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¿Reconstruimos España?

Se supone que elegimos, y pagamos, a los políticos para resolver nuestros problemas, no para crearlos. Los políticos del momento han organizado ahora en España un drama mayor, al intentar una reforma constitucional por la puerta falsa. Proponen un Estatuto con el término "nación" y juegan con la confusión entre un concepto político que denota un agente soberano y un concepto sociológico que se refiere a un sentimiento de identidad; pero ellos mismos deshacen la confusión con un texto cuyo articulado, largo y meticuloso, expresa una voluntad soberana. El blindaje de competencias y la financiación por un sistema de concierto ponen en cuestión el equilibrio entre los diferentes territorios del país, y no pueden decidirse como un asunto bilateral entre el poder central y el poder local en cuestión. El conjunto altera sustancialmente el espíritu y la letra de los acuerdos constitucionales sobre los que se basa la democracia española desde hace más de veinticinco años. Puede aceptarse sólo si hay un nuevo pacto constitucional.

Se entiende que los nacionalistas den un paso así, dados sus objetivos; pero que les animen a darlo quienes dependen del voto del resto de los españoles sugiere en éstos un sentido deficiente de la realidad. No es que nuestros gobernantes sean incomprensibles. Son fáciles de comprender. Entienden el poder en términos de reparto y, habiendo ganado unas elecciones, tienen la sensación de que llegó el momento de volver a repartir las cartas. Repartir el poder político es normal, pero ya no lo es imaginar que da patente de corso para repartir el poder económico. Esto es una corruptela a la que nos tiene mal acostumbrados la clase política de todos los colores, y ya que se habla de ansias infinitas de paz y benevolencia, no estaría de más añadir un ansia infinita de decencia en respetar las reglas de juego de las instituciones económicas. Tampoco es normal creer que ganar el poder permite cambios en las reglas del juego político. No debería olvidarse que alterar las instituciones aprovechando la relación de fuerzas es pésimo a largo plazo para un país, para su funcionamiento y su reputación, y también, con frecuencia, para quienes lo intentan.

En este caso, estos políticos y sus aliados parecen creer que el mundo termina donde acaba el espacio de sus conciliábulos. Deberían tentarse la ropa y tener la sangre fría para ver que ellos están jugando en una mesa pero que la sala está atiborrada de público. Están ensimismados y no ven que hay otras quince Comunidades Autónomas (aparte de la vasca), con su orgullo y sus intereses propios. No ven que hay un país de españoles que se sienten españoles, probablemente un noventa por ciento del conjunto de la población; un detalle, sólo nueve décimas partes. Y acaban creyendo que a los españoles se les puede pastorear hacia los prados y praderas de su versión de lo correcto. Pero no conviene ser tan ciego. Este país, el de verdad, es un poco más arisco. Y aún tiene sentimientos sobre la unidad y la integridad territorial de España, y sobre la Constitución de 1978 como expresión y garante de esa unidad, que ya van aflorando desde el fondo, lo seguirán haciendo, e irán a más. Todavía no ha sido anestesiado a estos efectos por un sistema educativo sin rumbo y un espacio público contaminado por demasiado ruido. Al público, de repente se le han encendido las alertas, y empieza a enviar el mensaje de que no quiere una reforma constitucional subrepticia, aprovechando el reparto de las cartas. No quiere un adelantamiento en una curva, que puede terminar en desastre para todos. No quiere una salida negociada a empellones. No quiere ilusionados con la idea fija de resolver los problemas de España a su manera, que, mirando a las estrellas, se precipiten, y nos precipiten, en un pozo.

Si con las cosas de comer no se juega, para un partido político las cosas de comer son perder las elecciones y, peor aún, verse fuera del poder una generación. Esto puede convertirse en la pesadilla de un partido socialista que ve acortarse las distancias con su oponente, y cuyos propios votantes dan por supuesto que pagará un grave precio político por la deriva de los acontecimientos. Sí, se comprende que le hubiera gustado sacar a su oponente del espacio político, empujarle a cometer una imprudencia y convertirle en chivo expiatorio de todos los males del país. Pero no es por ahí por donde van las cosas. ¿Podrá nadar y guardar la ropa? Cuanto más tiempo pase, más oportunidades tiene el país de pararse a pensar y darse cuenta de la situación. No le convence un sistema por el que los nacionalistas catalanes y el segmento soberanista de los socialistas catalanes, al alimón, pretenden controlar Cataluña sin interferencia, y al tiempo ser la llave que decide quién gobierna en España. Es una asimetría indigerible por muchos españoles, y amañarla con frases de doble sentido no va a funcionar. Se quiere que lo que allí, en Barcelona, parezca enorme, aquí, en Madrid, parezca nimio. Es demasiado obvio.

