. Gasata, Ruanda.?Fuimos atacados por una banda de hutus. Uno de ellos me violó una y otra vez durante una hora, y cuando terminó me dejó allí, inconsciente. Cuando oí las balas corrí y me escondí bajo la cama. Cuando salí fue el momento más horrible de mi vida. Mi querida tía había sido asesinada. La habían violado y la sangre fluía de sus partes íntimas. Le habían puesto a su bebé encima. Todo el cuarto estaba lleno de sangre y de muertos, excepto el pequeño que mamaba del pecho de su madre muerta. Me quedé en aquel control de carretera una semana. Les vi matar, violar, arrojar a gente a las fosas. Venían y me violaban. Venía uno, y se iba. Después venía otro, y se iba. No puedo contar cuántos. Cuando acabó el último, le pedí agua. Me trajo un vaso. Al beber me di cuenta de que era sangre. El hombre dijo: ?Bebe la sangre de tu hermano y vete?. Aquello fue el fin. Después de la guerra encontré a mi padre. Me decía constantemente que esta niña es mala. Que su familia asesinó a mis familiares, que no había razón para que yo la quisiese. Cuando la veo me recuerda la violación. La primera, y la segunda, y todas las que siguieron. No puedo decir que la quiera, pero tampoco que la odie?.

?No odio a mi hijo. Tampoco le quiero?

Josianne Ruyange, de 27 años, con su hijo Vedaste Ndikubwimana, de 11. Mwurire, Ruanda.?El genocidio comenzó cuando yo tenía 15 años. Fui violada, quedé embarazada y tengo un niño. Nunca antes había tenido relaciones sexuales. Nunca quise a ese hombre. Siempre me dio miedo. Incluso ahora oigo a gente decir que disfruta del sexo. No sé lo que significa. Para mí, el sexo ha sido una tortura. En nuestro segundo año de estancia en Tanzania [en el exilio, después de que el violador la llevara con él como esclava sexual] insistió en que quería casarse conmigo. No tuve alternativa. Me llevaron a la iglesia y nos casamos. En Tanzania siempre estaba en casa, nunca me dejaba salir. Mi trabajo consistía en cocinar en casa y tener relaciones sexuales con él. En 1997 regresé a Ruanda. Me vine con mi hijo. Cuando llegué aquí fui a casa de mi hermanastro, y me dijo que no podía vivir con el hijo de un miliciano. No quería a mi hijo. Me quedé, pero nos maltrataba. Permanecí allí hasta 2000. No odio a mi hijo. Tampoco le quiero, pero creo que me siento cómoda viviendo con él?.

?Uno de ellos me convirtió en su objeto sexual?

Gaudiose Mukandamage, de 35 años, seropositiva, con su hija Dianne, de 12. Gahini, Ruanda.?Entramos en una iglesia porque creímos que era un lugar seguro. Toda mi familia fue asesinada allí, excepto yo. Al noveno día fue cuando entraron los milicianos hutus ?estábamos escondidos en una sala de la iglesia?, nos sacaron y nos llevaron a un platanar. Entonces empezaron a violarme. Uno de ellos me convirtió en su objeto sexual durante tres días. Durante tres días fui su mujer, por así decirlo, y después se fueron a robar a los vecinos. Entonces huí y regresé a la iglesia. Al llegar allí encontré a mi familia muerta. Estábamos confundidos y en apuros cuando los soldados del Frente Patriótico Ruandés nos encontraron en la iglesia y nos rescataron. Mi padre, mi madre y todos mis hermanos y hermanas fueron asesinados. Éramos nueve hijos: cuatro chicas y cinco chicos. Seguí adelante, con problemas de salud, pero no reuní el valor suficiente para solicitar asesoramiento y someterme a las pruebas del sida hasta 2000, cuando descubrí que había dado positivo en el VIH?.

?Nunca amé, nunca disfruté del sexo ni de ser madre?

