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50º FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

Javier Bardem alcanza la genialidad en una magnífica película de Fernando León

Concursa un áspero dramón islandés, y Zabaltegi recupera una admirable película británica

San Sebastián
Con una gran ovación fue acogido ayer el tercer largometraje de Fernando León, Los lunes al sol, primera película española a concurso en la sección oficial. Protagonizada por Javier Bardem, el filme narra cómo pasan sus días un grupo de parados en el norte de España. Por otro lado, anoche se entregó el primero de los tres premios Donostia de este año al estadounidense Dennis Hopper, quien, a sus 66 años, asegura que tiene la sensación de que todavía no ha dirigido su gran película ni interpretado su gran papel. Mientras Hopper recibía el homenaje del festival, su colega la actriz Jessica Lange aterrizaba en la ciudad y se preparaba para recoger el siguiente Premio Donostia, mañana miércoles.

Desde que en 1994 ganó aquí el premio al mejor actor por Días contados, cada nueva aparición en la pantalla del actor español Javier Bardem ofrece inesperados y desconcertantes rasgos inéditos de sus (parece que inagotables) recursos interpretativos. Ayer, en la excelente Los lunes al sol, película escrita y dirigida por Fernando León, que logró una gran notoriedad con Familia y Barrio, Bardem rompe con asombrosa facilidad los bordes de la pantalla en una interpretación de gran vuelo, que añade un toque de genialidad individual a un vibrante y hermoso filme que contiene un magnífico trabajo colectivo.

Es Los lunes al sol una película de gran distinción, un vigoroso relato de apariencia lineal, pero de esos que bajo su aparente sencillez aprietan por dentro cuestiones mayores de la vida de la gente en cualquier lugar del mundo. El filme cuenta la vida cotidiana, filmada en escenarios naturales de Vigo, de unos obreros en paro que flotan a la deriva sobre las aceras estancadas y las aguas quietas de su ciudad, sin encontrar salida al atolladero en que sobreviven.

Apoyada en el armazón de un guión diáfano, que roza la perfección, bellamente escrito y que maneja el gran trazo con el tacto delicado de la pincelada de un miniaturista, la cámara de Fernando León sigue con precisión el itinerario circular hacia ninguna parte, el paseo errante y desquiciado de unos hombres en conflicto con su mundo, su viaje cotidiano por las rutas del absurdo, su dar vueltas a diario alrededor de un eje de nada. Porque nada les sucede a esta gente, y este su nada sucederles es en ellos una forma enérgica y devastadora de suceso, una desventura convertida en aventura.

Es Los lunes al sol una película movida por una fortísima capacidad liberadora y por un incontenible flujo de gracia. Divierte, emociona, libera, embauca, hace reír, crea solidaridad, despierta las raíces de la amistad y la simpatía, el infortunio de estas gentes expulsadas de sus raíces y sin conexiones con la norma de la sociedad en que flotan sin destino. Destilan vivísimas negruras de humor las imágenes, los comportamientos y las palabras con que esta inteligente película envuelve a su bella gente. Y del centro de ese chorro de negro y doloroso humor salta una figura de fuerza arrolladora, dotada de genial capacidad de arrastre y de contagio, un Javier Bardem que -sin esfuerzo aparente, pero con un primoroso juego de minucias invisibles por detrás de la formidable y sutilísima composición de su personaje- tira de la pantalla hacia arriba y hace volar a este pedazo de tierra universal arrancado de nuestro asfalto. Y son palabras mayores las del reparto de empujes creadores en esta obra, que está maravillosamente urdida por León y es movida por un gran reparto galvanizado por el genio interpretativo de Bardem.

Lo que en Los lunes al sol es calma y elegancia de esa dinamita moral y artística que no hiere sino que acaricia, se convierte en una aparatosa explosión de pólvora mojada en el tremebundo dramón familiar El mar, una hoguera de feroces pasiones desatadas procedente de la gélida Islandia. Es una película muy bien interpretada y realizada con solvencia por Baltasar Kormákur, del que conocemos en España la excelente 101 Reikiavik. Tiene dentro un trabajo serio, pero atacado por un patetismo demasiado gritón, que podría aprender mucho de la capacidad para expresar dolor sin estruendo de All or nothing, una nueva obra maestra del británico Mike Leigh, que saltó aquí desde el festival de Cannes, donde no se llevó los premios que para ella se anunciaban, pero que salió fortalecida de aquella injusticia. Es una película importante no sólo por lo que deja ver, sino, sobre todo, por lo que esconde bajo las evidencias:un refinado trabajo de construcción colectiva del guión y un encaje del grupo de portentosos intérpretes que roza lo sublime.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de septiembre de 2002