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Reportaje:UN MASIVO DESEMBARCO DE TALENTO

América Latina conquista España

Una nueva y fértil hornada de escritores de la otra orilla protagoniza "la colonización inversa"

Barcelona
El escritor cubano Ronaldo Menéndez, que vive en Madrid desde hace tres meses, explica que quiso sumarse a la "ola de colonización inversa". Es una buena manera de definir el interesante fenómeno que vive España de unos años a esta parte: son cada vez más los autores de la otra orilla que la han elegido para vivir. Probablemente rondarán el centenar, en su mayoría cubanos, colombianos y argentinos. Los hay que han venido huyendo de sus países, otros en busca de metas literarias, algunos más por amor y otros por la calidez española. Casi todos con largas historias a sus espaldas, con desembarcos difíciles, con problemas de papeles. Sus sueños son contagiosos y enriquecedores.

La estimulante invasión de escritores latinoamericanos de la que ahora se beneficia España no tiene nada que ver con la de los años sesenta y setenta, la del boom, cuyas influencia y recepción están muy bien documentadas en La llegada de los bárbaros (Edhasa), de Joaquín Marco y Jordi Gracia. Los pacíficos bárbaros de ahora son muchos más y, en general, menos conocidos.

Mario Vargas Llosa, que vivió en Barcelona entre 1970 y 1975, tiene casa en Madrid, Lima y Londres. "Paso en Madrid unos tres meses al año, pero mi mujer, Patricia, piensa que ésta será nuestra casa definitiva". Dice que trabaja en todas partes, pero que donde lo hace más tranquilo es en Londres. Anda embarcado en una nueva novela, Travesuras de la niña mala. "Es una historia de amor".

"Es fácil ser feliz aquí. No me sacarán ni a punta de pistola", dice Santiago Roncagliolo

Son bastantes los escritores de entonces que mantienen sus lazos con España. Bryce Echenique tiene casa en Barcelona; Mario Benedetti y Quino, en Madrid; Jorge Edwards, que vivió en Barcelona entre 1973 y 1978 y luego se compró una casa en Calafell, tiene ahora piso en Madrid. "Cuando descubrí que me resultaba arriesgado conducir hasta Barcelona para una cena con amigos y regresar a las dos de la madrugada, se me ocurrió trasladarme a Madrid. En Madrid siempre tardan mucho en saber que estoy allá, lo cual es una gran ventaja, ya que me libera de muchos compromisos".

Uno de los nuevos bárbaros que mejor se sienten en España es el peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975). "Es fácil ser feliz aquí. En mi opinión, los españoles saben vivir muy bien y disfrutar de lo que tienen. Me gusta mucho España. Sólo me sacarán con un revólver en la cabeza". Tenía 25 años cuando decidió que estaba harto de su país. "El final de la era Fujimori fue muy desagradable. Yo estaba en una buena edad para correr riesgos e intentaba ser escritor. Así que necesitaba un país hispano con editoriales". Madrid fue su destino. Han pasado cuatro años y ha publicado dos libros, Crecer es un oficio triste (El Cobre, 2003) y Pudor (Alfaguara, 2005). No todo ha sido un camino de rosas. Los papeles, dice, "son un infierno". "Conseguí un contrato de empleado doméstico. También es difícil alquilar piso con un acento extranjero. Yo tenía una amiga francesa que se hizo pasar por mi pareja, para hacerme más aceptable ante los propietarios. Pero una vez que me ven no hay problema, porque creen que soy argentino. Los argentinos son la clase VIP de la inmigración".

Jorge Benavides (Arequipa, Perú, 1964) está de acuerdo con su colega. "La terrible década de los ochenta y la llegada de Fujimori hicieron para mí irrespirable aquel ambiente de corrupción, carestía y desesperanza". En 1991 se instaló en Tenerife y 11 años después se fue a Madrid. "No hay lugar mejor para mí". El autor de El año que rompí contigo (Alfaguara) cuenta que quiere a este país de una manera real. Para el venezolano Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, 1967), "Madrid no es una ciudad, es un estado de felicidad". Llegó en 1996 para estudiar un doctorado y se hizo escritor. Ha publicado 11 libros, entre ellos, tres novelas en Lengua de Trapo (Árbol de luna, Tan nítido en el recuerdo y El libro de Esther) y otra en Alianza (Una tarde con campanas).

