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Entrevista:AVENTURERAS: ANNA TRAVESET

Amar el riesgo

Recolectar excrementos de osos en Alaska, pelearse con alacranes y garrapatas o vigilar que las serpientes no se colaran en su cama han sido tareas implícitas en los trabajos de campo de la bióloga Anna Traveset. Pero en alguna ocasión la aventura pasó a mayores y temió por su vida.

Una cosa tuvo clara Anna Traveset desde jovencita: que le gustaban los animales, los viajes y las aventuras. De lo primero tuvo mucha culpa su padre, que la llevaba a buscar setas por el bosque y era fiel seguidor de los programas de Félix Rodríguez de la Fuente, con los que ella también se enganchó a la naturaleza, que, por otra parte, rozaba la puerta de su casa de Organya, un pueblito del Pirineo leridano del Alto Urgell. Lo de los viajes y la aventura no sabe bien de dónde le viene, pero lo cierto es que han sido una constante en la vida de esta catalana que decidió unir sus tres pasiones en la biología.

Así que Traveset tiene un itinerario profesional rico en trabajos de campo por tierras exóticas donde la aventura era previsible, y un buen puñado de viajes particulares que tampoco han esquivado los riesgos. Nada extraño cuando se hace el viaje de novios a Borneo, "queríamos ir a Papúa-Nueva Guinea, pero al final nos asustaron un poco". O cuando, pura casualidad, se vive en directo la entrada del comandante Marcos y su guerrilla zapatista en Chiapas (México), lo que significó dos días retenida, sin poderse mover del lugar, y con la carretera cortada. "Nos dijeron que estábamos sitiados y que no saliéramos del hotel, porque aquello era una revolución. Yo pensé que el ejército podía entrar a saco y no dejar nada del pueblo… Hablé con Marcos, que entonces era sólo un guerrillero desconocido, pero impresionaba lo tapado que iba. Cuando en el avión de vuelta a España vi en la portada del periódico su foto exclamé: '¡Pero si es él!".

Traveset confiesa que, ya desde el bachillerato y después de ver alguna película de reporteros de guerra, quería hacer en la vida algo que conllevase riesgo. Sus amigas preferían estudiar cerca de casa, no alejarse mucho de la familia, pero ella prefería volar lejos. Por eso no sorprende que uno de sus mitos sea la famosa primatóloga Dianne Fossey, que dio a conocer al mundo los gorilas de montaña que viven entre Ruanda, Uganda y la República Democrática del Congo. "Siempre me ha parecido una figura muy atractiva aunque a última hora se volvió excesivamente dura", y que ahora sueñe con África. "Me encantaría hacer trabajo de campo en Uganda, Kenia o Tanzania; también en Madagascar. Si me pusieran un proyecto sobre la mesa, ahora mismo me iría a trabajar con los lémures. Claro que me iría a la Luna si me dijeran: súbete a este cohete, la aventura siempre me ha atraído mucho".

Pero no conviene equivocarse con las tendencias aventureras de esta bióloga de 43 años, casada y con dos hijos, responsable del Laboratorio de Ecología Terrestre del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA) de Mallorca, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), especializada en la interacción planta-animal. En su currículo figuran más de 50 publicaciones en revistas de impacto internacional -aparecidas en el SCI-, una decena de monografías o libros y la participación en más de una docena de proyectos de I+D nacionales e internacionales.

Creo que su pasión por la ecología le llegó de la mano del histórico Ramón Margalef, a quien tuvo de profesor.

Con Margalef decidí que quería hacer ecología, estudiar los seres vivos en su ambiente. Además de un magnífico ecólogo, era una bellísima persona, siempre dispuesto a ayudar. Gracias a él pude llegar a Estados Unidos, me hizo una carta de recomendación con la que me admitieron en la Universidad de Pensilvania (Filadelfia). Así que en 1985 di el salto a EE UU.

