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COLUMNISTAS

Sopa de niños

Escuché por la radio que un restaurante de Chicago ha prohibido la entrada a familias con niños, y que el asunto se está convirtiendo en tema de debate; parece que hay establecimientos en Nueva York que también se plantean convertirse en territorio vedado a posibles revoltosos. A simple vista, parece injusto. ¡Las adorables criaturas! Bueno, no hace falta tener como películas de cabecera Viento en las velas, de Alexander Mackendrick, en donde dos tiernos hermanitos mandan a la horca al pirata Anthony Quinn mediante calumnias; ni tampoco es necesario saberse de memoria la escalofriante ¿Quién puede matar a un niño?, de Narciso Ibáñez Serrador, filme en el que una isla habitada por infantes enloquecidos se convertía en el infierno para sus visitantes.

No hace falta nada de eso para llegar a la conclusión de que ellos, la bendición que nos manda el Señor, los reproducidos, los herederos de la Tierra, no siempre son unos angelitos. Es decir, no siempre están siendo bien educados por sus papás y otros parientes.

Y conste que en mi escalera viven bastantes criaturas y que son todas estupendas. Pero aquellos críos con los que tropiezo en los restaurantes de la ciudad no suelen estar a la altura de mis pequeños vecinos. Niños que arrojan cubiertos, niños que se persiguen entre las mesas, niños que chillan, patalean, berrean; niños que tiran del mantel de tu mesa, niños iracundos y profunda, intensamente malcriados. Niños y niñas, entiéndaseme.

¿Van esos niños por su propia cuenta al restaurante? No. Naturalmente, les acompañan sus seres queridos. Y aquí es cuando el contraste resulta espectacular. Mayor es la actividad de los frenéticos bajitos, más grande es la pasividad de sus acompañantes. Las madres se limitan a obedecer todas las órdenes que reciben de ellos cuando se acercan a las mesas ("¡Dame eso! ¡Dame lo otro! ¡Quiero tal o cual! ¡Buaaaaaahhh!"), para que las dejen en paz lo antes posible. El resto de la familia, especialmente los hombres, sigue con la conversación. Como si nada. Ni siquiera aplauden:

-¡Mira el nene! ¡Qué buena puntería tiene con el cuchillo!

No. No está ocurriendo nada.

Mientras la familia come, el nene, que ya ha revuelto su plato y los ajenos, se explaya con la concurrencia. Pero, ah, cuando la familia ha dejado de engullir (y eso que a veces parecería que tal tarea no fuera a detenerse nunca, tal es la cantidad de platos y postres que encargan y prueban, tal la profusión de mantequillas y aceites y tostadas con que alargan y ensanchan el almuerzo), se plantea otro problema. No tienen de qué hablar. Se produce entonces una de esas situaciones temibles en las que se podría escuchar el castañeteo de la dentadura del abuelo… si cesara el estruendo de los niños. Miembro por miembro, la familia reunida en torno a la mesa del restaurante muestra un aspecto embotado, un rostro ensimismado. Parecen reflexionar sobre qué sentido tiene la vida si el restaurante no cuenta con un televisor a pie de mesa.

La mirada algo bovina de la madre se detiene en los chavalines que, a lo lejos, juegan al fútbol con las vinagreras. Parece preguntarse cómo podrá reducirlos y conducirlos de nuevo ante la pantalla que les mantiene entretenidos. Un suspiro, y se reanuda la conversación:

-Esta noche voy a preparar alcachofas en virutas, a ver si me salen -dice ella-. ¿O las preferís en tortilla?

Los otros empiezan a hablar de comida (más bien siguen hablando de comida: es la temática por excelencia de los sin tema), y así, de nuevo, se restablece el vínculo familiar.

Cuando salí del restaurante, sentí una gran compasión hacia el personal, los camareros y demás empleados que trabajan de cara al público, y que soportan a diario los resultados del consentimiento y la mala educación de los niños. Les invité a Valium, pero me dijeron que ya estaban en tratamiento.

Viva Chicago.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de enero de 2006