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América no olvida

Los norteamericanos rinden homenaje a sus víctimas en una jornada pacífica y dolorosa

"Gordon M. Aaamoth. Edelmiro Abad. Maria Rose Abad. Andrew Anthony Abate...". Rudolph Giuliani, que el 11 de septiembre de 2001 era alcalde de Nueva York, comenzó a leer la letanía de 2.801 nombres a las 8.47. Antes, a las 8.46, la hora en que el primer avión chocó contra la Torre Norte, se había guardado un minuto de silencio. La zona cero, el solar donde se había alzado el World Trade Center, era una laguna de calma y lágrimas breves mientras vecinos de Nueva York como el secretario de Estado, Colin Powell, la senadora Hillary Clinton y el actor Robert de Niro seguían recordando nombres, hasta completar la lista de 2.801 víctimas. Los desaparecidos fueron los protagonistas de una jornada emotiva y pacífica, un peregrinaje doloroso.

La zona cero fue el epicentro de las conmemoraciones. Allí estalló el primero de los cuatro aviones secuestrados y allí se produjo la mayor tragedia: 2.801 vidas perdidas, todo un paisaje físico y sentimental perdido para siempre. Pero la memoria se detenía también en otros lugares. Como el Pentágono, donde murieron 184 personas y donde ayer, en presencia del presidente George W. Bush, se desplegó una inmensa bandera sobre el edificio recién reconstruido. Y como el campo de Shanksville, un pueblecito de Pensilvania con sólo 250 habitantes, en el que se estrelló el vuelo 93 de United Airlines con 40 personas a bordo. En total, 3.025 muertos.

Quizá en Shanksville, lejos de las cámaras, sin otros testigos que algunos lugareños que vieron caer el avión en picado, se produjo el acto más heroico y desinteresado del 11 de septiembre de 2001, una jornada abundante en valor y generosidad. Nunca se sabrá con certeza qué ocurrió a bordo del vuelo 93, pero todo indica que unos cuantos pasajeros se rebelaron y provocaron un accidente sobre un descampado, evitando una tragedia mayor en Washington, a donde se dirigían los secuestradores. Los 40 tripulantes y pasajeros se desintegraron. Cuando llegaron los equipos de rescate, no había más que polvo de metal y humanidad sobre el prado y el bosquecillo cercano. Los árboles fueron talados y enterrados como cadáveres. La de Shanksville fue una ceremonia reservada a medio millar de familiares y amigos de las víctimas, sencilla y especialmente emotiva. Bush no asistió a ella. Se limitó a acudir al lugar más tarde, a media mañana, para depositar una corona de flores.

Las ceremonias habían comenzado, en realidad, el martes por la noche. En Shanksville hubo una pequeña vigilia. Y en Nueva York se recordó con gaitas a los cientos de bomberos y policías que perdieron la vida. Los funerales con gaiteros son una vieja costumbre de los cuerpos uniformados neoyorquinos. Ayer, a primera hora de la madrugada, cinco columnas de gaiteros salieron a pie desde lo más profundo de los cinco barrios de Nueva York, Manhattan, Brooklyn, Queens, Bronx y Staten Island, y caminaron toda la noche para llegar a la zona cero con las primeras luces de la mañana. Bomberos, policías y gaiteros ya estaban allí cuando el alcalde, Michael Bloomberg, pidió el primer minuto de silencio: "Hoy somos de nuevo una nación en duelo. Hoy de nuevo dirigimos nuestras mentes y corazones hacia aquellos que perecieron en este lugar, hace un año". A las 9.03, el momento del segundo impacto, se volvió a hacer el silencio.

Nueva York había despertado bajo un cielo azul intenso, tan hermoso como el que resplandeció sobre la tragedia. Hacía más viento que entonces y era especialmente intenso, como de costumbre, en la orilla del Hudson y sobre el vacío de la zona cero. Miles de banderas con barras y estrellas ondearon todo el día.

Las páginas de The New York Times contenían un mensaje del presidente Bush: "La terrible luz de aquellos acontecimientos trajo consigo una nueva claridad sobre el papel de América en el mundo. Tenemos la mejor oportunidad en generaciones de construir un mundo en el que los grandes poderes cooperen en paz, en vez de prepararse continuamente para la guerra". A pesar del mensaje, Bush prometió en el Pentágono la victoria en la guerra o guerras contra el terrorismo. El ambiente del país, sin embargo, no era belicista. Las batallas futuras quedaron, por unas horas, en segundo plano.

No hubo más violencia, pese a las amenazas de nuevos atentados. Se tomaron muchas precauciones, como el ocultamiento del vicepresidente, Dick Cheney, en un lugar secreto y el cierre de varias embajadas y grandes medidas de seguridad como el despliegue de misiles antiaéreos alrededor de Washington y el vuelo de cazabombarderos sobre las 10 mayores ciudades del país. A ello se añadió la tensión de la "alerta Delta", la máxima alarma militar extendida a todas las fuerzas estadounidenses en Asia. Todo quedó en una nueva dosis de cautela en un país que desde hace un año se sabe vulnerable.

Hubo cientos de pequeñas conmemoraciones hermosas. El pequeño monumento dedicado en la aldea de Wilmot (New Hamp-shire), a Thelma Cuccinello, una vecina de 71 años que viajaba en uno de los aviones; las palomas blancas soltadas sobre Reno (Nevada); la ceremonia con que en Lincoln (Nebraska), se recordaron los atentados y a la vez se concedió la ciudadanía a 20 inmigrantes... Incluso Wall Street hizo su contribución: la Bolsa, que se abrió con casi dos horas de retraso, registró una fuerte subida puramente emotiva, sin fundamentos racionales.En Nueva York, la primera fase del recuerdo se cerró a las 10.28, la hora en que se desplomó la segunda torre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de septiembre de 2002