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Reportaje:

Tribulaciones de dos caballos alados

El Consistorio culmina hoy el traslado temporal a un almacén de los pegasos que coronaron el Ministerio de Agricultura

Lejos de morar en gozosos parajes celestiales, los animales mitológicos también sufren. Y, en Madrid, parece que mucho. Es el caso de dos marmóreos caballos alados, pegasos, que desde 1998 decoraban casi a pie de plaza la glorieta de Legazpi. Hoy, sin alas y andamiados, van a ser trasladados a un almacén municipal de la calle de Áncora mientras duran las obras contiguas a la M-30 que, bajo la plaza, amenazan su estabilidad. De cinco metros de alzado cada équido, más de tres cada ala, rampantes ambos y en disposición ascensional, van cabalgados por jinetes y escoltados por dos musas, agrícola e industrial, respectivamente. Desde hace apenas unos días, muestran sus alas amputadas; tanto, que han concitado la compasión del vecindario. Es el caso de Icíar González, que pregunta: "¿Qué ha sucedido para que se perpetre tamaña mutilación contra las estatuas?".

Las grandes alas han sido mutiladas varias veces desde su llegada de Carrara, en 1905

La atribulada historia de estos dos pegasos comenzó en el momento mismo de la concepción del grupo escultórico del que los caballos alados formarían parte. En 1894, el arquitecto burgalés Ricardo Velázquez Bosco, autor del palacio del Ministerio de Fomento, en la glorieta de Atocha, quiso un remate espectacular para la coronación del magno edificio que había construido con aceros roblonados, cerámicas de su amigo Daniel Zuloaga y áticos a base de cristal.

Agustín Querol, uno de los escultores más cotizados de Madrid, y amigo del político Antonio Cánovas del Castillo, recibe el encargo de esculpir un grupo monumental. Lo idea en barro primero y envía después el molde a Carrara, la cantera más famosa del mundo por la robusta finura de sus mármoles. Las estatuas llegan a España en barco en 1905. Una vez en el puerto de Alicante, los caballos y un conjunto de tres grandes figuras son instalados en un tren para su traslado a Madrid. Sin embargo, las dimensiones de las alas de los pegasos -desplegadas, unos diez metros- exigen la limadura de sus extremos: no pueden cruzar los túneles que jalonan el trayecto ferroviario hasta Madrid. Ya en la ciudad, el descomunal conjunto no puede ser izado hasta la coronación del Ministerio de Fomento: no hay grúa capaz de elevarlo hasta el ático del palacio de Atocha. Hasta allá arriba se construye una rampa desde la misma estación y, al fin, pegasos, jinetes, musas y alegorías, 40 toneladas de mármol, llegan a su atalaya, Madrid a sus pies.

Pasan los años y la lluvia y la nieve, silenciosamente, se infiltran en el mármol. Comienza una imperceptible pérdida de fragmentos del borde de las alas de los pegasos. Un día, a principios de los años setenta, desde 30 metros de altura cayó un fragmento de 20 kilos de peso y reventó en la puerta misma del Ministerio de Agricultura. No hubo víctimas, pero cundió el miedo. Se decide sustituir el grupo escultórico por una copia en bronce vaciado, menos pesado, cuya hechura se encomienda al escultor Juan de Ávalos. El mármol original fue fraccionado para apear las estatuas de su atalaya. En marzo de 1976, la réplica fue izada con grúa hasta el lugar donde el colosal mármol había permanecido 65 años.

El conjunto original fue a parar a una finca de la carretera de A Coruña y allí quedó hasta 1984. "Encontré hasta 400 fragmentos de mármol ocultos bajo la maleza de una finca del Ministerio de Agricultura, en la cuesta de las Perdices", dice Germán Berzal, uno de los fundadores, entonces, de una Escuela Municipal de Cantería en Áncora, 41. "Pedro de Aritio, gerente municipal de Urbanismo, me encomendó entonces reunir los fragmentos y montarlos de nuevo". La escuela asumió años después la tarea, pero, en 1992, Berzal dejó este cometido. Se hicieron cargo de él un arquitecto, José Luis Juara, junto con Juan Carlos Mato, así como Juan Álvarez y José Sánchez, entre otros artífices. Pasaron seis años.

En 1998, los pegasos de Querol fueron instalados en Legazpi y tres figuras más en sus inmediaciones. "El peso de las 40 toneladas sobre el asfalto de la plaza obligó a construir un anclaje especial, pero fue insuficiente: las alas de mármol tuvieron que ser reemplazadas por otras de fibra de vidrio", explica una fuente responsable de los monumentos municipales. En Legazpi han permanecido hasta días atrás; sus alas vítreas han sido separadas de sus anclajes, aserrados para el traslado. "No cabían en sus portantes", añade. Andamiados y mutilados de nuevo, los pegasos inician hoy otra singladura más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de abril de 2005