No está mal para empezar a alejarse de los Pirineos…

Fue un choque cultural bastante grande. Sabía inglés, pero tuve que hacer un curso intensivo y pude entrar en el equipo de Daniel Janzen, un ecólogo tropical muy conocido, como asistente de investigación de su laboratorio. No me gustaba nada Filadelfia, entonces era una ciudad peligrosa, fea y sucia. La universidad está en uno de los barrios más inseguros y te arriesgabas bastante todos los días. Eso sí que era peligroso, me atracaron pistola en mano… Así que yo quería marcharme y, después de hacer un curso de ecología tropical con Janzen y ver los proyectos en los que participaba, la riqueza de especies de insectos y plantas, cuando me ofreció ir a trabajar con él a Costa Rica no me lo pensé. Decidí hacer la tesis doctoral allí.

Y así empezaron sus aventuras…

Vivíamos en el parque nacional de Santa Rosa, en el noroeste de Costa Rica, a 30 kilómetros de Nicaragua, donde había muchísimas tortugas y también jaguares, aunque yo no llegué a ver ninguno, sólo las huellas… El primer año estuve viviendo con primatólogos de Canadá, Estados Unidos y Australia, y también pasaba por allí la gente de National Geographic, pero no fue fácil. Éramos varios los estudiantes contratados por Janzen para trabajar en un proyecto de dinámica de poblaciones de roedores, y la verdad es que fue bastante duro. Durante muchos meses del año nos levantábamos a las seis de la mañana, íbamos a poner trampas en el bosque y había que revisarlas al amanecer porque, si no, los animales se morían de calor. Medíamos plántulas en el bosque, revisábamos cientos de orugas, huevos, toda la fase de la mariposa, y también interveníamos en la captura de los animales, los tatuábamos en las orejas (les poníamos unos puntos para distinguirlos). Había una sala llena de bolsas de plástico donde crecían las orugas de las mariposas, allí pupaban y teníamos que revisarlas cada día para anotar las que emergían. Una vez emergidas las mariposas, las teníamos que clavar, y aprendí a clavarlas muy bien, las alas tenían que quedar muy simétricas, y eso llevaba mucho tiempo…

Pues parece un trabajo muy agobiante y poco excitante. ¿Le quedaba tiempo para algo más, su tesis doctoral, por ejemplo?

En los ratos libres… Escogí para mi tesis la competencia entre insectos que depredan semillas, de la familia de los brúquidos, que son escarabajos especializados en comer semillas. En España también tenemos brúquidos, pero la riqueza está en los trópicos, y en el bosque tropical seco donde estábamos había varios miles de especies. Seleccioné un sistema para examinar cómo se repartían el recurso estas especies, y elegí la planta Acacia farnesiana, que tiene tres especies de escarabajos.

¿Por qué escogió los escarabajos?

Muchos de los estudios de Janzen examinaban la depredación y dispersión de semillas, y ese tema me atrajo desde el principio. Y criar estos escarabajos -tienen sólo tres o cuatro milímetros de largo- me parecía fácil y muy interesante. La Acacia farnesiana es una gramínea de África que se introdujo en Costa Rica para pasto y vive en los jaraguales, y allí empieza el peligro… Hay peligro porque en los jaraguales hay serpientes, algunas venenosas; por eso tienes que ir siempre con polainas de cuero, son obligadas. Una vez me encontré una serpiente coral en la habitación.

¿Y qué hizo?

Fue en mi primer año y desperté a todos los de la casa… Entre varios la sacamos, la metimos en una bolsa y al día siguiente la llevamos lejos. Allí no teníamos luz, íbamos siempre con las linternas y, al entrar en la habitación, lo primero que hacíamos era examinarlo todo, y vi la coral encima de la mosquitera. También teníamos que revisar siempre la ropa por los alacranes. Dejábamos los pantalones colgados en un clavo y no había que olvidarse de sacudirlos al ponértelos. Un par de veces que lo olvidé tenían alacranes dentro y me picaron. No son venenosos, pero sus picaduras, muy dolorosas, me dejaron la pierna hecha polvo. Es inolvidable, todavía puedo recordar el dolor… Después estaban las famosas hormigas guerreras, que entraban y salían de la habitación, la atravesaban arrastrando cucarachas, ratones… Se llevan todo lo que encuentran por delante, y tú no puedes hacer nada. Y las garrapatas, que son muy abundantes en Costa Rica y viven también en la jaragua. Están en las partes altas de la hierba y cuando vas caminando se te pegan en la ropa. Les gustan sitios como las ingles o las axilas, y cada noche teníamos que revisarnos de pies a cabeza, sobre todo en la estación seca, y quitarnos las garrapatas con unas pinzas. Algunas se metían entre el pelo y era bastante desagradable.

