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EDUARD FERNÁNDEZ

Eduard Fernández, el actor sólido

Fue mimo, payaso en las calles de Barcelona y formó parte del grupo Els Joglars. Tras siete años de trabajo se ha convertido en uno de los actores imprescindibles. Solvente y seguro, atesora muchos de los premios del cine español

"Para hacer cine no hace falta ser actor, pero sí para hacer una carrera de cine", afirma.
"Para hacer cine no hace falta ser actor, pero sí para hacer una carrera de cine", afirma. JERÓNIMO ÁLVAREZ

Lo auguraron Javier Bardem y Mariano Barroso. "Eduard dará la campanada". Le conocieron durante el rodaje de Los lobos de Washington, pero nadie sabía a quién se referían. Han pasado apenas siete años, y hoy ese Eduard es uno de los rostros imprescindibles del cine español. Eduard Fernández (Barcelona, 1964) ya ha dado la campanada: 16 películas, importantes premios (Goya al mejor actor protagonista por Fausto 5.0, mejor intérprete en el Festival de Málaga por Hormigas en la boca, Ondas y una retahíla más); cineastas consagrados como Bigas Luna, Gonzalo Suárez, Fernando Trueba, Agustín Díaz Yanes, Emilio Martínez Lázaro o Montxo Armendáriz le han querido tener a su lado. También los más nuevos. Cesc Gay le ha convocado por segunda vez para protagonizar Ficción, una película que se estrena el 10 de noviembre y en la que Eduard Fernández hace de álter ego del director catalán. Parece siempre en guardia y se confiesa vulnerable; todo lo contrario a la enorme seguridad que aparenta. Fue mimo y payaso en las calles de Barcelona, antes de iniciarse en el teatro de la mano de Albert Boadella. El cine le ha atrapado de tal manera que sólo en contadas ocasiones se ha subido en los últimos años a un escenario. Pero cuando lo ha hecho, como en el último Hamlet con dirección de Lluís Pascual, asegura que se ha encontrado mucho más seguro. "Más que al cine, quizá se lo debo a la vida". Es delgado, fibroso y con ojos siempre atentos, como al acecho. Ficción narra el viaje de Álex, un director de cine en crisis, casado y con dos hijos, que tiene problemas para terminar la escritura de un guión y se refugia en el Pirineo, en casa de un antiguo amigo. Allí conoce a Mónica, violinista, también de paso en el pueblo.

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'Ficción' es una película que narra una historia de amor inusual entre un hombre y una mujer.

Sí, pero también alguna cosa más. Cuenta cosas sobre el personaje de Álex, un hombre que está en crisis, rondando los 40, y que se plantea muchas cosas, su vida, su oficio. Es un viaje y también una relación de amor entre un hombre y una mujer.

Una relación diferente.

Diferente de como se suele hacer en el cine, pero no de como se suele vivir en la vida. Creo que más de uno hemos vivido algo parecido de una manera u otra. Me entiendo muy bien con Cesc, rodé ya con él En la ciudad. Si este guión me lo hubiera ofrecido otro director, no sé si lo hubiera hecho. Es muy arriesgado.

¿Dónde estaba el riesgo?

Aparentemente pasan muy pocas cosas. Todo pasa por la cabeza y el cuerpo de un personaje, y transmitir todo eso al espectador, mantener su atención durante toda la película, no es fácil. Eso sólo lo consigue un buen director. Cesc lo es; tiene mucho oficio, a pesar de haber dirigido sólo tres películas. Sabe mantener el pulso de algo tan fino, tan sutil como lo que transmite esta película. Ficción es un poema. Cesc tiene muy claro qué es lo que quiere contar y cómo, y eso es media vida. Es muy elegante, muy respetuoso; no ya con el actor, sino con la persona. Hay directores que manipulan al actor y le tratan bien porque les interesa para su película, pero en realidad la persona no les importa. Cesc trata muy bien a las personas, y eso creo que se nota en la película.

Se involucró en el proyecto sin apenas saber nada de él. ¿Tanto confía en Cesc Gay?

No sé si hay que confiar o no en un director. No me gustan las grandes palabras. He confiado en él en esta ocasión, estaba en un punto que me apetecía. Teníamos claro que queríamos hacer una película. Él me contó por encima un guión, le dije que sí, y al cabo de un tiempo me llamó para decirme que no le salía, que eso que me había contado no lo quería rodar. Yo había rechazado trabajos, no sé si se puede contar, y en dos segundos pensé: ¿qué le digo ahora?; sólo le puedo decir que tranquilo, que no pasa nada, que ya le saldría. Me fui a casa maldiciendo. Al cabo de un tiempo me llamó y me contó una historia que no tenía nada que ver con la primera. Le dije que sí. Es una relación muy particular. Tengo una confianza con él más allá de la profesión, partiendo de la profesión.

