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Análisis:57º FESTIVAL DE CANNES

Un profeta fuera de su tierra

Sorprende ver en Cannes, durante estos días, cómo en la angostura de un kilómetro cuadrado escaso se comprime todo el cine del mundo. Los sueños y los libros de cuentas hacen aquí causa común y, sin que sirva de precedente, el negocio y la imaginación cinematográficas fingen que se llevan bien, que coinciden en recuerdos comunes, que son frutos complementarios del mismo berenjenal. Y, por poner un caso entre muchos, que el estruendo de Troya es flanqueado, sin que nadie lo considere un disparate, por el sigiloso paso de una música fílmica de Abbas Kiarostami y de un teorema visual de Godard.

Rarezas así se producen estos días en la proverbial abundancia de subrealidad de Cannes. Pero este año reina en esta capital del cine una paradoja que sólo los ojos españoles abarcamos en todo su alcance: es Pedro Almodóvar quien tira del tinglado y mueve el carro de este inabarcable suceso, sin duda el mayor de cuantos pone en marcha la loca fertilidad de la industria y el comercio de ficciones cinematográficas. La figura de Almodóvar se ha apoderado tanto de las fachadas de Cannes, donde su rostro es la estrella, como de los pasillos y laboratorios de la alquimia cinéfila, donde su presencia es igualmente arrolladora.

Los derroches iconográficos, como la enorme fotografía del cineasta que casi cubre una pared lateral de la alcaldía de Cannes, son el golpe más chocante y espectacular de una conquista que tiene en sus zonas calladas argumentos de más contundencia y calado, sobre todo en el dominio por Almodóvar y su cine del diluvio de periodismo visual y escrito que cae estos días sobre Cannes hasta casi aplastarlo. Se enciende una televisión y no tarda en oírse el nombre del cineasta. Se echa una mirada al panel que los quioscos de prensa ofrecen a las docenas de publicaciones especiales que nacen del festival y lo escoltan; y en todas ellas Almodóvar es el primer reclamo, el fetiche, la presencia identificadora.

Se nota que no está en su tierra este profeta. Todavía en España se suele asociar a Almodóvar con alguien que suena más a un gracioso casero que a un talento universal. Hay gente de su oficio que todavía se permite perdonar la vida a este singular maestro del cine español, admirado en todo el mundo e incluso venerado hasta el desbordamiento en lugares como éste, ciertamente propicios a la exageración. La mala educación obtiene estos días aquí el tratamiento de celuloide mimado y destinado, antes o después, a ser mirado con lupa. Ya lo está siendo, pues han saltado ya a la luz algunas respuestas críticas a la película, y las hay de muy alto calibre profesional, ese tipo de comentarios críticos cuya seriedad y solvencia impregna y ennoblece la película criticada. Pero habrá que esperar unos días para ver hasta dónde llegan los primeros ecos futuros de esta notable película.

La acogida a La mala educación en la sesión destinada a la prensa internacional fue silenciosa. No hostil, sino más bien tibia. Más que fría, perpleja. Es probable que decepcionara a espectadores que buscaban en ella chistes y gracias que no tiene. Porque La mala educación no es, en palabras de un comentarista francés, un filme negro, sino negrísimo. Y habría que añadir que áspero, abrupto, inconfortable. Es cine noble y elevado, pero no es cine cómodo. Y esto, que vulnera una ley del comercio fácil de películas, se percibió ayer en la proyección ante 2.000 o 3.000 periodistas que trasladarán a todo el planeta sus vibraciones, sin duda muy contradictorias, ante una pantalla al mismo tiempo fascinadora y perturbadora. Desde muy dentro de La mala educación salta, tras Almodóvar, a la punta de lanza de esta edición de Cannes el actor mexicano protagonista, Gael García Bernal, que volverá al escaparate el miércoles próximo subido, en Diarios de motocicleta, a la moto con que un tal Ernesto Guevara recorrió América antes de que alguien le llamara Che. Y ya se ve en el de García Bernal un relevo en el rostro identificador de este Cannes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de mayo de 2004