No parece fácil vivir en un parque natural, aunque supongo que para una bióloga será el paraíso.

Vivíamos en medio del bosque, lo que es estupendo para tomar datos, no necesitas pasarte una hora en el coche, vas a todas partes andando. Las viviendas entonces eran muy rudimentarias. La primera vez estuve un año, luego volví a EE UU para ahorrar y poder volver a Costa Rica, que afortunadamente es barato, aunque todos los días comíamos gallo pinto (arroz blanco hervido y frijoles con un poco de pollo o carne mechada) y tortillas de maíz para desayunar, comer y cenar. Era un poco cansado, pero, aunque no existían sábados ni domingos, yo era feliz. No se me olvidará una frase de Janzen un día que estábamos trabajando en el campo y sugerí que hiciéramos un alto para comer: "Un biólogo no puede tener hambre". Así que nunca más volví a decir nada… Entonces yo tenía 23 años y estoy muy orgullosa de haber pasado bien por todo aquello.

Supongo que la segunda vez sería más fácil, la experiencia siempre ayuda.

La segunda vez estuve nueve meses, y la casa de los investigadores, en la que sólo había literas para ocho personas, estaba llena, así que tuve que quedarme en una caseta que llamaban la ratonera. No había ratas, pero eran cuatro paredes y un camastro, no había cristales en las ventanas, sólo una tela… Lo primero que ponías era la mosquitera, que te protegía un poco de todo, pero allí entraban los garrobos, que son como iguanas, y las urracas, que en cuanto te descuidabas te robaban las galletas del desayuno… Y en la casa no se metían, pero por los alrededores siempre estaban los monos cariblancos, que son un poco agresivos, van en grupos y te tiran piedras o ramas. No era cómodo, pero me conciencié de que vivía en su hábitat…

Creo que, además de animales entrometidos y molestos, también había tiros en medio de la noche…

Eso, afortunadamente, no pasó de un susto enorme. Vivíamos casi en la frontera, muy cerca de Nicaragua, y cuando un día oímos tiros en medio de la noche, todos pensamos que era la guerrilla, así que corrimos para escondernos, pero enseguida se aclararon las cosas. Era un grupo de guardias que venían a trabajar al parque y que tenían que haber llegado al mediodía, pero lo hicieron a medianoche totalmente borrachos, y no se les ocurrió otra cosa que empezar a pegar tiros.

¿Descubrió algo con sus escarabajos?

La principal conclusión de la tesis fue que el triángulo constituido por la planta, los dispersores y los depredadores de semillas es poco determinista, al estar cada componente afectado por diversos factores físicos y biológicos. Por tanto, los cambios que se producen en las poblaciones de estos insectos no pueden predecirse sólo a partir de los cambios en las poblaciones de dispersores, como se había hecho en estudios previos.

Y entonces dio por terminada su experiencia americana y se volvió a España.

Tenía 27 años y deseaba volver a España, pero también quería seguir trabajando en la misma línea. Había conocido al ecólogo Carlos Herrera y a Pedro Jordano, que estaban en Doñana, y me animaron muchísimo para que volviera. Así que pedí una beca de reinserción de tres años y me fui a Sevilla. Y trabajar en Doñana, dentro de la unidad de ecología, fue muy estimulante. Al venir de Costa Rica, de un bosque tropical de una diversidad brutal, pensaba que en España iba a aburrirme mucho, porque la diversidad es menor y los animales están más perturbados, pero entonces trabajábamos en Cazorla y veía muchísima fauna -cabras, ciervos, garduñas, zorros, muflones-, y una enorme riqueza de flora. Nunca he sido miedica, y me gustaba estar sola en medio del bosque mediterráneo, pero en Cazorla se pasaba algún susto. En la época de la berrea del ciervo me tocó estar sola en la casa de Cazorla y una noche los animales empezaron a golpear la puerta de hierro del garaje, eran unos golpazos tremendos, imponían…

¿Qué hacía en Cazorla?

