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Tribuna:

El uso político de la historia

En el largo y complejo artículo de Antonio Elorza La nación española, publicado en EL PAÍS el día 21 de noviembre, en el que se me alude, se hace un uso político de la historia que me parece preocupante. Pienso que deberíamos esforzarnos mucho más en divulgar una historia crítica que ayudase a entender la real naturaleza de los actuales debates identitarios hispánicos, a ser más exigentes y rigurosos ante la complejidad de los procesos históricos y a no manipular y esquematizar de forma interesada la historia. Hoy es innegable que los ciudadanos de España tenemos unos claros elementos de identidad histórica común, de historias compartidas, pero también que hay sentimientos identitarios diferentes, que incluso se afirman como nacionales. Ésta es la realidad social y cultural, guste o no guste. Ahora bien, creo que buena parte de los comentaristas políticos, como el propio Elorza, están cayendo en el error de mirar demasiado al pasado y muy poco al futuro. Me preocupa esa pérdida de la idea de futuro que hay en sus escritos, ese abandono de la necesidad perentoria de pensar en los futuros posibles. Encuentro unas reflexiones demasiado preocupadas por defender, y por inmovilizar, el presente. Y eso conduce, forzosamente, al obsesivo empeño de recrear el pasado en función de los intereses políticos de hoy, cosa peligrosa.

Con respecto a los debates sobre los sentimientos identitarios actuales debe señalarse un preocupante fenómeno. Hoy en Cataluña se percibe claramente una notable pluralidad de opiniones y de proyectos, tanto sobre el propio concepto de país como sobre su relación con España, en todas las fuerzas políticas, en la propia coalición gobernante de la Generalitat e incluso en el interior de la mayoría de los partidos. En cambio, no aprecio una pluralidad similar sobre las ideas identitarias y los proyectos sobre España entre los líderes de las formaciones políticas y los comentaristas españoles. Me preocupa especialmente el escaso esfuerzo que realizan las gentes de izquierdas de Madrid por construir un discurso sobre España, sus identidades y su futuro político que sea realmente diferente del de las derechas ¿Por qué será que ahí hay menos diversidad ideológica? Y ¿no es realmente paradójico que hoy en Barcelona se reflexione más sobre el futuro del Estado de las autonomías que en Madrid?

Hay que decirlo claramente: los progresistas españoles no han sabido, o no han querido, vertebrar y asumir intelectualmente el hecho de que en España haya amplios colectivos que consideran que su nación es Euskadi, Cataluña o Galicia. Han preferido mirar hacia otro lado, o considerarlo una desgracia, o incluso negar esa realidad. Algunos incluso se han enfrascado en sacralizar el pasado y participan en la absurda carrera esencialista de buscar el "nacimiento" de la nación española lo más lejos posible y por divulgar una idea de identidad nacional inmutable y superior. O participan en absurdas elucubraciones sobre si la Constitución de 1812 procede de la nación española, o al revés, que casi recuerda aquello del huevo o la gallina. Y están cometiendo el mismo error que sus predecesores del siglo XX, una centuria, reconozcámoslo, en la que hubo un exceso de esencialismos y desencuentros. Como escribió Javier Tusell, entonces en España "se elaboraron unas percepciones del otro construidas en paralelo, pero al mismo tiempo excluyentes". Y a eso contribuyeron por igual, es justo decirlo, todos los nacionalistas, los catalanes, los vascos, los gallegos y los españoles, incluso los que no se reconocen como tales nacionalistas, que eran y son muchos.

Realmente se ha hecho poco, por parte de los propios historiadores, para avanzar hacia un nuevo concepto de ciudadanía democrática que parta de un conocimiento crítico del pasado y contemple la existencia de identidades diversas como algo normal y compatible. Aún hay demasiados guardianes de la historia oficial. Parece que cuesta asumir aquello que afirmó, ya hace más de 30 años, Juan J. Linz, nada sospechoso de rojo-separatista, de que la historia de todos los nacionalismos hispánicos (el español, el catalán, el vasco y el gallego) es la historia de unos proyectos parcialmente fracasados, de fracasos recíprocos y compartidos. ¿Por qué no aceptar la evidencia de que nunca ninguno de ellos alcanzará sus máximos objetivos y de que además estamos en una situación de identidades plurales y cambiantes? Sólo hay que ver cómo han evolucionado en los últimos veinticinco años los sentimientos identitarios de los españoles; cómo, según las encuestas, se ha incrementado el peso de los que afirman tener sentimientos compartidos, han disminuido notablemente los sentimientos exclusivamente españoles y se han consolidado los sentimientos propios en la mayoría de las comunidades, y no sólo en Cataluña o el País Vasco. No hace mucho, Manuel Castells escribía: "Lo verdaderamente esencial en el mundo de las identidades vivas es que no sean excluyentes. La exclusión del otro es el principio del fundamentalismo y, por tanto, de la violencia". ¿Quién está hoy moralmente habilitado para decidir que Cataluña no es una nación, aunque la mayoría de los catalanes así lo piensen? ¿Debe persistir esa tradición nacionalista española de dictaminar "a la contra", en negativo, cuál es la identidad de una parte de los ciudadanos? El actual contencioso identitario español no encontrará su arreglo buscando legitimaciones, superioridades y dictámenes identitarios en la historia, y menos aún abusando de ella, sino asumiendo críticamente ese pasado, percibiendo la compleja realidad del presente y pensando y proyectando futuros de convivencia respetuosa y democrática.

Borja de Riquer Permanyer es catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de diciembre de 2005