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Análisis:

Cuando ganó Ferlosio

La velada del Nadal, celebrada anoche en los salones del hotel Palace de Barcelona, se encargó de cerrar, como cada año, el ambiente literario de las fiestas navideñas con dos ganadores de prestigio. En castellano, Eduardo Lago, crítico literario y profesor de literatura en Nueva York, se llevó el Premio Nadal con su primera novela, Llámame Brooklyn, una historia intertextual de amor y de amistad ambientada en Nueva York, mientras que Marta Sanz fue finalista con la novela Susana y los viejos. En el ámbito de la literatura en catalán, el Premio Josep Pla fue para el escritor Lluís Maria Todó, autor de varias novelas en catalán y reconocido traductor de narrativa francesa.

Rafael Sánchez Ferlosio no ha cambiado tanto en los cincuenta años que van del día 6 de enero de 1956 en que ganó el Nadal con El Jarama hasta ayer mismo. Entonces era un joven flaquísimo, cuya nariz aguda era una roca entre sus ojos asustados. Ahora su sonrisa es más benéfica, como si su rabia estuviera ahora pendiente de otras voces, generalmente interiores. Ya entonces desdeñaba la fama que le otorgaba aquel libro. Hizo pocos aspavientos cuando supo que había ganado, y después siguió tratando de olvidarse de la dichosa novela. Hace cuatro años le dijo aquí a Arcadi Espada que la aborrece. Le gustó escribir los diálogos, dice, pero hubo un momento en que la novela parecía una losa bajo la que se iba a sepultar su nombre, su escritura, todo. Supo que había ganado al día siguiente de haber sido otorgado el premio; entonces los premios eran otra cosa, los autores no estaban tan avisados como actualmente, y en concreto a Ferlosio el fallo le halló durmiendo en Granada, con su mujer de entonces, Carmen Martín Gaite. Poco tiempo después a Miguel Delibes la misma noticia -ganó el Nadal con La sombra del ciprés es alargada, en 1948- le halló pendiente de los teletipos de su periódico, en Valladolid, para saber si su nombre era el agraciado. Ahora esas noticias corren como la pólvora y los autores ya van vestidos para el premio. Después de ganar, Ferlosio disminuyó todo lo que brillara, e incluso se sumergió en las tinieblas de su casa; corrió las cortinas, bajó las persianas, y en aquel encierro que interrumpía para ir a recluirse en el Café Gijón, abordó gramáticas, ensayos, artículos, se manifestó contra todo, e incluso arremetía, al salir de casa, contra los coches y contra los ruidos que perturbaban su indómita soledad. Renegó de la ficción, aunque salvara algunos libros de las estanterías de la novela, y se hizo un ensayista que usó el bastón contra los automóviles porque no podía utilizarlo contra la mediocridad de un mundo que hace cincuenta años también le obligaba a ocultar sus ojos asustados de la intemperie que le esperaba. Muchos años después, curado acaso del pavor que se hizo sólido con la fama de El Jarama, no pudo impedir que su colega Delibes escribiera este subrayado: "El Jarama se ha erigido en patrón de no pocos narradores que han ido apareciendo con posterioridad".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de enero de 2006