Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:RECUERDO DEL 10 DE JUNIO DE 1963

John F. Kennedy, EE UU y la paz mundial

De John Kennedy se recuerdan sus palabras en el discurso de toma de posesión: "No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta qué puedes hacer tú por tu país". Esta frase inspiró a una generación de jóvenes (entre ellos, Bill Clinton) que decidieron emprender una carrera de servicio público. En realidad, la intención inicial de Kennedy, en su papel de líder de un imperio liberal, era apelar a sus conciudadanos a que hicieran sacrificios en las luchas de la guerra fría. Tanto él como sus asesores en la Casa Blanca se sorprendieron al ver que los jóvenes estadounidenses empezaban a prestar atención a las insuficiencias y patologías internas de su país, la pobreza y el racismo, y que rechazaban el tremendo narcisismo de la expresión "la nación más grande de la tierra". Para la generación de Kennedy, la grandeza estadounidense está todavía por llegar. Un espíritu semejante fue el que movió a miles de voluntarios a incorporarse al nuevo Cuerpo de Paz, con el fin de combatir la enfermedad y la hambruna en rincones remotos, en vez de alistarse en la CIA o las fuerzas especiales del Ejército para extender el poder de Estados Unidos.

Kennedy no fundó la izquierda estadounidense, pero sí le dio un espacio que podía ocupar. Había cierta consonancia entre su idea de un país más ético y la sensibilidad que engendró el movimiento de los derechos civiles y las protestas contra la guerra de Vietnam. Siempre creyó en el derecho de Estados Unidos a dirigir el mundo y defendió la idea de que el país tenía la responsabilidad especial de luchar contra la tiranía, que entonces se encarnaba, sobre todo, en el comunismo. Pero era un hombre culto, inteligente y reflexivo. Cuando Estados Unidos se encontraba con oposición, estaba dispuesto a preguntar por qué, en lugar de condenar automáticamente a países enteros porque se les ocurriera tener su propia historia. En su servicio como joven oficial de la Marina durante la guerra del Pacífico y, más tarde, como senador, había adquirido un escepticismo considerable sobre la capacidad de los jefes militares estadounidenses para ejercer raciocinio histórico y político. Se arrepentía enormemente de haber dejado que el Ejército y la CIA le involucrasen en el desastre del desembarco de cubanos anticastristas en la bahía de Cochinos, en 1961. Después se preguntaba por qué había sido tan ingenuo como para creerles cuando le habían dicho que el pueblo cubano estaba preparado para rebelarse contra Castro y que éste no tenía la capacidad militar suficiente para derrotar a las fuerzas invasoras.

En plena crisis de los misiles cubanos de 1962, Kennedy, que había rechazado las exigencias de sus generales de que atacara Cuba y las instalaciones soviéticas que allí se encontraban, habló de sus jefes militares en estos términos: "Si les hacemos caso y hacemos lo que nos piden, no quedará vivo nadie que pueda decirles que estaban equivocados". Durante toda la crisis siempre insistió, tanto con Jruschov como con sus belicosos generales, en que la guerra nuclear era una locura absoluta. El autor de la biografía más amplia y profunda de Kennedy, Robert Dallek, llega a esta conclusión: "El año 1962 no sólo fue el momento estelar de Kennedy en la Casa Blanca, sino un ejemplo imperecedero de cómo un hombre fue capaz de impedir una catástrofe que todavía puede sobrevenir al mundo".

Ocho meses más tarde, el 10 de junio de 1963, en un discurso en la American University de Washington, propuso una solución negociada para la guerra fría: "¿Qué tipo de paz buscamos? No una Pax Americana, impuesta al mundo por las armas estadounidenses". Definió la paz, en una época de armamento destructivo, como "el fin racional necesario de los hombres racionales". Pidió la revisión de las actitudes estadounidenses respecto a la Unión Soviética. "La paz mundial, como la paz en una comunidad, no exige que cada hombre ame a su vecino, sino sólo que vivan juntos y se toleren, y que sometan sus disputas a juicios justos y pacíficos". Luego anunció que Estados Unidos no sería el primero en reanudar las pruebas nucleares atmosféricas, y que unos negociadores británicos y estadounidenses iban a ir a Moscú, invitados por Jruschov, para hablar sobre una prohibición general de las pruebas nucleares. No había enseñado el texto del discurso ni a sus secretarios de Defensa y Estado ni al jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. La respuesta de los asistentes fue tibia, cosa que le decepcionó. Pero los republicanos aprovecharon para recurrir a un tema conocido: el presidente era demasiado conciliador, demasiado contemporizador. No obstante, el discurso sirvió de guía a una generación posterior a la hora de proponer una política exterior alternativa para Estados Unidos.

