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LOS PROBLEMAS DE LOS INMIGRANTES

Diario de un viaje a la frontera

La vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, se desplazó esta semana a Ceuta y Melilla. Durante los dos días de visita, inspeccionó las alambradas que intentan saltar los inmigrantes y los centros de acogida donde reposan los que lo consiguieron. Con las impresiones del viaje ha confeccionado un diario que se reproduce a continuación.

- Melilla. 5 de octubre. 23.40. Perímetro fronterizo entre el Barrio Chino y Rostrogordo, donde se han producido las avalanchas de los últimos días.

Ha transcurrido apenas media hora desde mi llegada al aeropuerto de Melilla. Me traslado hasta el perímetro fronterizo. Comparto unos bocadillos con miembros de la Guardia Civil y de las Fuerzas Armadas en una tienda de campaña, poco antes de entrar en el pasillo que conforman las dos vallas metálicas y que marcan el perímetro fronterizo que separa el Reino de Marruecos del Reino de España. La primera sensación que se respira al traspasar la alambrada es de una cierta calma tensa.

Al otro lado todo es oscuridad; a izquierda y derecha se pueden ver algunas fogatas esparcidas longitudinalmente a lo largo de la frontera. Soldados marroquíes, de los que esporádicamente llegan algunas voces atenuadas, permanecen alrededor del fuego. Nuestros soldados patrullan en silencio.

Frente a nosotros, una gran casa de estilo árabe mantiene las luces de lo que podría ser una habitación encendida. El resto, puertas y ventanas permanecen totalmente cerradas. Minutos antes, una niña pequeña se había asomado a la puerta principal con el desparpajo y la curiosidad propios de los niños; una mano invisible cerraba suave y rápidamente la puerta. Miro más detenidamente y compruebo que hay otras casas de planta baja diseminadas a uno y otro lado de la frontera. Entre unas y otras crece una vegetación característica de monte bajo. La sensación de que hay ojos que nos observan es muy fuerte.

- Melilla. 6 de octubre. 0.15. El general Miguel Largo, acompañado de los mandos del ejercito y de la Guardia civil nos detallan a la secretaria de Estado de Inmigración, Consuelo Rumí, y a mí misma, las obras de recrecida de la valla hasta los 6 metros de altura y cómo las personas que intentan cruzar a este lado de la frontera son capaces de saltarla llegando incluso a derribarla en apenas unos minutos. Sobrecoge pensar que 6 metros de altura por 3 de ancho es para ellos la línea divisoria entre la vida y la muerte.

Nos desplazamos hasta Rostrogordo, donde la noche anterior se produjeron las últimas avalanchas. El coronel Aguilera y el comandante Llamas nos acompañan. Ha bajado notablemente la temperatura y éste último me presta amablemente su anorak. En el trayecto se ven rudimentarias escaleras de madera apiladas unas sobre otras a la derecha del camino. Son las que emplean los subsaharianos para intentar saltar la valla y ahora yacen en el suelo apiladas por nuestros soldados lejos de las alambradas, configurando extrañas formas.

El pasillo fronterizo perfectamente iluminado y asfaltado se convierte en una extensa línea recta con tramos de grandes cuestas que serpentean el camino. El ruido de los motores del helicóptero que sobrevuela la zona, por incesante se convierte en familiar. A pesar de la perfecta iluminación se acrecienta la sensación de oscuridad del otro lado. La tranquilidad es total. Nuestros efectivos transmiten plena seguridad. No me cabe la menor duda de que estamos en las buenas manos.

A medida que nos acercamos a Rostrogordo las casitas del lado marroquí desaparecen y todo es matorral y bosque bajo que terminan de manera abrupta en el barranco de Aguadú. Un precipicio de unos cien metros de altura sobre el mar. A pesar de la oscuridad, al fondo, en las orillas se distingue la luz de unas linternas en movimiento. Con los prismáticos de visión nocturna se aprecia perfectamente que son patrullas del ejercito marroquí. El barranco de Aguadú, es el lugar por el que normalmente intentan atravesar las mujeres y especialmente las que están embarazadas cuando la marea está baja.

