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Reportaje:NARRATIVA | PANORAMA DE LAS LETRAS EN CATALÁN

Voces sin denominación de origen

Novelistas como Baltasar Porcel, Joan-Francesc Mira, Jesús Moncada, Julià de Jòdar o Biel Mesquida son algunos de los protagonistas del actual momento de esplendor que vive la narrativa en catalán. Junto a ellos destaca Quim Monzó, verdadero renovador de unas letras cuya calidad está por encima de consideraciones políticas, sociológicas o identitarias.

En las zonas limítrofes de lo que puede llamarse literatura en catalán hay temporadas donde la locura sin fundamento se adueña del panorama y, en lugar de los hechos consumados con nombre y apellido, vence la polémica demencial: no es demasiado lejana la época donde la virtud y la miseria personal se medían por si uno era partidario de la parataxis o de la hipotaxis. Tampoco cabe extrañarse demasiado: era la herencia evolucionada que dejó otra gran pérdida de energía basada en la disputa entre los favorables al uso literario de bajel (vaixell) o de barco (barco). Entre lo viejo y lo nuevo, eran disputas bizantinas de origen mediterráneo auspiciadas por la pésima educación literaria defendida por aquel PRI catalán llamado Convergència i Unió. Más allá de los absurdos que condicionan la vida fronteriza de las relaciones literarias, y situados ya en pleno dominio de las bellas letras, para conocer el carácter que mueve y motiva el rumbo de la literatura en catalán es necesario citar el tercer absurdo de la actualidad: no hay influencias claras y positivas entre generaciones. Y si no hay lecciones válidas de los maestros es porque lo que triunfa es algo parecido al resentimiento y al miedo a perder el espacio propio en el mapa literario conquistado por cada escritor con tesón, ahínco, y alguna palabra no muy respetable que no merece ni escribirse.

Se desconoce si es por estas

causas que transcurren entre la absurdidad y la sordidez, no se sabe si la razón se halla en cualquier gen loco que pulula entre los Pirineos y las tierras de Alicante, o quizá la explicación se deba al peso de un pasado fértil en obras memorables, pero lo cierto es que la narrativa catalana actual vive un periodo glorioso. Superado el ambiente familiar de resistencia antifranquista, olvidadas las represiones morales del espíritu catalanista, alejada la censura, y aprovechando que ya no se ignora ni se desprecia lo extranjero, la narrativa en catalán de hoy es un ejemplo más de alta literatura civilizada. Aquí sólo figurarán autores que han contribuido decididamente a enriquecer el panorama de la literatura catalana contemporánea. O, mejor dicho aún, escritores que han colaborado en el combate a favor de la literatura a secas y sin denominación de origen. Más allá de la tentación de contemplar la literatura como crónica o de centrarse en la sociología de la literatura, los autores y las obras que se mencionan en estas líneas procuran el goce y la dicha exigible a cualquier escritura que ambicione ser literaria. Hacen también buena la observación de Borges cuando decía que cada vez que se enfrentaba a la página en blanco terminaba por saber de nuevo que su obligación era volver a descubrir en qué consistía la literatura. No toda la gente que escribe se atreve a plantear su oficio en estos términos, pero quien tenga el coraje de conocer los autores que aquí se proponen sabrá que la audacia técnica y verbal aún es posible, y que todavía hay meteoritos caídos de un planeta ignoto que pueden estimular -o lacerar- el conocimiento moral.

Es obligatorio empezar con Baltasar Porcel por su fulgor narrativo, por su ambición imaginativa, y porque ha escrito novelas como Cavalls cap a la fosca (Edicions 62; Caballos hacia la noche, Plaza & Janés) o El cor del senglar (62; El corazón del jabalí, El Aleph) donde la vitalidad del mal se transforma en virtud gracias a la fuerza del estilo. Más cerebral, más contenido, y con mejor equipaje intelectual -pero con menos poderío en el instante de armar una historia-, se encuentra Joan F. Mira: Els treballs perduts (3i4) y Purgatori (Proa / Bromera) son dos muestras excelentes de cómo aunar la peripecia individual con la vida civil y urbana en un escenario decorado con referencias clásicas. Llegados con retraso respecto a su generación hay dos nombres de lectura necesaria: Jesús Moncada porque reivindica en cada novela -Camí de sirga (La Magrana / 62; Camino de sirga, Anagrama), Estremida memòria (La Magrana; Memoria estremecida, Anagrama)- el espíritu de organizar y explicar una historia con principio y final y personajes de carne y huesos. Y Julià de Jòdar porque con su exigencia logra lo imposible: que la complejidad narrativa persuada como un valor imprescindible y necesario: lean, por favor, L'home que va estimar Natàlia Vidal (62; El hombre que amó a Natalia Vidal, Tropismos). Sería una insensatez no mencionar a dos autores más: por un lado, la investigación verbal que Biel Mesquida realiza -Doi, Excelsior o el temps escrit (Empúries; Excelsior, Anagrama)-, dando nuevo sentido a las palabras de la tribu y, por otro, la minuciosidad neorrealista de Emili Teixidor, cuyo Pa negre (Columna; Pan negro, Seix Barral) hay que recordar. Y, aunque le duela, es necesario recordar los textos que el clandestino Josep Palàcios incluyó en el único libro que ha publicado convencionalmente: Alfabet (Empúries).

Sobre Quim Monzó última-

mente se ha escrito demasiado y no siempre se ha dicho lo que importa: que es el mejor y que sin él nadie escribiría como se escribe en estos momentos. Y sobre Miquel de Palol también se suele silenciar una evidencia: con él llegó la novela descomunal, el exceso del verbo y el pensamiento, la exigencia del relato como arquitectura, y la demanda de la atención del lector para que penetre en sus endiablados laberintos argumentales. La compensación al esfuerzo que requiere lo encontramos en Ferran Torrent, un vendaval de aire puro que es a la narrativa en catalán lo mismo que Simenon a la escrita en francés, o en Albert Sánchez Piñol, que con La pell freda (La Campana; La piel fría, Edhasa), una novela menor de enorme eficacia que mezcla Conrad con Lovecraft, ha demostrado que el best seller puede encontrar su lugar ahora y aquí. Las investigaciones lúdicas de Màrius Serra y Vicenç Pagès, las novelas maniáticas de Imma Monsó, los relatos domésticos de Jordi Puntí, las aventuras salvajes de Jordi Cussà, y las raras perfecciones de Núria Perpinyà nos llevan al final de los nombres imprescindibles que hay para leer: el minimalismo sórdido de Toni Sala, los artefactos helados que son los cuentos de Pere Guixà, y el barroquismo de Francesc Serés, en efecto, confirman que el gen loco de la narrativa catalana por ahora no quiere cesar.

Entre la voluntad clandestina de Palàcios, que se inflige autocastigos si su nombre trasciende el ámbito donde habita, y el lícito deseo de fama que persigue Porcel, el abanico de posibilidades con calidad que ofrece la literatura catalana permite acceder a lo único real que importa, a la experimentación de aquel cosquilleo o consuelo mental que sólo proporcionan las obras de arte precisas e inspiradas. Los autores citados son voces contemporáneas que trabajan a favor de la palabra universal y que ayudan a olvidar las espantosas preocupaciones de la vida diaria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de noviembre de 2004