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Reportaje:

Madrid encuentra su Soho

Las galerías se agrupan por distritos para proponer al gran público paseos por el arte contemporáneo

Según Juana de Aizpuru, todo está inventado, y Madrid no es Nueva York ni tiene el glamour o la potencia de Londres. "Aunque tampoco hace falta comparar". Madrid juega otra liga, pero su circuito de arte contemporáneo ha crecido, ha madurado y vive su mejor momento. Una prueba es su unidad (impensable hace unos años, cuando la tarta era escasa) en la asociación ArteMadrid. Pero hay otras. Hoy 18 galerías del Distrito 4 inauguran sus exposiciones al mismo tiempo; mañana les imitan las salas de los códigos postales 28012 y 28014. "No vamos a convertirnos en el Soho madrileño, ya lo somos", dice Oliva Arauna. "Parece que España se ha abierto por fin al arte contemporáneo internacional", subraya el artista suizo Daniele Buetti.

Los paseos que proponen las iniciativas 28004 y 28012 y 28014 ofrecen una mirada plural y pujante al arte contemporáneo: hay clásicos como Esteban Vicente (en Elvira González), emergentes españoles como Alicia Martín, los hermanos Fernando y Vicente Roscubas, Jordi Colomer o Fernando Mastretta...; de fuera como Silvia Gruner, Patricio Reig, Eva Bensasson o Angus Fairhurst; soportes de última moda (vídeo, plasma, instalaciones con neones o poliuretano -el aislante de las construcciones-), y nuevas tendencias en pintura y escultura.

Por un lado, las galerías del código postal 28004 (metidas en la cuadrícula que forman las calles Génova, Prim, Fuencarral y paseo de Recoletos, que roza la zona donde están dos de las galerías más potentes de la ciudad, Soledad Lorenzo y Marlborough) y, por el otro, las salas cercanas al Museo Reina Sofía se han unido en dos grupos para esta idea que, como recuerda Juana de Aizpuru, se hizo ya "en sitios más pequeños, como Colonia, y también en este mismo barrio, pero sin promoción".

La inauguración conjunta en el 4, desde las 20.00 hasta la medianoche de hoy, aspira a convertir el Soho madrileño en una referencia para el gran público; las salas participantes (Carmen de la Calle, Distrito 4, Elvira González, Fúcares, Almirante, Arnés y Röpke, Hein-rich Ehrhardt, Joan Gaspar, Juana de Aizpuru, La Caja Negra, Magda Belotti, Max Estrella, Moriarty, Oliva Arauna, Sen, Trama, Travesía 4 y Vacío 9) reúnen más de 3.000 metros cuadrados de exposición. La misma iniciativa acogerán mañana las galerías del eje de Atocha, comandadas por Helga de Alvear, que ahora mismo expone Miradas y conceptos en la colección Helga de Alvear en el MEIAC de Badajoz, con 117 obras de 69 artistas.

Oliva Arauna muestra los últimos trabajos, Subjetivos, de Alicia Martín (Madrid, 1964), una artista obsesionada con los libros, quizá, sugiere Arauna, en venganza por su dislexia. Según la galerista, se trata de dar un aire festivo al inicio de temporada y de llamar la atención sobre el oficio: "No tenemos apoyo institucional y somos los auténticos mecenas de los artistas jóvenes: si funcionan, hay dinero para todos; si no funcionan, puro mecenazgo".

Optimismo

Arauna no cree que los galeristas sean un colectivo especialmente llorón. "Los del cine se quejan más, y los del libro y la música. Pero sólo con el coleccionismo privado no podemos aguantar; necesitamos que los museos públicos nos compren más obra".

Pese a todo, la opinión generalizada es muy optimista: corren buenos tiempos para el sector, tiempos de unidad gremial, internacionalización, competencia sana, riesgo y madurez. Todo eso modera la angustia habitual de los intermediarios entre los artistas y el público. Al menos, Norberto Dotor, de Fúcares, que muestra esculturas en madera y dibujos de Rui Sanches (Lisboa, 1954), está feliz: "Espero que el proyecto tenga continuidad porque el diálogo entre nosotros es estupendo y así tenemos más capacidad de convocatoria y ayudamos a que la gente pierda el miedo a entrar en las galerías".

"Los galeristas estamos encantados de que la gente entre y pregunte aunque no compre", agrega Arauna, "esos paseantes que se interesan genuinamente son los coleccionistas del futuro".

¿Pero tiene España coleccionistas para todos? Juana de Aizpuru, una de las míticas, que estos días presenta una serie de fotos tomadas por Jordi Colomer en Yemen, lo matiza así: "No tenemos compradores famosos, como un Saatchi, desde luego, ni una Tate que nos compre 50 o 100 obras de golpe, pero se nota el trabajo que hemos hecho año a año y eso produce una gran satisfacción. El coleccionismo de los ochenta fue fugaz, producto del pelotazo, y desapareció del todo. A mediados de los noventa nació otro, muy distinto. Aquél era de gente de mucho dinero que trataba de darse caché de intelectual; éste es más serio y más importante, con características del gran coleccionismo: entusiasmo, pasión, viajes a las mejores ferias... Son profesionales que pueden renunciar a comprarse un coche por comprar una pieza que les guste".

Lola Moriarty (que exhibe las inquietantes fotografías de la artista londinense Bensasson), 20 años al frente de una galería en la que se consolidaron gente como Alberto García Alix o Chema Madoz, está de acuerdo: "Son compradores más arriesgados, gente que apuesta por nuevos formatos como el vídeo y la foto. En general, el panorama de esta vocación casi sacerdotal ha mejorado bastante: hay una visión mucho más universal".

Quizá como consecuencia de la incorporación de galeristas más jóvenes, como Damián Casado, quien con tres socios más abrió hace tres años la sala Distrito 4. Su artista, el suizo Daniele Buetti -espectacular su colección de fotos unidas por un gran pulpo de poliuretano-, coincide plenamente: "Desgraciadamente, por culpa de su historia, han tardado; pero hoy la efervescencia del arte contemporáneo se nota en el ambiente".

"Esa nueva visión hacia el exterior ha propiciado además que la nueva generación de artistas tenga una mirada más personal que antes; ahora hay mucha más creatividad", añade Heinrich Ehrhardt, galerista alemán que lleva aquí desde 1980.

Un ejemplo es Fernando Mastretta (Barcelona, 1962), hermano del músico Nacho Mastretta, que ahora presenta sus últimos óleos, coloristas y seductores, en la galería de Ehrhardt: "Hubo un parón gigantesco en los noventa", dice Mastretta, "pero las generaciones más jóvenes están irrumpiendo con mucha fuerza". "Hay gente trabajando entre Berlín y Madrid, entre Barcelona y Nueva York. Es un toma y daca que beneficia a todos", concluye Damián Casado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de septiembre de 2005