El 10 de junio de 1963, a Kennedy sólo le quedaban cinco meses y unos días de vida, hasta morir asesinado en Dallas. Fue un periodo en el que tuvo que hacer frente a enormes conflictos raciales y en el que acabó apoyando a Martin Luther King y el movimiento de los derechos civiles. La mañana de su fatídico viaje a Tejas dio instrucciones a su equipo para que elaborara un estudio de todas sus opciones en el conflicto que iba extendiéndose en Vietnam, "incluida la retirada". ¿Es posible que su distanciamiento creciente de la ideología y la práctica de la guerra fría provocara una conspiración para acabar con su vida? La pregunta permanece abierta. Lo que está claro es que un presidente que, al principio, había asumido el cargo como líder confiado del imperio estadounidense, en el tercer año de su mandato estaba modificando profundamente sus opiniones.

La posibilidad de que el presidente Bush sufra una transformación similar en su segundo mandato es inexistente. Acaba de declarar que las informaciones sobre torturas en las prisiones estadounidenses son inventos de quienes "odian a América". El presidente, en parte de forma deliberada y en parte por instinto, expresa el airado chovinismo y la estupidez provinciana de un buen número de nuestros ciudadanos que son plebeyos espirituales. En realidad, los sondeos muestran un descensoen la aprobación de las decisiones presidenciales, y existe mucho escepticismo sobre el precio que está costando la aventura de Irak. En esta situación, el Partido Demócrata no destaca más que por su cínico oportunismo. Los posibles candidatos para las presidenciales de 2008 (los senadores Bayh, Clinton y Kerry, el gobernador Vilsack, incluso el relativamente honrado ex senador Edwards) han hecho tremendos esfuerzos para no calificar la catástrofe de Irak como lo que es.

El instrumento de Hillary Clinton para la campaña presidencial es el Centro para el Progreso Americano, una organización muy bien dotada de dinero y personal, situada en Washington y dirigida por el inteligente ex jefe de Gabinete de la Casa Blanca John Podesta. Sus colegas especializados en política exterior tienen una propuesta de solución para la crisis de Irak: enviar más tropas. Resulta difícil pensar que se lo creen; más bien, que se consideran obligados a decirlo. Kennedy parece estar tan olvidado como si hubiera muerto en 1863, y no en 1963.

¿A qué se debió la transformación de Kennedy? Para empezar, el presidente desconfiaba de la jerarquía oficial encabezada por él. Nada entusiasta de su propio secretario de Estado, era frecuente que pidiera la opinión a los funcionarios que estaban verdaderamente trabajando sobre regiones y países específicos. También se sentía muy escéptico respecto a los almirantes y generales, y buscaba el consejo de oficiales de mente más abierta. Gracias a haber sido congresista y senador por Massachusetts, conocía a los científicos de Harvard y del MIT, así como a la comunidad científica en general. Su asesor científico, Jerome Wiesner, era gran defensor de la necesidad de acabar con la carrera de armamento nuclear. De hecho, Kennedy reaccionó positivamente a las presiones de distintos movimientos ciudadanos que pedían una tregua en la guerra fría. No organizó (como algunos de sus sucesores) ninguna campaña de difamación de los disidentes, ni se aisló a sí mismo ni a su Gobierno de esas opiniones. Kennedy fue un gran presidente para Estados Unidos porque era una persona inteligente y de carácter. Pero el país contaba además con una sociedad civil fuerte, preparada y deseosa de desafiarle a hacer más, a poner en práctica los valores que compartían: una concepción laica de coexistencia progresista.

Esa sociedad todavía existe en Estados Unidos, e incluso es posible que comprenda a la mayoría del país. Lo malo es que las élites que dirigen la política exterior viven dependientes del imperio. Y otro problema es que los medios de comunicación están sometidos a las autoridades imperiales.

Los segmentos de la sociedad civil que podrían ser críticos están divididos, y los intelectuales no disponen de ningún proyecto nuevo que les sirva de fuerza unificadora. Los intelectuales más importantes de la era Kennedy no estaban en la Casa Blanca, pero sus textos críticos se leían en ella. Por tanto, un nuevo John Kennedy tendría que superar unos obstáculos inmensos. No se ve a nadie en el horizonte, y ése es mayor motivo para honrar el recuerdo del que tuvimos.

Norman Birnbaum es catedrático emérito de la Facultad de Derecho de Georgetown y autor de Después del progreso: reformismo social estadounidense y socialismo europeo en el siglo XX. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de junio de 2005