'Ficción' es un 'álter ego' del propio director. Además de confianza se necesita una complicidad casi total.

Para hacerlo bien tiene que haber esa complicidad. Además de ser álter ego de él, soy álter ego mío. Mi cara es mi cara, mi cuerpo es mi cuerpo, y uno puede mentir hasta cierto punto. Una cara muestra lo que muestra. No sé quién decía que, a partir de los 30 o los 40 años, uno es responsable de su cara. Yo lo soy de la mía, y también cuento cosas. Haciendo la película contaba muchas cosas de Cesc y muchas mías, inevitablemente.

¿Qué es lo que ha contado de usted?

Eso es difícil de explicar. Cuando un actor muestra cualquier sentimiento, parte de él. Llora como llora él, ríe como ríe él. De alguna manera se está contando siempre a sí mismo.

El filme está rodado en orden cronológico, algo que no es común en el cine. ¿Ayuda en el proceso creativo de la interpretación?

En este caso en concreto, sí. Hay otros filmes en los que quizá da igual, además de que casi siempre es imposible y tampoco importa mucho, la verdad. En Ficción sí que era importante porque hay una evolución del personaje, física también. Perdí peso, me creció la barba. En una película que pasan tan pocas cosas, el cambio físico es importante.

Si algo destaca de la película es su contención emocional, la ausencia casi de palabras, la cámara que sigue a su rostro secuencia a secuencia. ¿Qué dificultades entraña un personaje sin apenas diálogos?

A mí me gusta el cine que no habla mucho. Es difícil porque tienes que tener muy claro qué estás contando, y de nuevo aparece la complicidad con el director para saber qué cuentas sin decir una sola palabra. De todas las tomas rodadas, Cesc ha elegido siempre las más contenidas. Había incluso una secuencia en la que yo soltaba una lágrima y no aparece. Es todo muy contenido.

La película habla de lo que uno va perdiendo a medida que va cumpliendo años.

Y ganando.

¿Qué cree que ha perdido usted o ganado en su camino?

A veces a uno le cuesta saberlo o nombrarlo. Quizá he perdido cierta ingenuidad; no he perdido la pasión, para nada. He perdido algo de… Por ejemplo, en el cine, al empezar me gustaba cualquier plano, todo me parecía bien. Ahora no me apasiona el hacer cine porque sí, me tiene que gustar la historia y apetecer contarla, o el personaje, o el director. Estoy algo más relajado o crítico con eso.

Sus inicios en el mundo de la interpretación lo fueron a través del mimo. Y no por casualidad. A Eduard Fernández le gusta el juego con el cuerpo. "Cuando se habla de mimo, y más si se lee en una entrevista, uno sólo se imagina el personaje de la cara blanca. El mimo no es sólo eso". Él hacía otro tipo de mimo. Estudió en una escuela francesa. "Para que la gente se haga cargo", aclara el actor, "es como si las estatuas de Auguste Rodin se movieran".

¿Hizo mimo en la calle?

En la calle hice de payaso.

¿Así se ganaba la vida?

Sí. Tenía 19 o 20 años. Cuando yo estudiaba, lo hacía porque me apetecía contar algo, cambiar algo, explicar tus inquietudes, criticar alguna cosa, alabar otra, mostrarse… Cuando estudias algo como mimo, sabes perfectamente que nadie te va a llamar al acabar para ofrecerte trabajo. Entonces, lo que haces es montarte tu propia pajarraca, tu propio grupo. Me junté con un amigo mío, Carlos Llivernas, y hacíamos mimo, números de payaso en locales, en cabarés, en sesiones que empezaban a las doce de la noche y en los bares de los amigos. Nos daban 5.000 pesetas por hacer aquel show que a mí me sigue gustando mucho. Algunas veces nos echaron los clientes del bar. Era una mezcla muy rara la que acudía a vernos, desde el que se tronchaba de risa hasta la señora que estaba en primera fila y pensaba que estábamos haciendo el ridículo.

Lo cuenta con pasión.

Es que creo que es de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Creo que es de lo más bonito que he hecho.

Miembro del grupo teatral Els Joglars durante cuatro años, Eduard Fernández ha tardado en darse cuenta de que el escenario es el lugar natural donde un actor se puede expresar en mayor medida. Le costó mucho que le aceptaran en el grupo. Hizo tres pruebas con Albert Boadella hasta que le admitieron. Tenía entonces 23 años.

¿Qué cree que le han aportado esos años con Els Joglars?

De entrada, unas tablas del copón. En esta profesión, las tablas cuentan mucho, mucho, mucho. Con Els Joglars hice unas 250 actuaciones, y claro, con eso uno hace ciertas tablas. Sales muy distinto de cuando entras. Boadella me parece uno de los directores más grandes que ha dado este país. Aprendí mucho con él, es muy bueno. También con el resto de los compañeros, Ramón Fontseré y compañía. Di muchas vueltas, fuimos a muchos lugares, viajé mucho. Todo me hacía mucha ilusión.