Alejandro Parisi (Buenos Aires, 1976) desmiente lo que dice Roncagliolo. Es argentino, pero las cosas no le están siendo fáciles. En 2002 publicó en su país su primera novela, Delivery, que narra la historia de un pibe que empieza repartiendo empanadas y acaba repartiendo merca (cocaína) tuvo bastante éxito. "Salió en Sudamericana y me dijeron que iba a ser una edición internacional, pero no lo fue". Entre la decepción y la crisis económica de 2001, se fue. En Barcelona ha trabajado en mudanzas, vendiendo bisutería... y ahora, de camarero. "Es difícil partir de cero". El horizonte se le ha despejado un poco: por una casualidad total, Delivery fue a parar a manos de un director de cine, cuyo nombre prefiere no dar "hasta que todo esté atado".

No es el único que empieza de cero. Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937) llegó en marzo de 1975. Su primer trabajo fue de parrillero en una

brasserie. Agujeros negros (Áltera, 1997) le sacó del anonimato y le convirtió en un escritor de culto. Dice que no se puede quejar: "Pasé de la clase obrera de la literatura a la clase media baja, y ahora aspiro a llegar a la clase media media".Con Criaturas de la noche (El Acantilado, 2004), ganó el Premio Café Gijón. "Llegó como el Séptimo de Caballería, cuando se me estaban acabando los recursos".

Elsa Ossorio (Buenos Aires, 1952) eligió vivir en Madrid "por razones personales" hace 11 años. "Nunca decidí vivir en España. Sin embargo, en 1996, cuando comenzaron en España los juicios contra los genocidas de la última dictadura argentina, supe que estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado. La justicia universal no era una esperanza utópica. Desde España puedo poner un grano de arena contra la impunidad reinante en mi país, y sentir el orgullo de estar viviendo en una sociedad sensible". Su novela A veinte años luz (Alba) va por la quinta edición.

Jorge Ferrer (Bauta, Cuba, 1967) llegó a Barcelona en 1994. Durante los dos primeros años trabajó en la construcción. "Al final fui mejor alicatador que prosista". Desde hace ocho años colabora en una asociación de ayuda a los refugiados y en diversas tareas editoriales. Ha publicado Retrato de apóstata con fondo canónico (Colibrí), pero no logró que le editaran en España Minimal building, que apareció en una editorial de Miami.

Pablo Díaz (La Habana, 1972), Rolando Sánchez Mejías (Holguín, 1959), Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, 1958) y Radamés Molina (La Habana, 1968) salieron de Cuba, como Ferrer, en desacuerdo con el régimen de Castro. Algunos, como Sánchez Mejías o Fernández-Larrea, perseguidos y "muertos civilmente". "Ya no era posible permanecer sin pertenecer", dice Fernández-Larrea. En España sólo ha publicado Terneros que nunca mueren de rodillas y fundó en Barcelona Radio Gladys Palmera, en la que sigue colaborando.

Díaz continúa la tarea de su padre, el escritor Jesús Díaz, en la revista Encuentro y en el diario digital del mismo nombre. Tiene una novela en un cajón y entre manos otros proyectos. "Mis personajes ya se fueron de Cuba. Abrirme al mundo y a los problemas del exilio, de la identidad y de la globalización fue un verdadero descubrimiento para mí".

Sánchez Mejías es profesor de la Escuela de Escritura del Ateneo de Barcelona y ha publicado dos libros en Siruela: Historias de Olmo y Cuaderno de Feldafing.

Molina, que acaba de terminar un libro de ensayos sobre Wittgenstein, ha montado Linkgua (www.linkgua.com), "una editorial de libros a la carta con un fondo de más de mil clásicos de España y Latinoamérica".

Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970), a diferencia de sus colegas, tenía ya libros publicados en España, cuando hace tres meses se instaló en Madrid: De modo que esto es la muerte, El derecho al pataleo de los ahorcados y La piel de Inessa (Lengua de Trapo). "En un primer momento que duró siete años, no me decidí por Madrid, sino por Lima. Allí me fui preprando para esta ola de colonización inversa".

El boliviano Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), cuya última novela es La materia del deseo (Alfaguara), viajó a España por motivos muy diferentes. "Vivo en Estados Unidos desde 1988. Enseño en la Universidad de Cornell, en Nueva York, que tiene un programa de estudios en Sevilla, y me ofrecieron dirigirlo por un año. Me encanta Sevilla y me va a costar irme".

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) y Manuel García Rubio (Montevideo, 1956) llegaron muy jóvenes a España, por elección de sus familias. El primero, finalista del Herralde con Una vez Argentina (Anagrama) y autor de otros muchos libros de poesía y narrativa, vive en Granada desde 1991. Sobre su país de origen, afirma: "Hay dudas, desarraigos y ternuras. No milito en ningún paraíso perdido, pero tampoco finjo haber olvidado mis orígenes. Desconfío de los nostálgicos profesionales y también de los patriotas". García Rubio, que vive en Oviedo, llegó a España con 10 años. "Aunque era un niño, la experiencia fue traumática. Venía de un país, Uruguay, en el que la escuela era laica, y aterricé en la escuela tardofranquista y nacionalcatólica". Ha publicado cinco novelas en Lengua de Trapo.