¿Cabe forzar el ritmo y hacer los arreglos con premura mientras se arremete contra los adversarios? Cabe, pero el intento puede ser contraproducente. Forzar el ritmo es temerario cuando los sentimientos corren en la otra dirección y el público se está fijando ya en la letra pequeña. La rutina de descalificar al oponente y atribuirle intenciones nefastas se gasta por exceso de uso; une al partido y calienta su ánimo cuando se enfrenta a su rival, pero le sirve de poco para ganarse el electorado cuando éste le hace las preguntas difíciles. ¿Se podrá convertir a los españoles en perdices y marearles indefinidamente con palabras usadas como fórmulas mágicas o señuelos de caza? ¿Será eficaz la apelación a una España nación de naciones, confederal, plurinacional, multi-identitaria, supernovedosa, que medita en silencio la ausencia de su nombre y se funde en abrazos consigo misma? El empeño parece metafísico, cursi y un poco artero, porque mientras España desaparece como una nube en el cielo, las nuevas naciones y nacionalidades, arraigadas en la tierra, pretenden nutrirse con toda la energía cívica de sus miembros.

Hay algo muy razonable en querer reconstruir el país con los catalanes en el lugar de coprotagonismo que, como he repetido muchas veces, les corresponde y está proporcionado con su dinamismo y con su ejemplo; pero está claro quedesde arriba no saben hacerlo porque cuando no se demoran se precipitan, y distorsionan los problemas. Una larga conversación sobre la España plural y diversa no es un debate dominado por los líderes políticos y los agentes mediáticos con la urgencia de ganar la mano en la partida de turno, ni el de unos intelectuales haciendo florilegios. Así nunca se ha construido un país, y menos éste. Desgraciadamente, el tiempo ha demostrado que una parte de nuestras élites políticas y culturales es demasiado localista y está obsesa por el corto plazo, empeñada en ver los conflictos como juegos de suma cero en los que si uno gana es porque el otro pierde, y demasiado enconada para tener magnanimidad y paciencia, unos con otros. Se tratan mal. Quizá es que aman a sus adversarios como a sí mismos, y porque a sí mismos se aman poco, odian mucho. Transmiten estos sentimientos a la ciudadanía, amplifican sus desconfianzas y ofuscan su juicio. Ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Para evitar males mayores, los ciudadanos de a pie podemos hacer dos cosas, una con los políticos y otra entre nosotros. A los políticos, hay que enviarles el mensaje rotundo, alto y claro de que no queremos que se rompa el país, ni la trama de sus intereses ni la de sus sentimientos, y recordarles que no somos sus súbditos sino sus iguales y que les podemos echar y les echaremos de sus cargos si se empeñan. Esto lo entienden; y quizá algunos se vuelvan más prudentes, y se impliquen en un proceso de convergencia de expectativas hacia una solución minimalista.

Entre nosotros, hay que hacerse a la idea de que la España que queramos tener, si queremos alguna, la haremos en la economía, la sociedad, la vida cotidiana y las conversaciones entre millones de voces, multiplicando los tratos y los encuentros. No estará de más que en éstos nos dejemos guiar por la razón y nos hagamos muchas preguntas con un poco de calma. (Por ejemplo: ¿hasta qué punto nos hace falta tener un Estado español operativo en los tiempos que corren?, ¿nos interesa impulsar la desmembración interna de la Unión Europea con la primera fragmentación de uno de sus Estados miembros? ¿Cómo podemos convertir nuestra diversidad en motivo de estímulo para todos, y no de inquietud?) Estas cosas llevarán su tiempo, pero no tenemos alternativa. No hay atajos para ese camino. A lo mejor, al final, descubrimos que no tenemos que cambiar mucho nuestras instituciones; y en cambio sí tenemos que cambiar, y mucho, la forma de usarlas.

Víctor Pérez-Díaz es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 17 de octubre de 2005.

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