¿Por qué lo dejó?

No sé ahora, supongo que igual que cuando estuve yo allí, pero en Els Joglars se trabajaba mucho. Siempre estabas ensayando o dando vueltas por el mundo. Estabas muy poco en tu casa, y si quieres tener una vida personal, en un momento u otro lo tendrás que dejar o elegir.

¿Su solidez como intérprete se la debe a su formación teatral?

Hasta ahora siempre decía que como actor no quería elegir entre cine y teatro, que era un prejuicio eso que dice mucha gente de que el mejor lugar para que un actor se exprese es el teatro. Ahora, cada día lo veo más claro. Creo que el lugar natural donde un actor se puede expresar en mayor medida es el teatro, sin duda alguna. También en el cine. Hay gente a la que no le hace falta hacer teatro para hacer cine, pero en el teatro se aprende mucho, porque el ritmo lo llevas tú; lo contrario que en el cine, en el que el ritmo interior del personaje y de la obra lo lleva el director. Te corta un plano aquí o allá y te cambia el ritmo, la intención incluso. Creo que el cine es básicamente del director, y el teatro, del actor. Para hacer cine no hace falta ser actor, para hacer una película, incluso para ganar un Oscar. Si el director es bueno y te sabe manipular no hace falta ser ni actor. Para hacer una carrera de cine, sí, pero no para hacer una película.

Al cine llegó gracias a una mujer: Sara Bilbatúa, una directora de casting para la que no tiene más que elogios. Iba y venía haciendo pruebas y pagándose él mismo el avión. No sabía qué más hacer. Se presentó a muchos castings. En algunos, recuerda que le saludaban; en otros, ni siquiera eso. Gracias a Bilbatúa, que desde el principio apostó muy fuerte por él, le llamaron para trabajar en la película Zapping, dirigida por Juan Manuel Chumilla y en donde coincidió con Paz Vega, que también se estrenaba en el cine. De ahí saltó a su segundo título, con el que entró de verdad en la senda del cine: Los lobos de Washington, de Mariano Barroso. Desde entonces, la carrera se ha ido jalonando de títulos importantes, como El portero (Gonzalo Suárez), El embrujo de Shanghai (Fernando Trueba), Smoking room (Roger Gual y Julio Wallovits), Son de mar (Bigas Luna), La voz de su amo (Emilio Martínez Lázaro), El misterio Galíndez (Gerardo Herrero) o la última estrenada, Alatriste (Agustín Díaz Yanes). Ya dice a menudo que no a los guiones porque ya le llegan muchos. No sabe si elige bien o no, lo que sí tiene claro es que él es fruto de todo eso que ha ido eligiendo. "Pocas veces me he arrepentido de decir no a un proyecto".

Han transcurrido algo más de siete años desde 'Los lobos de Washington'. Ha rodado 16 películas, ha recogido importantes premios y su nombre ya está grabado en la historia del cine español. ¿Se esperaba todo esto y tan rápido?

No, para nada. Llegó un momento en el que de verdad pensé que lo mío no era el cine. Ya había renunciado a ello cuando me llamó Sara Bilbatúa para hacer una prueba para Zapping. Los productores de esta película fueron los que me recomendaron a Mariano Barroso, al que yo ya conocía porque había hecho una prueba para su anterior filme, Éxtasis. Mi prueba para trabajar en Los lobos de Washington fue con Javier Bardem. Mariano me dijo que la prueba consistía en sacar de un coche a Javier de manera violenta. Y vaya que lo hice. Javier estaba relajado y tranquilo, pero le eché del coche, y de qué manera. Me jugaba mucho en esa prueba y él muy poco.

¿Hubiera preferido algo más sosegado?

Tengo la sensación de que ha sido sosegado, de que he ido subiendo peldaño a peldaño. Cuando se hacen esas cuentas, todo lo que uno ha hecho antes no se contabiliza, y ahí está. Quizá no me esperaba que fuera así y estoy encantado de estar aquí. La verdad es que yo había recogido más de un Oscar en el balcón de mi casa y dicho las palabras de rigor. Uno siempre fantasea con mil cosas, aunque espero que la película de mi vida esté siempre por hacer.

¿Hasta qué punto un actor puede controlar una carrera?

