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POEMAS DESDE LA CÁRCEL

Una noche que duró once meses

Éstos son poemas escritos en una noche que duró 11 meses. Son poemas dictados por el amor, por la necesidad de comunicación; son poemas escritos para salvarme. La policía política me dijo que yo sólo podía sacar de la celda poesía de amor. A partir de ahí, hice una lista con los nombres de una docena de mujeres. No necesariamente de mujeres que me amaron, sino de mujeres que yo amé y quizás ellas nunca se enteraron. Algunas veces empecé a reconstruir aquellas historias no tal como fueron, sino como yo hubiera querido que fuesen. Muchos de los poemas están escritos a Blanca, a la necesidad que tenía en esos momentos de su amor, de su cercanía, de su voz, incluso de las cosas que a veces pueden provocar una distancia entre tú y la mujer que quieres. Con la presencia de Blanca como constante, cada día me levantaba por las mañanas y me remitía a esas mujeres y a esas historias. Hay muchos poemas tristes, de desamor, de frustraciones, está toda la dureza de escribir en la cárcel. Aquellos poemas eran mi refugio y eran mi mensaje para decirle a la gente y a mis amigos que yo seguía vivo, que estaba escribiendo, que era un hombre lleno de inquietud, de amor, de nostalgia por la vida. Esta poesía fue mi contacto con el mundo. Cuando Blanca me decía por teléfono: ya los poemas salieron, ya los publicaron, yo estaba tres o cuatro días llenó de felicidad dentro de esa celda.

Noticias de Turquía

Maya, ¿por qué has ido a morirte a Estambul
si en Grecia y en Caracas te querían
y en La Habana una persona seguía pensando en ti?
¿Por qué, solitaria,
tuviste que cerrar los ojos verdes

en esa ciudad donde dijeron:
mirad, se ha suicidado la extranjera?
En Atenas, en tu casa vacía, Maya querida,
te quedaban aún penas para vivir.

Para Gastón Baquero

Llegó con diez palomas, con dos panes,
y dijo que era un lujo y una pena
venir desde Madrid, no ver a Banes,
con tanto que escribir sobre la arena.

Amor punto final

Para este poema no había lápices,
ritmos ni hojas blancas.
Es una especie rara que ya nadie esperaba.
Éstos son peligrosos
porque bajo la mansedumbre
que los levanta
trabajan los presagios,
se esconde la sabiduría,
que tiene un sitio para las joyas
y una liturgia para los escorpiones.
¡Ah poema con minas
en todos tus acentos!
Versos que yo no esperaba,
pero estaban ahí,
a la espera de las fragilidades
y el laberinto de la línea recta.
El nevado poema castellano
que pudo ser un madrigal
y se abre como una madriguera
donde vengo a enterrar el amor.

Plegaria tardía

Dios te salve, María López,
y otras hierbas del patio
de la vileza en la vejez
y te de fuerzas para zafarte el nudo.
Dios te salve, María,
de las tentaciones y los vicios
y te veas libre del odio
de la envidia
y del silencio.
Dios te salve del suplicio
de los malos versos
y de la prosa de ferretería
y te propicie un espejo indulgente
para que te hagas una mujer conforme
con la fealdad y con las medianías.
Dios te salve, María López,
porque tú sola
ya no puedes.

Vida de perro

Yo fui un perro feliz
que amaba como un perro
a una adivina.

Le fui fiel, le llevaba
las cartas a la mesa
y le escondía la lámpara
donde veía el futuro.

Me echaba a dormitar
sobre sus pies
lamía sus manos blancas
que tenían sabor a santidad
y a magia negra.

Le regalé una casa
pequeña, pero propia
le curé las heridas
que le hizo un borracho
cuando ella le predijo
el porvenir.

Le compré blusas
sedas, redecillas
un turbante violeta
hecho por un hermafrodita
de Bombay.

Le cedí mi cama finlandesa
y yo dormía en un saco
de harina nacional.

Así es, yo la quería
aullaba de amor
y no ladraba.

Ella debió ver algo
terrible en mi futuro
porque en noviembre
me quitó el collar
donde colgaba
(junto a la foto de ella)
la llave de la casa
y me espantó.

Desde ese día
soy este vagabundo
sucio, desamparado
que gruñe cuando pasa
una mujer.

Aunque de noche duerma,
en una alcantarilla
soñando que dormito
silencioso a sus pies.

Teatro

Pasó que no nos conocimos.
Éramos los personajes
que el otro añoraba que fuéramos.
Así es que aquellos años
los perdimos
haciéndonos que amábamos.
Eso pasa, señora de Valdés,
eso sucede hasta en las mejores
familias de palabras.
Yo quise a una mujer
que Ud. no era
y Ud. a un personaje que bordé
para que me quisieran.
Hemos querido a unos fantasmas.
Sin embargo, hay partes del drama
que recuerdo
y bocadillos que dije con ternura
y hay noches en que me gustaría
volver al escenario
a reencontrarle con aquella investidura
para besar en falso
esa boca de horno de carbón
y miel de abejas.

Pañuelo para nadie

Llora tú que aprendiste a tocar el clavicordio
y descubriste el mal del que voy a vivir.
Sufre esta otra grávida soledad:
quedarte sin el único hombre
que pensaba en ti todos los días.
Llora, llora hoy esa viudez de hielo
porque ya no volverás
joven, con olor a colonia
a vivir en la provincia que fundé
para administrar tu recuerdo.
Llora en privado
como si no supieras por qué lloras
hasta que recibas
este pañuelo blanco.

Autógrafo para Blanqui

Cuando sueñes con él
no me lo cuentes.
Déjame en la inocencia
de creerme el niño
que recibía tus cartas.
Abandóname en la música
y en el tintero
de la boda municipal
que cambió tu fragancia
y me hizo un forastero
para la fantasía
y el cáliz
y los escorpiones.

Cuando alguien aparezca
en tus sueños como un príncipe
ponle mi cara.
¡Niégalo!
Favoréceme con la historia
como si fuera mía.
El amor no dirige los sueños
-ellos son nuestra locura diaria-,
pero necesita restauraciones
teatralidad, renuncias
para que la vigilia no pierda
el sacramento de la neblina.

Version libre

Fui un lobo alguna vez,
un lobo bueno,
escolta personal de la Caperucita
y enemigo probado de los leñado-.
Fui lobo mucho tiempo
y cantábamos,
Caperucita Roja y yo cantábamos
Quién le tiene miedo al Wolf, miedo al Wolf, miedo al Wolf,
porque éramos armónicos, bilingües, afinados,
y ella tocaba el piano.
Nos queríamos,
hacíamos el amor
en la cabaña de la abuela
en pleno bosque,
con un cesto de mimbre
sobre la mesa rústica
que le daba a los besos un rumor de buñuelos.
Fui un lobo enamorado
sin instinto de lobo,
un animal de la tercera edad,
manso y tranquilo,
con ojos grandes, tristes, húmedos
las uñas de las garras recortadas
y limpias,
gris y brilloso el pelo,
rojo y acompasado el corazón sin furia.
De paseo una tarde entre los árboles
la niña se quitó la caperuza
y corrió ante el leñador a denunciarme
por bestia, por amor, por gusto, por hastío,
por los motivos que siempre
proporcionan los misterios del alma.
El hombre vino con unos cazadores,
vinieron a matarme,
y a fuego de lupana
me mataron.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de diciembre de 2004