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Editorial:

El manual de Sharon

El primer ministro israelí ha jaleado como gran éxito el asesinato mediante un misil del jefe militar de Hamás, aunque el cohete del F-16 israelí se llevó por delante la vida de otras 14 personas que vivían en el mismo bloque de apartamentos de Gaza, incluidos nueve niños. Hay centenares de heridos. Decenas de miles de palestinos, a los que difícilmente se puede imputar colectivamente la condición de terroristas, pedían ayer venganza a cualquier precio durante el sepelio de las víctimas del ataque nocturno, condenado enérgicamente por el secretario general de la ONU, por la Unión Europea y hasta por la Casa Blanca, que juzga que a Ariel Sharon se le ha ido la mano. El ciclo de violencia se retroalimenta ante la pasividad de algunos y la impotencia de los más.

Hace mucho tiempo que a Sharon se le han ido de la mano los acontecimientos. El viejo general que dirige los destinos de Israel sigue siendo desde hace 25 años un hombre unidimensional, especializado básicamente en destruir. En el año y medio que ocupa el poder, su guión, ausente de planteamientos políticos serios, ha consistido en responder militar y exponencialmente a los ataques palestinos. El correlato es que las posibilidades de paz han retrocedido a la misma velocidad a la que aumenta la sangre derramada, y que los moderados de ambas partes han sido reducidos a la marginalidad.

La miopía de Sharon, lejos de frenar la violencia contra los suyos la alimenta con mecanismos cada vez más perniciosos, se trate del sojuzgamiento económico indiscriminado de los palestinos, de las demoliciones de casas de supuestos o confirmados terroristas o de las anunciadas deportaciones de sus familiares.

Es cierto que el abominable terrorismo suicida palestino está logrando lo contrario de lo que pretendía. Ha conseguido que Washington se alinee con Sharon hasta el punto de bendecir implícitamente la hasta hace poco impensable reocupación militar de Cisjordania o que haga la vista gorda sobre la gravísima e incesante expansión de los asentamientos israelíes. Incluso el plan de paz esbozado por Bush tiene la cualidad singular de exigir de Arafat reformas y concesiones severas antes de que Sharon mueva un dedo en la dirección correcta.

Pero en esta inacabable tragedia colectiva no se puede ni se debe olvidar que sólo uno de los antagonistas, Israel, tiene medios militares, políticos y económicos suficientes para doblegar al otro, además de la práctica bula occidental derivada de las aciagas circunstancias históricas que precedieron a su nacimiento como nación. Y en nombre de nada Israel está legitimado para trasladar a otros inocentes una parte del sufrimiento que fue infligido a los suyos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de julio de 2002