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Análisis:57º FESTIVAL DE CANNES

Magnífico rescate

El actor mexicano Gael García Bernal volvió ayer a ser la estrella de los escaparates de La Croisette -ya lo fue junto a Almodóvar en la noche inaugural de La mala educación- con su inteligente y vivísimo rescate de la figura de Ernesto Guevara, antes de convertirse en la leyenda del Che, en el filme dirigido por el brasileño Walter Salles Diarios de motocicleta. Redondeó la jornada un nuevo alarde de ingenio visual del gran cineasta chino Zhang Yimou, La casa de los puñales voladores.

Es Diarios de motocicleta un limpio, libre y muy bien hecho recuento y resumen de anotaciones escritas por Ernesto Guevara en los descansos y las cunetas de su largo viaje en motocicleta desde su Buenos Aires a los confines del continente suramericano, abierto de par en par a los ojos de un muchacho que de aquel poco conocido viaje sacó raíces morales e intelectuales para otro viaje, éste universalmente conocido y fuente de la leyenda viva del revolucionario Che Guevara, un icono inagotable que acaba de atravesar con su energía intacta la frontera del siglo XXI.

En el año 1952, Ernesto Guevara, estudiante bonaerense de Medicina de 23 años, y Alberto Granado, bioquímico de 29, dieron la espalda a los edredones de su lugar en el mundo en familias acomodadas de la burguesía argentina y se echaron a cuerpo limpio en la enormidad de las distancias de América subidos en una vieja moto Norton, que llamaban La poderosa. El viaje fue una arriesgadísima aventura física, un desafío a la muerte en toda la regla, pero acabó convirtiéndose en algo más que eso: en una aventura imaginaria y en un recorrido moral que conformó la visión de una América unida en el pensamiento y el sentimiento de un muchacho que década y media más tarde, en el último recodo de aquel viaje iniciador, se alzó como una parte esencial de la lucha de América Latina por la conquista de su identidad y su libertad.

La película de Walter Salles alcanza calidades narrativas y analíticas más que notables. Por un lado, define con precisión y con unas pocas pinceladas magistrales el estrecho mundo de la burguesía argentina de donde surge la colosal presencia de Ernesto Guevara. Por otro lado, su estilo es llano, sin caídas en el énfasis y en los subrayados, a los que se presta obviamente el hecho de que el rostro del joven estudiante que encarna Gael García Bernal, el espectador tiende instintivamente a adosar los rasgos del icono universal en que acabó convirtiéndose el personaje que el actor mexicano construye con admirable llaneza y mucho talento.

Además, logra Salles un buen engarce y una muy apretada síntesis de las anotaciones de Guevara durante su viaje, que son la materia de fondo que alimenta al excelente guión de Diarios de motocicleta. Y extrae de estas anotaciones no sólo un relato y una atmósfera dramática, sino algo más y de gran calado: la inquietante vigencia de lo que ocurre en el filme, que Walter Salles expone con palabras diáfanas: "Mi primera impresión fue que la mayoría de los problemas estructurales y sociales que golpearon los ojos de Ernesto en su viaje no han sido resueltos. Hay en el hilo de mi itinerario lo esencial de lo que sentí leyendo los testimonios escritos por Guevara. La gran sorpresa es la constatación de que estos cuadernos de anotaciones son modernos, contemporáneos, signo de que las realidades sociales y políticas de la cultura latinoamericana han cambiado poco en el medio siglo transcurrido".

Gael García Bernal y la extraordinaria réplica que le da Rodrigo de la Serna logran dar una contagiosa viveza y una apasionante inmediatez a la aventura. Hay condición de hombres vivos, de gentes de ahora mismo en los dos personajes. Lo que les ocurre son sucesos rigurosamente de hoy. Su camino sigue siendo recorrido, está todavía abierto. Y esto finalmente es lo que dispara hacia arriba Diarios de motocicleta, que es un relato sobre las raíces de la leyenda del Che, pero también sobre la persistencia de las razones que hicieron posible esa leyenda.

En los antípodas está La casa de los puñales voladores, en la que el maestro chino Zhang Yimou prolonga su diversión de Héroe y vuelve a moverse en las tortuosas bambalinas de la China medieval, en el año 859 y bajo el poder de la dinastía Tang. Juega el cineasta a crear impactos visuales inesperados y prodigios plásticos que producen asombro. Pero es en la segunda mitad del filme, cuando comenzamos a olvidarnos de las deliciosas estampas que mueve el filme, cuando éste salta bruscamente hacia arriba, hacia el desmelenamiento emocional. Surge entonces el Zhang Yimou romántico que sitúa a la hermosa y magnífica actriz Zhang Ziyi -que él descubrió y formó: hoy convertida en máxima estrella del cine chino- en la picota de una nueva metáfora de gran gesto y hermosa retórica visual.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de mayo de 2004