Justo Vasco (1943) dejó Cuba en 1995. No estaba de acuerdo con el régimen, pero le influyó más el amor de una asturiana. Vive en Gijón desde hace 10 años y es el coordinador literario de la Semana Negra. También el amor decidió que María Fasce (Buenos Aires, 1969), autora de La felicidad de las mujeres (Destino), se instalara en Barcelona. "La crisis económica argentina coincidió con una crisis personal. Había decidido dejar mi trabajo en Alfaguara y me ofrecieron dirigir una colección de clásicos que saldría con EL PAÍS y en cuatro días estaba en Madrid". Durante una fiesta en La Latina conoció a Juan, que vivía en Barcelona, y allá se fue con él. Fernando Iwasaki (Lima, 1961) llegó a Sevilla en 1985 con una beca para investigar en el Archivo de Indias. No entraba en sus planes quedarse en España, pero se casó y allí sigue. Su trabajo en la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco, que dirige, le permite escribir libros como El ajuar funerario (Páginas de Espuma).

Fueron asimismo motivos del corazón los que decidieron a la colombiana Ángela Becerra (Cali, 1957) a quedarse en España. Acaba de ganar el Azorín con El penúltimo año. Los 18 años que lleva viviendo en Barcelona no la han alejado ni un ápice de Colombia. "Es una relación de amor intenso y eterno". Es algo bastante común en los autores colombianos. Daniel Samper (Bogotá, 1945): "Madrid [donde vive desde 1987] es mi segundo hogar. Pero confieso que todos los días pienso en Colombia, devoro comida colombiana y oigo música colombiana", dice el autor de Impávido coloso (Alfaguara). "Colombia es mi único tema posible", añade Sergio Álvarez (Bogotá, 1965), que lleva siete años en la capital catalana. "Barcelona me da la mirada, Colombia me da la vida y el amor que necesito para escribir". Su primera novela, La lectora (RBA), le fue muy bien.

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) matiza: "No pierdo ni por un instante la noción de lo que pasa en Colombia y me interesa cada vez más como material de ficción, pero no creo que pueda regresar". Su novela Los informantes (Alfaguara) retrata la Colombia de los años cuarenta. Vive en Barcelona desde 1999.

El argentino Horacio Vázquez Rial y la uruguaya Cristina Peri Rossi llevan tanto tiempo en Barcelona -más de 30 años- que forman parte indisoluble de la ciudad. Igual que el cubano Iván de la Nuez, que es director de exposiciones del Palau de la Virreina, o Rodrigo Fresán, que vive en Barcelona desde hace seis. "La medida de los efectos de una ciudad nueva para un escritor está dada por la salud de los libros que allí escribe". Va por la tercera novela. Su compatriota Javier Argüello (1972) no lleva su mismo ritmo. Publicó en 2002 Siete cuentos imposibles (Lumen), que tuvo una acogida muy buena, y ahora está con su primera novela, que es esperada con expectación. De todas maneras, quien más barcelonés se ha hecho en menos tiempo es Sealtiel Alatriste, que llegó como cónsul de su país y al cabo de dos meses ya estaba regalando rosas de Sant Jordi. Dejó el consulado hace un año, pero sigue aquí.

Poco ha publicado el salvadoreño Carlos Ernesto García (1960) en los 20 años que lleva en España: dos libros de poesía y la novela El sueño del dragón (El Cobre). "Me fui de El Salvador en junio de 1980. Fui víctima de un intento de asesinato en el que murieron mis padres y mi hermana".

Sentirse latinoamericano

Gonzalo Garcés (Buenos Aires, 1974) ganó el Biblioteca Breve en 2000 con Los impacientes (Seix Barral). Entonces vivía en París. "Estaba harto de pagar un alquiler de miedo en París y España me gusta. Alquilé un coche y estuve un mes explorando Cataluña y apenas pisé Girona supe que era el lugar perfecto".

"Mi padre es chileno, yo siempre me sentí parte de algo más que un país. Eso casa bien con vivir en España: aquí es donde uno puede sentirse latinoamericano. En nuestros países de origen volvemos a ser, simplemente, mexicanos, chilenos o argentinos".

