Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:LA DICTADURA, 30 AÑOS DESPUÉS

Entre tirano y padre de la patria

La bibliografía sobre Franco, cuyo régimen dictatorial fue desde 1939 hasta 1975, se ha multiplicado en las últimas semanas. Desde libros de apología sobre el régimen franquista, que enlazan con obras de la posguerra, hasta conversaciones y cartas, pasando por aportaciones críticas con eses periodo o novedades historiográficas como la relación entre el general y el premier británico Churchill.

El día 11 de octubre de 1962, el embajador en Estados Unidos, Antonio Garrigues, dirigía a Franco una carta informándole de la campaña destinada a dar una imagen de España que fuera "real y verdadera y al mismo tiempo eficaz para la mentalidad dominante en aquel poderoso país". Con tal propósito, escribía el embajador, "frente a la idea de una República democrática, destruida por un levantamiento militar, presento la de una República dominada por el comunismo y vencida por un Movimiento Nacional"; frente a la idea, "aquí arraigadísima, de una dictadura de tipo totalitario, la de un leadership político que trata de conducir a España

[...] a una fórmula de libertad con orden". Trataría, en definitiva, concluye Garrigues, "de derribar el mito del dictador Franco para sustituirlo por el del padre de la patria y restaurador de las libertades públicas".

Viejos mitos, que repite hoy Pío Moa en su Franco. Un balance histórico. Convertido en el más correoso y pelmazo propagandista del régimen y de la persona de Franco, lo que escribe no es más que reiteración actualizada de lo que desde siempre han dicho los servidores de Franco y de su política: el general derrotó a la revolución, libró a España del comunismo y devolvió a los españoles la libertad. Es el esquema canónico de la propaganda cuyo origen se remonta a la primera biografía de Franco, escrita en 1937 por Joaquín Arrarás, con una salvedad: entonces el dictador presentaba expresamente su régimen dentro de "un amplio concepto totalitario". Cuando tal concepto sucumbió en 1945, la propaganda giró 180 grados para presentarlo como caudillo por la gracia de Dios y campeón de la libertad dentro del orden.

Fue cuando subieron al poder los católicos y, luego, los tecnócratas e inventaron la democracia orgánica. Tecnócratas: tal es la denominación que prefiere hoy Luis Suárez, en su Franco , para sustituir lo que en la edición de 1984 llamaba "opusdeístas" o "miembros del Opus Dei"· Si hace veinte años se refería a la "batalla entre azules y opusdeístas", ahora habla del "enfrentamiento entre azules y tecnócratas"; si antes detectaba la presencia en el Gobierno de "miembros del Opus Dei", ahora, aunque aclara que Castiella procedía de la "cantera de la ACN de P" (Asociación Católica Nacional de Propagandistas), se guarda mucho de informar sobre la cantera de la que vienen López Rodó, Ullastres o Navarro Rubio (compárese volumen VI, página 325 de la edición de 1984 con páginas 495 y 496 de la actual). De hecho, el sintagma latino "Opus Dei" y su derivado "opusdeísta" se evaporan en esta edición. Sin otra consecuencia que privar al lector de una clave fundamental para entender la España del desarrollo porque ni la visión de fondo, ni el entrañable fervor hacia la persona y la significación histórica del Caudillo -"hombre de afectos persistentes"- han cambiado nada.

Tampoco cambia la correspondencia que bajo el título Las cartas de Franco ofrece Jesús Palacios con un prólogo de Stanley Payne. Ambos saben que buena parte de estas cartas no era desconocida ni inédita, como se dice en el subtítulo y en el prólogo, pues el mismo Palacios las había publicado en otros libros suyos. Custodiadas en los archivos de la Fundación Francisco Franco, y reproducidas otras de las memorias de Sainz Rodríguez y de López Rodó, su interés no radica en su condición de inéditas sino en su contenido y en la diversa personalidad de los autores, como puede apreciarse por la del embajador Garrigues. Es lástima, sin embargo, que algunas de las notas introductorias estén plagadas de errores que afean el conjunto, como ocurre en la dirigida por José Antonio a Franco el 24 de septiembre de 1934.

Más que en las cartas, es en las Conversaciones donde está Franco todo entero y la única pena es que su primo Pacón, como era conocido, no comenzara a escribirlas hasta 1954 y se cansara de hacerlo a finales de 1970. En todo caso, es el momento en que se ha reconocido la verdad de España y Franco saborea las mieles del triunfo en el exterior y de su vitalicia jefatura en el interior. Si al embajador británico le había transmitido en 1943, días después de la caída de Mussolini, la sensación de hombre confiado en su propio futuro, poseído de sí mismo, ya se puede comprender que diez o doce años más tarde, Franco no necesitaba de ninguna propaganda para ser el primer convencido de su condición de padre de la patria y restaurador de las libertades, las de verdad, no las defendidas por aquellos liberales que abrieron las puertas al comunismo, como le dice a Pacón el 15 de marzo de 1965.

Entre militares

Una intimidad, la de Franco, vacía, expresión de un personaje mediocre aunque extraordinariamente dotado para el mando. Lo pone de manifiesto en sus relaciones con la institución que habría de ser durante cuarenta años la columna vertebral de su régimen, el Ejército. Alonso Baquer es reputado conocedor de sus entresijos y sabe quién es quien en su Estado Mayor General. Lo sabe y lo clasifica en Franco y sus generales : por antigüedad; por adscripción ideológica (monárquicos, católicos, falangistas); por la diferente posición ante el futuro: restauracionistas, instauracionistas. Este ejercicio taxonómico debía haber servido de estructura para su estudio, pero no es así, sino que a partir de la clasificación, lo mezcla todo y lo que prometía ser una exposición bien estructurada se convierte en un pequeño laberinto de informaciones superpuestas que vuelven algo fatigoso el recorrido.