En Costa Rica había estudiado la interacción planta-animal, pero desde el punto de vista animal, las relaciones de competencia con los insectos, casi no estudié plantas. Y en Cazorla estudiaba la relación planta-animal, pero desde la perspectiva de cómo influyen los animales en la reproducción de las plantas, estudios de polinización, de dispersión de semillas. Trabajábamos con dos especies de plantas, una la cornicabra (Pistacia terebinthus), un arbusto / árbol común en el bosque mediterráneo del que existía muy poca información. Esta especie presenta un fenómeno denominado partenocarpia que consiste en la producción de frutos vacíos, sin semillas viables, y que no es fácil de explicar desde el punto de vista evolutivo. Un fenómeno por el que ya estaba intrigado Darwin.

¿Y encontraron algo nuevo?

Encontramos una correlación negativa entre el número de frutos partenocárpicos y el número de semillas atacadas por avispas, por lo que sugerimos que estos frutos vacíos podrían tener una función reductora de la depredación de las semillas. Cuando publicamos el resultado, fue reseñado por la revista Nature como un hallazgo interesante. Es un tema apasionante, el de la dispersión de semillas, en el que sigo trabajando actualmente.

Pero dio otro salto, bastante significativo para una bióloga, trasladarse a una isla…

Después de dos años en Cazorla me apetecía montar un equipo en otro centro, y en Mallorca existía este nuevo, así que me vine a Baleares. Yo veía bastante crudo sacar una plaza en el CSIC, pero siempre pienso que quien la sigue la consigue, creo que la constancia y la perseverancia heredadas de mi madre me han servido de mucho. En 1994 saqué la plaza en propiedad y me quedé en Mallorca.

Y empezó a trabajar en Cabrera, una isla pequeña y con un singular parque nacional.

Pero antes de irme a Cabrera pasé por Alaska… En un congreso había conocido a Mary Wilson -una científica estadounidense muy buena que también trabaja en la relación planta-animal-, que vivía en Alaska. Me vio activa y un poco aventurera, y en el verano de 1993 me invitó a trabajar con ella en Alaska. Entonces no tenía hijos y lo podía hacer. Ahora los tengo -de siete y cuatro años- porque tenía muy claro que no quería perderme ser madre, y estoy muy feliz aunque tenga que olvidarme de algunas cosas. Es muy duro volver de un viaje y que tu hija te diga: "Mamá, no quiero que te vayas más", así que renuncias a viajes, a experiencias…

¿Qué hizo en Alaska?

Fue algo fantástico. Estaba en el mismo Juneau, la capital de Alaska, una ciudad de menos de 30.000 habitantes, donde en verano la gente vive fuera de casa, y todos los días, al terminar la jornada de trabajo, se va a pescar salmones… Pesqué algunos estupendos. Y Wilson quería estudiar, en el Forestry Sciencies Laboratory, donde trabajaba, qué especies de plantas son consumidas y dispersadas por los grandes carnívoros, los osos, porque muchos dispersan de forma eficiente semillas de plantas que comen. Y uno de los experimentos era ver si la ingestión de los frutos podía afectar a la germinación de las semillas. Para comprobarlo, una de las posibilidades era recoger excrementos de osos, pero llevaba mucho tiempo y no era fácil encontrar semillas suficientes de cada especie…

