Columna
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Blancos de verano

El mejor blanco es un tinto, algo de lo que no cabe duda que si nos referimos a los que en verano inundan todos los chiringuitos playeros. Pero tampoco es eso. En nuestro país cada vez encontramos mejores vinos blancos, aunque sin llegar a la calidad de nuestros vecinos europeos, donde sus castas le aportan gran ventaja -chardonnay, riesling, viognier- y donde la tradición de un mercado más exigente y consumidor de este tipo de vinos es mayor. En la Península Ibérica, la cantidad y variedad de uvas y vinos blancos es realmente considerable.

Empezamos este recorrido con los más internacionales de nuestros blancos, los de Andalucía, donde al abrigo de las levaduras en esa crianza biológica nacen los finos, tan populares y tan desconocidos. Elaborados a partir de la uva palomino en el marco de Jerez o de la Pedro Ximénez en la campiña cordobesa de Montilla-Moriles, adquieren toda su paleta gustativa después del envejecimiento por el clásico sistema de soleras y criaderas. Todo este envejecimiento los convierte en unos vinos de profunda meditación en cualquiera de sus variantes: finos, manzanillas, olorosos, amontillados,...

Los blancos de Galicia, que este fin de semana celebran su fiesta anual del Albariño, son una realidad, pero Galicia tiene más riqueza en uvas blancas que las que se cultivan en las Rías Baixas. En los valles profundos de Ribeira Sacra, Valdeorras y Monterrey nace la godello, productora de una variedad de mostos exquisitos que empiezan a hacer sombra al Albariño. Y queda el siempre popular Ribeiro, que empieza a abandonar ese cuenco de barro para servirse en copas de cristal, para grandeza de elaboradores como Emilio Rojo o Viña Meín, que ven compensados sus trabajos de campo con las castas lado, loreiro y torrontés.

Blancos de Rueda, no los que inundan nuestras barras en la que la uva autóctona verdejo apenas sí aparece, sino ruedas de verdejo o de sauvignon blanc, de aromas anisados y fruta tropical. Ruedas fermentados en barrica, serios y profundos.

Vinos blancos tranquilos y blancos espumosos como el cava, otra zona, otras variedades de uvas y otros métodos de elaboración. La macabeo, la xarello y la parellada absorben la burbuja para poder regar nuestras viandas en estos días de verano sin tener que esperar hasta la Navidad para sucumbir al embrujo de ese fino rosario de burbujas.

Si la asignatura pendiente en Rioja sigue siendo los blancos de calidad, tomen nota de alguna exquisitez al alcance de unos pocos privilegiados: el blanco de Bodegas Remelluri, en Labastida, un coupage de castas autóctonas y foráneas que tiene impresionado al consumidor americano. Y cerca de Labastida, en San Vicente, los blancos de Abel Mendoza, sus malvasías, torrontés y garnachos, hablan del potencial de Rioja y de sus blancos.

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Y nuestro txakoli, que sigue creciendo y creciendo. Esperemos que el mercado no se vea saturado y ocurra como en otras denominaciones de origen donde la oferta supera a la demanda.

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