Berina Mukandanga, de 32 años, y sus hijos: Harriet, de 11 años, y Alice Niyibizi y Aline Niyoyita, ambas de 5 años. Iceru, Ruanda.?Cuando empezó el genocidio, yo tenía novio y estábamos prometidos. Vi su cuerpo después de que le asesinaran con un machete. Después de aquello me violaron muchos hombres a los que yo no quería, y el resultado son estos niños. Nunca he vuelto a enamorarme, nunca amé, nunca disfruté del sexo, ni de ser madre, aunque lo he aceptado. Ésa es mi situación. Me quedé en el lugar donde el líder de la milicia me había rodeado de guardias. Sólo me permitía entrar en su casa cuando quería sexo. Después me echaba. Mi comida era mandioca cruda. Estaba harta y creía que necesitaba morir. Así que fui al jefe local. Tenían que matarme como mataron a mi madre y enterrarme como enterraron a mi padre. Así que me llevó a su casa y durante 40 días me violó día y noche. Antes yo era una chica guapa, solía gustar a la gente. Ahora todo se ha perdido. Ahora es una pesadilla. No tengo interés por la vida. Pero el mundo no conoce esto. Incluso ahora no creo que usted lo comprenda. Pero estoy contenta porque les contará a los suyos que las mujeres de Ruanda pasaron un sufrimiento inenarrable. Mi único crimen es haber nacido tutsi, y estoy pagando por pecados que no cometí?.

?Me las arreglo para vivir por ellas, pero no me interesa la vida?

Josinne Muziranenge, 26 años, seropositiva, con su hija Ange, de 11. Cría tambien a la hija de su hermana muerta. Nyamirambo, Ruanda.?Fui madre cuando no estaba preparada. No tengo nada que pueda hacerme feliz. Desde 1990, mi vida ha estado desbaratada. Me las arreglo para vivir por mis dos hijos, pero no me interesa la vida. Me odiaba a mí misma. Mi padre y mi madre habían muerto. Mi tía, también. Y mi tío, que me pagaba la escuela. Sólo quería provocarme la muerte. Así que vinieron y nos llevaron a las que teníamos 15 o 16 años. Nos violaron un día entero. Uno detrás de otro, hasta que nos devolvieron a la iglesia en la que nos habíamos refugiado. Primero mataron a los hombres. Pero cuando se acercaban a nosotras decían: ?No las matéis, serán nuestras mujeres?. Mientras estábamos allí escuchábamos cómo las milicias mataban a gente. Les oímos cortando a la gente con machetes. Y la gente decía: ?Perdonadnos, perdonadnos?. Nos asustamos, pero decidimos no salir del convento. Que sea lo que Dios quiera. Podíamos ver a milicianos asesinando a gente a la entrada. Después encontré a mi hermana en una casa. Estaba embarazada. Otro miliciano que se hospedaba allí me violó, y también quedé embarazada. A mi hermana la violaron mucho. Tenía heridas por todas partes. Contrajo el VIH. Murió en 1996?.

?Mis hijos no tienen padre, no tienen casa, no son de ninguna parte?

Agnes Uwibambe, de 29 años, con sus hijos Albert, de 11, y Norbert, de 10. Mukura, Ruanda.?No me alegro de ser madre. Estos niños desbarataron mi vida. La violación distorsionó mis ambiciones. Ahora me llaman mujer, pero no estoy casada con ningún hombre. Soy mujer, pero no tengo marido. No me interesa. Asesinaron a toda mi familia excepto a mí. Empezaron a debatir entre ellos. Uno dijo que me debían matar allí mismo. Pero otro me llevó a su casa. No tenía esposa. Me dijo que se había casado conmigo y ahora yo era su mujer. Me violaba todas las noches y me tuvo cautiva un mes. Quedé embarazada, y el resultado es ese jovencito Albert que ha visto antes. No siempre estoy feliz porque el futuro no está claro. Mis hijos no tienen familia. No sé de dónde son. Ellos tampoco lo saben. Todo lo que ven es a mí. Pero yo tampoco soy capaz de mantenerme a mí misma. No veo un futuro brillante para ellos. No tienen padre. No tienen casa. No son de ninguna parte?.

JONATHAN TORGOVNIK

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