- Melilla. 6 de octubre. 11.30. A primera hora de la mañana, antes de trasladarme al centro de acogida de inmigrantes de Melilla, he mantenido una reunión con las ONG que trabajan desde hace muchos años en la zona. Mayoritariamente compartimos un diagnostico común: hay que garantizar la seguridad de nuestras fronteras, sí, pero hay que garantizar un trato humanitario y digno a los seres humanos que parten de sus casas buscando un futuro mejor para ellos y sus familias.

Tras la reunión partimos hacia el centro de acogida. Multitud de cámaras fotográficas y de televisión esperan en la entrada del recinto. También lo hacen un grupo de inmigrantes que esperan turno para ducharse. Converso con alguno de ellos en francés, la mayoría proviene de Malí, la sequía y la plaga de langosta han endurecido mucho las ya de por sí duras condiciones de vida de este pequeño país de la llamada región del sahel.

- Ceuta. 6 de octubre. 15.30. Nos desplazamos de Melilla a Ceuta. Al llegar a la ciudad autónoma recibimos la bienvenida de su presidente Juan José Vivas y los portavoces de los grupos municipales. Nos trasladamos directamente a la frontera. El general Gómez Hortigüela me informa sobre el terreno del despliegue táctico de nuestros efectivos.

El terreno resulta mucho más escarpado que el de Melilla. El perímetro fronterizo está rodeado de colinas sin apenas vegetación. Arriba, en las cimas, se divisan puestos de vigilancia. Allí donde las laderas se van haciendo más suaves y muy próximo a las alambradas los soldados marroquíes desbrozan una zona de cañaverales que protegían el descenso de los que pretendían cruzar la frontera.

Nos desplazamos entre las dos alambradas por el perímetro fronterizo a lo largo de 8 kilómetros hasta llegar al centro de estancia Temporal de inmigrantes. En el recorrido tengo oportunidad de comprobar el buen hacer y la profesionalidad de los hombres y mujeres que protegen nuestras fronteras.

- Ceuta. 6 de octubre. 16.40. 702 hombres, mujeres y niños viven en el centro de acogida de Ceuta, calificado por la UE como ejemplo a seguir porque no sólo cumple labores propias de la acogida sino que extiende su actividad a la formación y la integración de los inmigrantes. Todo está limpio y aseado. Las coladas de ropa se orean al sol. Se percibe un cierto sosiego en el ambiente, que no oculta un profundo halo de tristeza, probablemente el que siempre acompaña a la incertidumbre.

En el pequeño hospital del centro, sigo con atención las explicaciones de Sergio González, médico que ha dedicado buena parte de su vida a los inmigrantes. Sin olvidar una sonrisa siempre amable se dirige con toda familiaridad a los enfermos, al tiempo que va desgranando el tipo de dolencias más frecuentes y el estado de salud y de ánimo en el que se encuentran los que han llegado en peores condiciones físicas. En su persona podemos ver reflejados a todos los trabajadores sociales, los cooperantes, los voluntarios, los representantes de las ONG. Miles de personas que desde el anonimato dan lo mejor de sí mismos para que otros vivan un poco mejor. A todos les debemos nuestro reconocimiento y sobre todo nuestro especial y más sincero agradecimiento. Reconforta saber que hay hombres y mujeres como ellos.

- Ceuta. 6 de octubre. 17.30. Hay miradas que por decirlo todo se quedan prendidas para siempre no sólo en la tuya propia, sino también en lo más profundo del corazón. Y es precisamente así, desde la doble mirada, como hay que acercarse al problema. Desde la razón y desde el corazón. Reconozco que no siempre es fácil combinar ambas, pero los problemas complejos requieren de soluciones también complejas.

Es precisa la razón para entender que debemos garantizar nuestra seguridad. Es necesaria para darnos cuenta de que hay que canalizar el fenómeno de la inmigración de una manera legal y ordenada. Hace falta para comprender que las soluciones hay que buscarlas desde la cooperación entre todos y de todos a nivel internacional. Pero también resulta imprescindible la sensibilidad para no olvidar nunca que los rostros que nos miran desde detrás de las vallas, los ojos que nos ven a través de las alambradas son los de seres humanos que luchan cada día por sobrevivir; seres humanos que caminan semanas y meses buscando un futuro, seres humanos que en muchos casos caen en manos de las mafias. En fin, seres humanos a los que no podemos abandonar a su suerte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de octubre de 2005