Cuando venía hacia aquí paseando he pensado lo poco que me gusta la palabra carrera para referirse a la trayectoria de mi oficio. Me gusta más llamarlo paseo. ¿Estamos todavía a tiempo de cambiarlo? El término carrera es muy americano y muy de marca, es como controlar tu vida. Es como pensar que a los 28 años me voy a enamorar de una morena de metro ochenta y luego tendré un hijo a los… Uno elige dentro de lo que uno tiene. Dentro de los papeles y de las películas que uno hace, se puede elegir una cosa u otra, también se pueden cambiar secuencias de acuerdo con el director. Recuerdo que en Alatriste cambié muchas cosas con Tano [Agustín Díaz Yanes]. Era un papel pequeño, pero me lo curré. Me lo curro siempre, y más si me dan cancha, y Tano me dio mucha cancha. Fui quitando frases porque creo que Copons, el amigo de Alatriste, es un hombre de pocas palabras, y añadí alguna otra cosita. Dentro de la carrera que uno elige, del paseo, se pueden cambiar cosas.

¿Hay que dejar algo a la deriva o a la suerte?

Como se dice por ahí, que la suerte te pille trabajando. En ocasiones he tenido suerte, como cuando hice la película Zapping y los productores me recomendaron a Barroso. Eso es un golpe de suerte. También que estuviera Javier Bardem, que es el más grande, y que me apoyase. Lo llevaré en el corazón de por vida.

En los últimos siete años, apenas ha subido a un escenario de teatro.

Un par de veces.

¿Qué es lo que le tira tanto del cine para abandonar los escenarios?

Lo que me gusta del cine es el primer plano. Liv Ullman decía hace poco que con los años le gusta dejar entrar la cámara dentro de ella, sin hacer nada más. Eso es lo que me gusta.

Al principio daba la impresión de ser un actor de carácter, de que sólo iba a realizar determinado tipo de personajes.

Afortunadamente no ha sido así. No critico a los actores que quieren hacer siempre un papel similar, eso no les hace peores actores. Pero a mí me gusta cambiar, disfrazarme; me gusta hacer un poco de todo.

Dependerá también de la oferta.

Claro, uno elige dentro de lo que le ofrecen. Y hay que estar abierto y despierto ante la gente y los chavales que en un festival te ofrecen un guión por la calle. Siempre me los leo. A lo mejor lo que te ofrecen es la bomba.

En 'Alatriste' hacía un papel secundario y ahora en 'Ficción' es el protagonista.

No renuncio ni a hacer secundarios, ni protagonistas; aprendes mucho de los dos. Son dos maneras muy distintas de trabajar. Cuando haces un secundario tienes que estar muy al servicio de la película; en cambio, cuando eres protagonista te tienen que servir. Me gusta ver las dos partes de la moneda.

Cesc Gay dice que no es usted un actor fácil. ¿Está de acuerdo?

Supongo que lo dice por lo que me peleo. Lo fácil y difícil es llegar a ponerse de acuerdo con el director en lo que cuentas y cómo lo cuentas. Si sabes qué es lo que quiere contar el director y qué parte es la que te corresponde a ti, ahí empieza a ser más fácil. Si el director no lo tiene claro es cuando ya se empieza a complicar todo. Suelo creer siempre en el director, a veces demasiado; pero, al fin y al cabo, mi papel en una película es simplemente ser un transmisor para el espectador, una vía por la que pasa el guión. Somos un vehículo.

Es importante ser moldeable. ¿Dónde está el límite?

Hasta el punto de la dignidad humana. Hasta donde a uno le dé la gana, por supuesto; hasta donde uno esté cómodo. Creo que es bueno ser moldeable. No me gustan los actores que no se muestran volubles, débiles. El peligro de esta profesión es estar siempre seguro de todo. Hay que mostrar la vulnerabilidad, eso es lo que hace humano a un personaje.

¿Se considera una persona vulnerable?

Mucho. Con la edad vas ganando fronteras de vulnerabilidad, sabes dónde estás y los momentos en los que toca o no toca.

Volviendo al teatro, este año ha subido de nuevo a un escenario después de mucho tiempo. ¿Se ha sentido más seguro?

Sí, mucho más que hace años; más seguro desde la inseguridad absoluta de mi personaje, desde la duda. Me he sentido más seguro al mostrar esa vulnerabilidad abiertamente.

¿Y eso lo debe al cine?

No sé si ha sido el cine o la vida, uno no sabe. Probablemente en mayor medida la vida.

Sigue viviendo en Barcelona, en el mismo barrio, cerca del mar. De siempre ha confesado tener el deseo de no ser famoso. De momento lo ha conseguido: le conocen por la calle, pero no se siente atosigado. En breve viajará a México, donde tiene previsto rodar un filme producido por Guillermo del Toro y Berta Navarro y dirigido por Andrea Martínez. Irá en busca de la vitalidad, la valentía y la energía del cine mexicano. Algo que a él no le falta.

'Ficción', dirigida por Cesc Gay y protagonizada por Eduard Fernández, entre otros, se estrena el 10 de noviembre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de noviembre de 2006