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CEREMONIA DE ENTREGA DE LOS NOBEL 2002

El individuo irredento

Cuenta Imre Kertész, quien ayer recibió feliz un Premio Nobel con el que jamás había soñado -a diferencia de tantos otros escritores que lo esperan año tras año- que decidió ser escritor un día allá por el año 1955, poco después de morir Stalin, cuando caminaba por un pasillo oscuro de un edificio anónimo de Budapest y oyó detrás de él los pasos uniformes, anodinos, de un grupo que le seguía a poca distancia. No miró hacia atrás, sino que hizo un esfuerzo por imaginarse a los individuos que iban detrás de él. Los vio como gregarios, conformistas, sin memoria y resignados. Se dio cuenta de que eran exactamente lo que él jamás querría ser. Se apartó de inmediato a un lado y los dejó pasar de largo hasta perderlos de vista. "Ese día me convertí en escritor".

Escribe sobre el horror sin miedo y sobre la maldad y la belleza sin sentimentalismo

Hacía entonces diez años desde que había regresado a Hungría, su país natal, que nunca patria, de su peregrinaje por tres campos de exterminio, Auschwitz, Zeitz y Buchenwald. Y llevaba ya ocho viviendo bajo otro régimen totalitario, de muchas similitudes con el que había exterminado a su familia y a él lo había dejado vivo poco menos que por falta de organización. El régimen nazi había sucumbido en doce años, pero el comunista se prometía por entonces para la eternidad. Pero Kertész se salió de la fila, del paso anodino decretado y comenzó su íntima rebelión contra todo aquello que había adivinado en los pasos anónimos y su triste ritmo. Comenzó a escribir y a recordar, cada vez con más fuerza. Empezó, ya como un adulto de 26 años, a diseccionar sus pasadas vivencias en el infierno, que observó con los cándidos ojos de un chico de catorce años, y a escrutar las presentes en el purgatorio que era aquel régimen que combinaba estulticia, sumisión y crimen, mentira e incompetencia.

Quince años estuvo escribiendo su primera obra, la que finalmente le lanzaría muchos años más tarde a la fama, Sin destino. En esos años se deshizo de toda tentación a resignar y renegó para siempre de la amargura que atenazó las vidas de tantos supervivientes del holocausto. Se casó con Albina, otra judía húngara que también había dejado atrás en Auschwitz a toda su familia. Albina murió de cáncer, pero él siguió escribiendo, sin resignar, y encontró a su actual mujer, que había vuelto a Hungría de Estados Unidos, adonde había huido con su familia tras la revolución de 1956.

Kertész escribe desde la "zona cero" de la humanidad, desde ese fondo infinito que se tragó, en grandes campos con chimeneas rodeados de torretas y alambre de espino, como dice él, todas las conquistas de la Ilustración. El hombre, en su absoluta arrogancia, había creído que su acercamiento a lo bueno, bello y auténtico era irreversible. Y tuvo que llegar el siglo XX para demostrarle lo vanas que eran esas ilusiones. El conocimiento de la capacidad del ser humano de acometer -como un ejercicio más en la banalidad de la existencia- el mal absoluto cambió el mundo. Cambió la visión que la humanidad tiene de sí misma y cambió todas las manifestaciones con vocación de trascendencia como el arte y la literatura. Quien busque conocimiento sobre el ser humano tiene que intentar sumergirse, guiado por la memoria de los supervivientes, en las grutas del horror porque es en ellas donde se descubren ciertas esencias muy humanas que antes del holocausto jamás nadie siquiera supo imaginar. Los infiernos eran antes patrimonio de los dioses hasta que seres humanos muy normales, incluso mediocres, supieron arrebatarles el monopolio. Desde entonces nada puede ser igual, como dijo Theodor Adorno poco después de abrirse los campos de exterminio. Hoy que las víctimas supervivientes y los verdugos van muriendo y los testigos son menos cada día que pasa, la literatura de Kertész es una maravillosa guía de memoria que explica por qué nada en el mundo puede volver a ser como fue antes de lo que sucedió. Porque pasó y nada puede recomponer la civilización de la inocencia.

En Sin destino, el Kadish o Fiasco, escribe sobre ese horror sin miedo y sobre la maldad y la belleza sin sentimentalismo. Siempre solo en su afán por interpretar la naturaleza humana, por buscar en sus relatos otros ángulos que reflejen, no expliquen, lo inexplicable. Ayer este judío no judío, este húngaro no húngaro, este individuo que abandonó el ritmo del paso monótono en su terca lucha contra la resignación propia y ajena y ha sabido ser feliz haciendo literatura, era más feliz que nunca porque sabía a la memoria de quiénes dedicar este su gran triunfo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de diciembre de 2002