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Ni coja ni madre

Se da la circunstancia de que no tengo hijos. Si fuera un hombre, mi falta de descendencia sería eso, una circunstancia, más o menos importante pero circunstancia al fin, una nota más en la biografía. Pero, como soy mujer, se diría que todo en el entorno se confabula para convertirme en una mujer sin hijos, como si por ello pertenecieras a una determinada categoría. Como si la cosa definiera, a los ojos de los demás, toda tu vida.

Es curioso, porque de esto me estoy dando cuenta por vez primera ahora, en la edad madura. Fui una niña a la que no le gustaban las muñecas, sino los animales de peluche. Por más que buceo en mis memorias, no me recuerdo jamás queriendo tener niños ni jugando a las mamás. Después, al crecer, la cosa siguió igual: ser madre no sólo no era una prioridad para mí, sino que ni siquiera formaba parte de mi horizonte vital. Y así, sin pensar en ello, se fue pasando el tiempo del famoso reloj biológico.

A muchas otras mujeres de mi generación les sucedió lo mismo: recordemos que hasta hace poco, y durante bastantes años, España e Italia se han turnado en el primer puesto de los países con menor tasa de natalidad del mundo. Ya ven, justamente España e Italia, dos países católicos, con una fuerte influencia de la familia tradicional y una pesada herencia de machismo. Dos sociedades, también, que han cambiado de manera vertiginosa en las últimas décadas. Es posible que, en ambos países, un par de generaciones de mujeres hayamos crecido bajo el influjo y el ejemplo de nuestras madres, de esas madres que vivieron todavía en el sexismo del mundo tradicional pero que vieron llegar los cambios del mundo nuevo, y que educaron a sus hijas soplando en sus oídos un susurro poderoso de protesta: no te cases, no tengas hijos, sé libre por mí.

Sea por esto o por lo que sea (verdaderamente no lo sé), el caso es que ser madre no formó parte del plan de mi vida. Lo cual sin duda me hizo perder una experiencia muy importante. Pero es que vivir es escoger, es elegir unas opciones y rechazar otras, de manera que siempre es inevitable perder (y ganar) algo. Lo que me consta, por experiencia propia y porque lo he visto en otras personas, es que el hecho de ser madre no es la experiencia esencial y constitutiva de la existencia femenina.

Todo esto lo he tenido siempre claro, pero el caso es que ahora, en los últimos años, me estoy dando cuenta de que a las mujeres nos preguntan todo el rato si tenemos hijos. Por ejemplo, muchos periodistas, al entrevistarme, me plantean si he sacrificado la maternidad a mi carrera. Increíble cuestión que jamás cruzó por mi cabeza. Yo no siento que haya sacrificado nada por mi profesión (aparte del mayor o menor sacrificio que siempre es trabajar), y eso menos que nada. Por otra parte, no veo la necesidad objetiva de hacerlo; muchas escritoras estupendas han sido madres, como Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa, Elvira Lindo, Montserrat Roig o Nuria Amat, por citar tan sólo unas cuantas autoras españolas, y no creo que ello haya supuesto merma alguna en su obra. Y no se trata sólo de los periodistas: cada vez que conoces a alguien, sea hombre o mujer, el asunto suele aparecer al poco rato. Desde luego, estas preguntas no se les plantean habitualmente a los varones.

Antes, de joven, contestar una y otra vez no me molestaba. Pero desde que he alcanzado cierta edad, una edad digamos irreversible (ya no tengo hijos ni tendré), he empezado a advertir que, cuando respondo que no, una especie de incomodidad flota en el aire, como si los interlocutores sintieran cierto malestar por haber dicho algo inconveniente, como si tuvieran que hacer una especie de duelo por los hijos no tenidos de esta mujer sin hijos, como si hubieran nombrado la cojera en la casa de un cojo. Y debo decir que ese malestar lo manifiestan tanto los hombres como las mujeres, y que algunas de las mujeres, pobres mías, incluso añaden aturulladamente y sin venir al caso algo como: no importa, da lo mismo, sin niños se puede vivir la vida igual de bien. Con lo cual revelan el enorme peso que siguen teniendo los modelos tradicionales en nuestra sociedad. Cosa extraordinaria, realmente, descubrir a estas alturas de la vida que los demás te consideran coja porque no eres madre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de julio de 2006