Editorial:Editorial
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Tanques contra la paz

Ariel Sharon quiere ganar posiciones antes de que Bush haga pública la hoja de ruta hacia la paz entre israelíes y palestinos. La crudeza del ataque con tanques contra el campo de refugiados de Rafá, en Gaza, así lo demuestra. Cinco palestinos, entre ellos un cámara de televisión al que le alcanzó una ráfaga, y un fotógrafo militar israelí han muerto en este último episodio de violencia que ha dejado 70 heridos, mujeres y niños incluidos. El ataque israelí no sólo ha llevado a destruir algunos de los túneles que permiten el contrabando de armas con Egipto, sino también ocho casas, entre ellas la de un jefe local del movimiento Hamás. Desde septiembre de 2000, esta segunda Intifada y la represión israelí han llevado a la muerte de más de dos millares de palestinos y de siete centenares de israelíes. El ciclo de la violencia no parece tener fin.

Israel sabe que, acabada la guerra de Irak que ha mejorado su situación estratégica, se le agota el tiempo, salvo que le vuelva a ayudar el incombustible Arafat. Bush ha prometido publicar, en cuanto la Autoridad Nacional Palestina haya procedido a la investidura del nuevo Gobierno de Abú Mazén como primer ministro, el plan elaborado por el cuarteto (EE UU, la UE, Rusia y el secretario general de la ONU) para llegar paso a paso a un Estado palestino independiente en 2005.

El nombramiento de Mazén y su Gobierno es un intento, apoyado por Washington y los europeos, de aislar a Arafat, relegándole a ejercer como una figura de referencia, sin poder real. El presidente palestino se resiste, y por ello libra un pulso con Mazén en torno a la principal cartera, la de Interior. Arafat quiere que se mantenga su leal Hani al Hasán, y Mazén, que ha amenazado con dimitir de no lograr su propósito, apuesta por Mohamed Majlán, antiguo jefe de la Seguridad Preventiva en la franja de Gaza, apreciado por los europeos, pero para el presidente palestino demasiado próximo a la CIA. No es sólo un pulso de personalidades, sino de concepciones. Arafat exige que antes de aplacar la violencia palestina -promesa que no puede cumplir pues no la controla plenamente-, ceda la represión israelí. Mazén, por lo contrario, es partidario de "desmilitarizar" la Intifada. Y Sharon, que pare completamente la Intifada y el terrorismo, sin precisar durante cuánto tiempo antes de empezar a hablar.

De no haber Gobierno palestino el miércoles, Arafat tendrá que designar un nuevo primer ministro, lo que retrasaría todo el proceso y constituiría un nuevo golpe a la perentoria necesidad de recuperar el diálogo para una paz entre israelíes y palestinos. Es quizás lo que busca Arafat, consciente, además, de que, con elecciones presidenciales en EE UU en el horizonte de noviembre de 2004, Bush tiene poca capacidad de maniobra para imponer una paz a Sharon.

Éste, que habla de las "decisiones dolorosas a tomar", en referencia a la retrocesión de algunos asentamientos aislados en territorios ocupados, ya ha expresado que tiene numerosas objeciones a la hoja de ruta, aunque si hace unos meses eran más de un centenar, ahora se han reducido a una quincena. Ningún plan funcionará sin concesiones mutuas y simultáneas, apoyadas por medidas de creación de confianza. Ayudaría a ello la puesta en libertad de una buena parte de los más de 7.200 palestinos detenidos en cárceles israelíes. Por el contrario, usar tanques contra poblaciones civiles, como en Rafá, es una manera de alimentar la Intifada, dificultar toda futura negociación o imponer unos términos que llevarán a una Palestina independiente pero demediada.

Son momentos decisivos para Oriente Próximo. La estabilidad de la zona depende más de lo que ocurra entre israelíes y palestinos que del resultado de la guerra de Irak, aunque ésta cambie la ecuación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 20 de abril de 2003.

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