Lo más grave es que nos quedamos casi en ayunas en un asunto de interés central para la pervivencia del régimen. Pues por más vueltas que se le dé, la larga duración del franquismo tiene todo que ver con su construcción sobre las amplias espaldas del Ejército y de la Iglesia. El episcopado en pleno y su brazo político, la Acción Católica, en 1945, el Opus Dei luego, en 1957, fueron decisivos para su consolidación. Y los militares, por su parte, no sólo se ocuparon de política exterior, de la Gobernación y de la política militar: administraron también la justicia del régimen y dirigieron hasta avanzados los años cincuenta su economía. Después, cuando a partir de la crisis de 1957 se "profesionalizaron", mantuvieron sin embargo amplias parcelas de "poder militar" y una indiscutida capacidad de veto. Habría sido estupendo haber indagado un poco en cómo, sobre qué cuestiones y con qué resultados se ejerció esa capacidad hasta su paulatino declive en los años de la transición.

Otro militar, que ya había publicado un libro dedicado a demostrar que Franco era incompetente para la guerra (¡pues menos mal!), vuelve ahora sobre sus pasos para presentarnos a un niño inseguro y vulgar, falto de afecto y comprensión, al que le falla la figura del padre, con pobre presencia física y voz aflautada. Tal cúmulo de desventuras provocó, nos dice Blanco Escolá, "la aparición del trastorno de la personalidad conocido por el nombre de psicopatía". La cual enfermedad explica el afán de notoriedad, la incoherencia, y "la seudología fantástica que afecta a los embusteros y a los farsantes patológicos": esto se llama construir al personaje a partir de los rasgos de una personalidad determinada por un trastorno mental llamado psicopatía.

¿Por ser un psicópata habría sido Franco, después de niño, conspirador? No parece deducirse tal cosa del retrato que dibuja en Franco. Historia de un conspirador José Luis Rodríguez, a quien debemos algunos estudios fundamentales sobre la extrema derecha en España. Franco aparece aquí como un auténtico manipulador: si la política fuese mera propaganda, escribe, Franco sería uno de los mayores genios de la historia. Valiente en la guerra colonial y efectivo en la civil, reservado y frío, escurridizo en la política, astuto aunque en alguna ocasión se mostrara menos cauto de lo que se cree. Ocurrió durante los años en que se sintió llamado a la gloria universal, sumándose al Nuevo Orden que Hitler y Mussolini imponían en Europa. Fue lo que Massimiliano Guderzo llamó, en Madrid e l'arte della diplomazia, la más completa investigación sobre España en la guerra mundial hasta hoy publicada, la grande tentazione dell'intervento.

Franco y Churchill

Tentación, y más que tentación, deseos exaltados de intervenir no le faltaron. Los gobiernos de Franco colaboraron con las potencias fascistas no sólo suministrando mercancías y ofreciendo puertos y avituallamientos, sino enviando la División Azul y convirtiendo España en paraíso de espías nazis. En algún momento, cuando Italia entró en guerra, España pasó de su benévola neutralidad a la no beligerancia, un estadio que Franco entendió como pórtico de una inmediata declaración de guerra. Pero si tal era la tentación y tan grande el deseo ¿por qué no dio el paso definitivo?

A los muchos debates suscitados por esta cuestión se suman hoy los dos únicos libros que en esta avalancha de publicaciones pueden presumir de investigaciones originales. En Churchill y Franco , Richard Wigg se centra sobre todo en la figura del embajador británico en misión especial en España, Samuel Hoare, autor por cierto de unas estupendas memorias con muy agudas observaciones sobre Franco. Con Franco frente a Churchill , Enrique Moradiellos, por su parte, escribe una especie de continuación de La pérfida Albión, el mejor estudio disponible sobre la política británica hacia España durante los años de la Guerra Civil. Ambos destacan el papel que la diplomacia británica jugó en su empeño por impedir que Franco cediera a la tentación de entrar en guerra. Política del palo y la zanahoria, dice Moradiellos, las amenazas de bloqueo del comercio atlántico por la armada británica habrían arrastrado consecuencias catastróficas para una población hambrienta y desesperada, como la española de 1940. Si a eso se añade que Hitler no mostró más que impaciencia ante las astronómicas compensaciones que Franco exigía como pago a su entrada en la guerra y el escaso beneficio que de tal entrada esperaba obtener, se explica que, por un golpe de la fortuna más que de la virtud, Franco pudiera capear el temporal en las aguas de la política internacional sin verse obligado a abandonar la nave.

Se mantuvo, en efecto, para gran consternación de algunos generales que no entendían la pasividad del Reino Unido ante su permanencia en el poder. En una dramática apelación dirigida a Churchill en el otoño de 1944 (reproducida por Wigg), el general Aranda calificaba al régimen como "tiranía que se oculta tras de la farsa y que es tan sólo la trágica caricatura del nazismo y del fascismo, aunque hoy lo nieguen sus beneficiarios por temor a participar en su mismo fin". Trágica caricatura, Franco consiguió presentarse como abanderado de la lucha contra el comunismo y por la defensa de la civilización cristiana occidental. El grueso de los generales y de los obispos españoles tuvieron mucho que ver en esta maniobra, pero Churchill y luego Attlee, sostenidos de inmediato por Truman, remataron la faena y Paquito pudo conversar durante años sin fin con Pacón riéndose para sus adentros de quienes le aborrecían como tirano o le exaltaban como padre de la patria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de noviembre de 2005