Se dedicó a recoger excrementos de oso…

Ja, ja. Sí, pero me fui al zoo de Anchorage, que tienen osos pardos y negros, con una nevera y un montón de frutos de todas las especies… Durante una semana se los di a comer cada día, y luego recogía los excrementos. La verdadera aventura fue cuando tuve que volver con los excrementos en avión y apestaban, porque los osos comen también mucho pescado y, aunque lo llevaba en bolsas bien cerradas, de varios kilos, al subir al avión la azafata me advirtió que mi salmón olía muy mal… Afortunadamente iban muchos pasajeros con cajas de salmón, y eso me permitió pasar el cargamento. A la vuelta tuve que lavar las cacas, sacar las semillas, plantarlas y controlarlas. Los osos tienen un papel muy importante en la dispersión de semillas de especies con frutos carnosos, que también son dispersadas por pájaros. Fui a Alaska dos veranos más, y si puedo volveré porque me encanta, es una especie de paraíso.

Parece que en invierno la vida es bastante más dura, que hay que ser recio y un poco estoico, echarle entusiasmo…

Seguro que en invierno es muy diferente, pero en verano es fantástica. Mucha gente se desplaza con avionetas porque las carreteras se quedan cortadas, y un amigo que tenía una avioneta me paseó por los glaciares, por toda la zona del Exxon Valdez. Y sobrevolar esos territorios fue una de las experiencias más fantásticas de mi vida. Nunca en mi vida he estado tan borracha de belleza como en ese momento, en el que pensaba: "Si se cae el avión y me mato, es igual, porque soy totalmente feliz". Me impactó muchísimo la belleza del paisaje, y la gente es fantástica. Volví de Alaska con las pilas cargadas a tope y dispuesta a comerme el mundo.

Demos un salto atrás, a la isla de Cabrera.

Cuando llegué a Baleares acababan de declarar Cabrera parque nacional y me encantó la isla. Había mucho entusiasmo, una interacción muy divertida entre payeses, Guardia Civil, investigadores y Ejército… Otra vez pensé que en las islas no iba a ver nada, un conejo, una lagartija, pero cada sistema tiene su encanto. Trabajar en medio del encinar de Cazorla me encantaba, pero hacerlo en Cabrera entre el matorral, viendo el mar y las playas de color esmeralda, también era estupendo. Y allí empecé a estudiar el sistema de polinización y dispersión por lagartijas.

De los osos a las lagartijas, otro cambio sorprendente.

Uno de los hallazgos más interesantes en Baleares ha sido encontrar que las lagartijas endémicas (del género Podarcis) desempeñan un papel muy importante en la reproducción y dispersión de un buen grupo de especies vegetales. El papel de los reptiles como dispersantes de plantas ha sido relativamente poco estudiado, debido a que este fenómeno se encuentra principalmente en ecosistemas insulares. En Cabrera hicimos experimentos, especialmente con una lechetrezna arbustiva -Euphorbia dendroides-, que nos permitieron dilucidar, por primera vez, lo eficientes que son las lagartijas como polinizadoras respecto a los insectos que visitan las flores de esta planta.

¿Qué me dice del Proyecto Epidemie, en el que trabaja conjuntamente con otros seis países europeos?

En Doñana conocí al investigador inglés que ahora coordina el Proyecto Epidemie -en el que participan seis países-, de plantas invasoras en las islas mediterráneas, y me pidió que me incorporara a la parte del mutualismo planta-animal. Había que hacer un catálogo de todas las especies que hay en Baleares, mapear las más importantes y hacer experimentos con tres de las especies comunes en todas las islas del Mediterráneo para evaluar qué impacto tienen sobre la vegetación natural. Tenemos los datos y estamos empezando a publicar los resultados.

Que, según tengo entendido, son bastante desastrosos para las islas.

Ahora las invasiones son la segunda causa de pérdida de biodiversidad, y con el trasvase de mercancías que hay en el mundo, por turismo, por jardinería, la aceleración no tiene precedentes. Y las islas son más vulnerables porque están menos defendidas ante las especies nuevas, que son más competitivas. Hemos estudiado las plantas y queremos saber el papel de las relaciones planta-animal, viendo si facilitan la expansión, y si los herbívoros las atacan más o menos en comparación con las nativas. En Baleares se han catalogado más de 300 especies exóticas, aunque no todas son depredadoras.

