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COLUMNA

Los pies de doña Raquel

Elenita lleva un par de días viéndola cojear, pero hasta hoy no le había dado importancia. Su madre y ella, que nunca se han llevado bien, ahora apenas se sobrellevan. Las normas que rigen su relación se basan en un reparto de papeles rígido y escrupuloso, en el que doña Raquel se ha adjudicado el papel de víctima y su hija el de enfermera forzosa. Si fuera por ella, Elenita se habría marchado de casa de su madre hace mucho tiempo, más de dos años, los que han pasado desde que conoció a Ahmed, que es marroquí, y es guapísimo, y es mucho más joven que ella, y trabajaba en España sin papeles, y ahora ya tiene papeles pero sigue con ella porque Dios no existe, que si existiera, seguro que habría hecho algo para arruinarle la vida, de la cantidad de velas y más velas que su madre lleva encendidas pidiendo cualquier cosa, que le parta un rayo, que lo detenga la policía, que lo expulsen, que lo maten o que abandone a su hija por otra más joven, que es lo que más le gustaría. Elenita lo sabe pero pasa mucho, y se limita a estar pendiente de la medicación de su madre, a ponerle el desayuno por las mañanas, y a preguntarle cómo está todas las tardes, cuando vuelve de trabajar. Luego se ducha, se cambia de ropa, le hace la cena y se va a dar una vuelta. Esa es su vida de martes a jueves. Los viernes, a cambio, deposita a su madre en casa de su hermano, que vive dos calles más arriba, y se muda a Lavapiés, a casa de Ahmed, desde donde el lunes por la mañana se va a la oficina, derecha y como unas pascuas. Es lo que tiene la vida sexual, piensa Elenita, que anima mucho.

Mientras tanto, su madre se queja. Sin parar, sin pensar, sin cansarse, igual que una niña pequeña que no supiera medir, calcular la dosis de llanto más convincente. Por eso, aunque lleva dos días viéndola cojear, Elenita no le ha dado importancia hasta ahora, mientras la ve sentarse en el sofá, a su lado, con un gesto de dolor auténtico.

-Oye, hija… -le dice, sin molestarse en adoptar siquiera su tono quejumbroso oficial-. Esa espuma que te ponías tú en los pies antes, cuando ibas a clase de bailes de salón, ¿dónde está? La he buscado por todas partes y no la encuentro.

-¡Huy! -¿dónde estarán los bailes de salón, y las clases de cocina, y el macramé, y el Pilates, y la decoración?, piensa Elenita, en feliz posesión del hobby definitivo-. Pues no sé. Vete a saber, mamá… ¿Por qué? ¿Es que te duelen los pies?

-Bueno… -y se calla enseguida, como si estuviera arrepentida de haber sacado el tema.

-Déjame verlos.

-No, no -doña Raquel niega con la cabeza-. Si no es nada, en serio.

-No seas tonta, mamá… -Elenita la coge por los tobillos, apoya sus piernas encima de la mesa, la descalza, y deja escapar un chillido al ver los pies de su madre, enrojecidos, hinchados, y sobre todo repletos de rozaduras, de ampollas, en los nudillos de los dedos, en los talones, en los empeines-. ¡Pero, mamá! ¿Pero esto qué es? ¡Qué barbaridad! ¿Cómo te has hecho esto?

-En la manifestación -contesta ella con un hilo de voz insegura, casi infantil.

-¿En la manifestación? -su hija no entiende nada-. ¿En qué manifestación?

-En la de la parroquia…

-¿Cómo que…? -y en ese momento, Elenita comprende, se desmiente a sí misma, se dice que no es posible, le da otra vuelta, no encuentra ninguna explicación alternativa-. No me estarás diciendo que has ido a la manifestación, tú, precisamente tú, con el calor que hace, setenta y nueve años, diabetes, sobrepeso y la circulación como una red de tuberías atascadas… No me estarás diciendo eso, ¿verdad, mamá?

-Es que hace ya tres domingos que, al terminar la misa, el párroco saca un papel… -doña Raquel mira a su hija, no se atreve a sostenerle la mirada, clava los ojos en su falda-. Y lo leía, y decía que había que ir, que era muy importante, que era nuestra obligación como católicos, y se lo comenté a tu hermano, y él también iba a ir, así que…

-O sea, que te fuiste a la manifestación -Elenita ya no pregunta, y tampoco sabe muy bien de dónde está sacando tanta serenidad-. Estupendo, mamá. Eres libre de hacer lo que quieras, por supuesto. Y de asumir las consecuencias también. De eso sois libres tú y tu párroco. Tienes que decirme cómo se llama, eso sí, porque voy a hacerle una visita, pero no te preocupes, que le voy a llevar todas las medicinas que tomas muy bien apuntadas. Y a partir de ahora, que te cuide él, en el tiempo que le deje libre la política. Porque yo, desde luego, me voy a vivir con el moro.

-¡Ay, hija mía, eso sí que no!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de junio de 2005