Jordi Soler (Veracruz, México, 1964), en cambio, se siente tan mexicano como catalán. Autor de Los rojos de ultramar (Alfaguara), vive en Barcelona desde hace dos años. "Me siento, desde niño, tan mexicano como catalán y desde este tránsito vital permanente entre Veracruz y Barcelona, creo que soy de los dos sitios y, aún cuando ha habido un mar por en medio, siempre he estado aquí".

Ponerse al final de la cola

Carlos Franz, chileno nacido en Ginebra (1959) vive en Madrid desde hace ocho meses. Vino desde Londres, donde estuvo dos años, tras ser invitado por la Universidad de Cambridge, y antes, en Berlín, como artista residente. "Necesitaba poner distancia entre las fuentes de mi imaginación y yo". "Quise venir a probar suerte en el país que es el centro editorial de nuestra lengua".

Autor de El lugar donde estuvo el Paraíso (Planeta), llevada al cine por Gerardo Herrero, se toma las cosas con calma y con humor. "Ha significado la experiencia estimulante de ponerse al final de la cola, como el desconocido que soy aquí, y golpear puertas. Nueve de cada diez se me cierran con un portazo, porque la hospitalidad hispana es más bien una conjetura, pero persevero". Con los papeles no le ha sido más fácil. "En Inglaterra me demoré un día en obtener mi residencia y acá me tomó seis meses. Pero me sirvió para aprender de dónde procede la burocracia endémica en Hispanoamérica".

Cano Gaviria, testigo del 'boom'

Ricardo Cano Gaviria (Medellín, Colombia, 1946) dejó su país en 1968 rumbo a París para estudiar con Roland Barthes. No lo consiguió, pero sí le conoció y el caso es que acabó en Barcelona a principios de los setenta. "El clima de entonces era de complicidad, pues contra Franco estábamos mejor catalanes y suramericanos. Esa complicidad acabó cuando vino la democracia y surgió el nacionalismo: entonces los suramericanos pasamos a ser sudacas".

"Quedé atrapado como una mosca en el boom.

En Barcelona conocí a Gabo, cuando todavía era un personaje de este mundo. A Vargas Llosa le conocí a raíz de una reseña que publiqué en

Cuadernos para el Diálogo sobre Conversación en la Catedral". De aquella época destaca "la enorme amistad entre Vargas y Gabo". "Yo iba como un mosquito de casa de uno a la del otro. Esa amistad se rompió, pero fue ejemplar". Luego hubo pequeños altercados. "Vargas escribió sobre Gabo, Cortázar sobre Lezama y Fuentes y Donoso sobre todos... Pero, para mí, lo más importante fue la mutua admiración que había entre ellos, sobre todo porque en mi generación ha predominado lo contrario: la envidia, la insidia y la zancadilla".

Cano Gaviria vive en Montblanc, cerca de Tarragona. En esta ciudad, con su mujer, Rosa Lentini, ha montado una editorial de prestigio: Igitur. Le ha quitado mucho tiempo para escribir, pero ahora quiere reconstruir su "espacio de autor".

Juan Abreu: contra la nostalgia

Juan Abreu (La Habana, 1952) acaba de publicar un libro desaforado, Cinco cervezas (Poliedro), en el que Gabriel, un enfermo de "cubanidad", toma como única patria un bar de la calle Mallorca de Barcelona. Desde allí arremete contra la "isla pavorosa", contra "los repugnantes cubanos", contra escritores. "Es un libro contra muchas cosas, sobre todo contra la nostalgia".

Abreu salió de Cuba en 1980, durante el éxodo de Mariel. "Me fui con lo puesto, el Estado se quedó con todo: mi ropa, mis muebles, mi familia, mis libros... Eso es lo que se merece, en el mejor de los casos, un traidor al proyecto totalitario impuesto en la isla". Se fue a Miami y de allí también salió huyendo. "Es un lugar asfixiante en el que casi nadie distingue la cultura de la farándula". Llegó a Barcelona en 1997. "Me debato entre el deseo de descubanizar mi literatura y la casi imposibilidad de hacerlo". Asegura Abreu que ha escrito Cinco cervezas para romper con eso. Lo intentará en su próxima novela, en la que "explorará una Barcelona oculta y singular".

"Cinco cervezas es también un libro contra la visión complaciente, interesada, bucólica y mentirosa que tienen muchos intelectuales cubanos de la isla y de sus habitantes. Si hay alguna salvación para la isla vendrá mediante una crítica feroz de nuestros defectos y miserias".

En el libro salen muchos nombres. ¿Cómo será recibido? "Espero que con un estruendoso silencio".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de marzo de 2005

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