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Editorial:

El capital de Uribe

Con la elección presidencial de Álvaro Uribe por mayoría absoluta en la primera vuelta, los colombianos han votado por una política de mano dura frente a la violencia. Es un giro radical frente a la elección de Andrés Pastrana cuatro años atrás y su estrategia de negociación con las FARC, aunque lo primero que ha hecho el presidente electo ha sido ofrecer diálogo a los grupos armados si aceptan una tregua total.

Uribe no tiene empacho alguno en que Colombia siga recibiendo ayuda de EE UU en su lucha contra la guerrilla y el narcotráfico, y, sin duda, se alejará aún más de su vecino venezolano Hugo Chávez, cuyo compadreo con las FARC no gusta ni en Bogotá ni en Washington. Lo que no podrán Tirofijo y otros dirigentes de la guerrilla es seguir usando el señuelo de la negociación para reforzarse mientras siguen matando y secuestrando. Uribe los conoce bien: su padre fue asesinado por las FARC y su vicepresidente, Pacho Santos, secuestrado por ellas.

Con casi el 53% de los votos, Uribe ha obtenido un capital político de amplio espectro. Las dificultades que tiene por delante son enormes. Necesitará al Partido Liberal oficial y a otras formaciones para que el Parlamento -que quiere reducir por referéndum a 150 escaños- apruebe sus proyectos, especialmente el aumento del gasto de defensa y seguridad en un tercio, la duplicación de soldados y policías y la creación de una cuestionable red de un millón de informadores ciudadanos para la lucha antiterrorista. Estos planes habrán de ser financiados con un dinero que difícilmente se puede sustraer de otras partidas cuando Uribe quiere aumentar también el escaso gasto social. No lo tiene fácil para hacer frente a grupos guerrilleros que suman unos 20.000 hombres armados, además de 10.000 paramilitares y nutridas bandas de narcotraficantes capaces de corromper las raíces del sistema. A título de ejemplo, baste decir que 1.300 personas permanecen hoy secuestradas en el país, entre ellas la candidata presidencial Ingrid Betancourt.

Colombia está necesitada de autoridad. Éste es el sentido central del voto, que ha dejado en segundo lugar al candidato liberal oficial Horacio Serpa, con un 32% de los sufragios, y por primera vez ha permitido emerger con un modesto 6% a un Luis Eduardo Garzón que representa a una izquierda moderna y no vinculada a la guerrilla. La elección de Uribe, que asumirá su cargo en agosto, debería abrir una nueva etapa. Colombia no se merece más decepciones, sino lo que promete Uribe: reconciliación y desarrollo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de mayo de 2002