Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:DANZA | 'El lago de los cisnes'

Trasvase en aguas turbulentas

Un lago es técnicamente y casi siempre un depósito de agua estancada, dulce o salada, raramente potable. Hay lagos con cisnes y lagos con monstruos míticos; otros no tienen ni carpas. En este caso, hacer tradición encumbrada de un engendro estilístico es un delito de lesa cultura. Eso ha pasado con el Lago inglés, que procede en su estructura de un trufado accidental que empezó en los años cuarenta del siglo pasado y que prestigiosos críticos como Beaumont y Haskel justificaron para siempre con la idea de que una entelequia llamada Escuela Inglesa de Ballet podía arrogarse mejorar los clásicos. Las enmiendas a la plana de Petipa, Ivanov y Chaikovski fueron muy lejos de la mano de muchas personas, y no sólo de Ashton, que se atrevieron a retocar lo intocable.

English National Ballet

El lago de los cisnes. Coreografía: Derek Deane y Frederick Ashton; música: P. I. Chaikovski; diseños: Peter Farmer; luces: Howard Harrison; director musical: David Coleman; director artístico: Wayne Eagling. Teatro Real. Madrid, 19 de abril.

El entonces London Festival Ballet (hoy English National, por esa manía contemporánea de cambiarle el nombre a todo, desde los yogures a las aspirinas) y en un instinto muy español fue progresivamente borrando su propia memoria no inglesa y es así que poco o nada queda hoy de los brillantes momentos en que el danés Peter Schaufuss y la rusa Natalia Makarova ofrecieron un Lago más riguroso (sin olvidar al ínclito Ashton y con los fabulosos diseños injustamente olvidados de Günter Schneider).

A otros infelices inventos hay que sumar ahora que Deane también suprime desde el bufón y la corte del primer acto otros elementos que, si bien no parten del tronco original, sí responden a la parte rusa y original de la obra.

La pareja compuesta por los estonios Agnes Oaks y Thomas Edur no dice nada; ambos, de técnica discreta y apariencia gris, hacen sus papeles de manera burocrática, sin emoción ni gusto, sin especial atención a los acentos musicales, si bien es verdad que el verdugo estaba también en la batuta de Coleman: pocas veces se ha escuchado a esta orquesta en desatinos tales.

Despropósitos

Los diseños de Farmer son convencionales y correctos en la escenografía, y en el vestuario pasan del trámite a un obsesivo y casi obsceno uso del lamé sintético más propio del tono de los musicales. No pueden hacerse tampoco elogios de la ensemble del cuerpo de baile o de otras partes solistas, pues la compañía hoy no es ni por asomo lo que era en cuanto a exigencia de baile, precisión y brillantez, que eran sus características, junto al cosmopolitismo, en otros tiempos.

Se podría diseccionar esta producción desde ese primer acto descafeinado e insulso, sin línea argumental, hasta despropósitos como que en el momento culminante del adagio del segundo acto el cuerpo de baile pasa por delante de la pareja principal, lo que constituye un verdadero atropello a la coreografía original, que poco a poco va brillando por su ausencia progresiva; con todo, hay un empaque de pretenciosidad a lo grande, lujo y dinero, lo que no garantiza en absoluto que estemos viendo un buen ballet y mucho menos un respetuoso mantenimiento de tan frágil tradición.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de abril de 2006