Parece que el 'Carpobrotus', con sus atractivas flores -vulgarmente, uña de gato o bálsamo-, es la más invasora y está causando estragos. Usted ha pedido a las autoridades que prohíban su entrada en las islas.

Sí, y lo peor es que la siguen plantando incluso en las rotondas de las carreteras… La que más plantan es una que se llama Cinaciformis, que tiene flores color fucsia, es de Suráfrica y no necesita casi agua, sus ramas crecen casi un metro al año y va ocupando terreno y modificando las condiciones del suelo, evitando que otras nativas se puedan establecer. Hay más de 40 especies en Baleares que pueden considerarse invasoras. Estas islas son ideales para estudiar los efectos de la introducción de determinadas especies como comadrejas, martas, jinetas o culebras. Lo último que se ha introducido es el cuatimondi, un coatí que abunda en Suramérica y del que se han visto ya unos cuantos ejemplares en la sierra de Tramontana.

¿Pero se introducen deliberadamente o por irresponsabilidad de la gente, que compra mascotas exóticas y cuando les empiezan a molestar las sueltan?

Pues no lo sabemos, no hay ningún control en las fronteras. Hay gente que trae animales y luego se les escapan; el caso es que ahora la Consejería de Medio Ambiente de Baleares ha localizado al menos cinco individuos de coatí en sitios diferentes, y no son fáciles de erradicar. Y con el Carpobrotus es una vergüenza, los mismos fondos públicos se usan para erradicarlo y para plantarlo.

No puedo creer que siga plantándose ante la indiferencia de las autoridades.

Mientras no se declare plaga y se pueda encontrar en los viveros, la gente lo compra y lo planta en el jardín. Y el Carpobrotus lo dispersan ratas y conejos y brota entre las dunas de arena… La Consejería de Medio Ambiente lo ha estado erradicando de algunos sitios, pero la de Fomento lo sigue plantando en las carreteras… No sé si no hay conexiones entre ellas o si es una especie barata. Yo me siento responsable de informar a cuanta gente pueda.

Volvamos a la aventura. De sus andanzas por esos mundos, ¿en qué momento ha pasado más miedo?

En Costa Rica, sin duda. En una ocasión fui con gente de la universidad a la isla del Caño, en el Pacífico, para pasar una semana. Éramos siete y bajamos en una barquita por el río Sierpes, y en la desembocadura, que está llena de cocodrilos y tiburones, se estropeó el motor y nos quedamos en el mar a la deriva, más de medio día en medio de una tormenta con fuertes olas. Veíamos cerca otra barca en la que iban unos italianos, pero de repente la vimos volcada, y a los tres tripulantes, uno enganchado a una roca, otro a una nevera, todo esto con tiburones alrededor… Es la única vez que he visto la muerte bien cerca, pensaba que me quedaba. Tuvo que venir la Cruz Roja a rescatarnos y salimos en todas las televisiones, todos quemados y asustados…

Parece que Costa Rica ha sido una vivencia irrepetible en su vida.

Costa Rica ha sido una experiencia que me ha marcado. Vivir allí tanto tiempo en la selva seca, en aquellos bosques tan densos y de una diversidad fantástica… En otra ocasión fuimos a ver desovar las tortugas en la playa, venían cientos de miles y era impresionante, pero al volver a casa nos equivocamos de camino y se nos hizo de noche. Estábamos bastante asustados en medio de la vegetación, y tuvimos que subir una ladera muy vertical para intentar ver algo, pero hubo un momento que, casi en la cima, ya no podía continuar. Fue durísimo. Al final salí gracias a dos compañeros que tiraron de mí. Pero, al margen de la aventura, me siento muy afortunada de haber trabajado al lado de tan buenos científicos por donde he pasado, en Barcelona, Filadelfia, Costa Rica, Sevilla o Alaska. Aunque el camino no siempre ha sido fácil, ha valido la pena. La verdad es que estoy muy orgullosa de mi bagaje.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de agosto de 2005