Reportaje:

Repaso a la ciencia desde la Iglesia

El portavoz del Vaticano en el Comité de Bioética de la UE defiende el uso de células madre adultas en investigación

El aborto, que es un clásico, y la eutanasia activa, que ha cogido fuerza recientemente, son debates que se reabren periódicamente al ritmo de los vaivenes políticos y en los que la Iglesia católica no quiere quedar al margen. Pero hay otros más técnicos y espinosos, como la clonación humana, la modificación genética o el uso de las células madre embrionarias, que han surgido casi de repente como efecto colateral de la vorágine con la que avanza la ciencia.

Sobre éstos, el Vaticano también quiere arrojar algo de su 'tradición social, histórica y filosófica', según explica el sacerdote dominico Axel Calberg, sueco de 43 años aunque mexicano de nacimiento, y representante del Vaticano en el Comité de Bioética del Consejo de Europa. Calberg imparte en Valencia desde el martes un ciclo de conferencias (la última, Modelos para repensar la idea de la dignidad humana, esta tarde a las 19.45 en la Fundación Bancaixa), organizado por la Càtedra Tres Religions de la Universidad de Valencia, en los que pretende explicar la posición de la Iglesia, que 'puede contribuir al debate laico sobre la utilización de la ciencia en la medicina'.

La Iglesia es categórica, por el mismo motivo que con el aborto, en su oposición al uso de embriones en investigación porque ya lo era desde un principio a la fecundación in vitro. Su postura se ampara, según Calberg, en un clásico de su doctrina: la encíclica Humanae vitae, de 1968, 'muy controvertida' porque fue en la que se dijo que los métodos anticonceptivos no eran acordes a la enseñanza de la Iglesia, y en la que también se afirmó que debía haber 'una asociación intrínseca entre la fecundación y la sexualidad'. 'Aunque entonces parecía algo absurdo', explica el sacerdote, 'el desarrollo de la bioética ha demostrado que el Papa había visto que allí había algo importante: si se separa la fecundación y la sexualidad hay un riesgo de que se cosifique la vida humana'. Bajo estas tesis el Vaticano se opone al uso en investigación de los embriones humanos congelados que tras años de espera han quedado descartados para la fecundación.

No obstante, Calberg, necesariamente ducho en cuantas técnicas novedosas le salen al paso, defiende el uso de células madre (células humanas indiferenciadas que pueden cultivarse indefinidamente en laboratorio). Pero sólo de las células madre adultas, las obtenidas de órganos de un individuo. Por contra, el uso de las células madre de embriones 'plantea los grandes temas de la identidad del ser humano, de cuándo comienza la vida humana y la vocación de la medicina'.

Bajo la doctrina de que 'la vida humana comienza en el momento de la primera división del cigoto' (en un clon no hay fecundación), la Iglesia también se opone a la clonación, tanto la terapéutica como la reproductiva. En el primer caso, aunque dé lugar a una persona, porque se niega al ser así formado la individualidad: 'Se le roba la filiación, el clon no tiene padres, es el gemelo del donador'. Además de que la clonación 'implica peligros médicos' aún poco valorados. En el segundo, porque afecta a 'un ser humano, aunque no se le deje desarrollar más allá de los 14 días'.

El Vaticano apoya las terapias génicas siempre que no modifiquen el genotipo del individuo y su descendencia. Y en cuanto a la eutanasia, práctica prohibida 'por la tradición hipocrática en el siglo IV antes de Cristo', es 'contraria al fin de la medicina'. Cree que impide desarrollar el cuidado de los pacientes terminales. Y pone como ejemplo Holanda, con la legislación más permisiva con la eutanasia: 'Es el país más retrasado en medicina paliativa'. En ese sentido, argumenta que la Iglesia da vía libre al uso de todo tipo de analgésicos aunque haya peligro de acortamiento de la vida. Pero cree que el argumento de que el paciente tiene derecho a su autodeterminación en muchos casos está desvirtuado por la pérdida de capacidades y por la influencia de médicos y familiares.

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Calberg explica que la ciencia avanza, como ocurre con los conductores imprudentes, sin ser consciente de la velocidad que lleva. Pero a la luz de la historia, que a su juicio ha dejado atrás la esclavitud, las guerras de religión, la discrinación de la mujer y la desigualdad entre los hombres, ve un futuro halagüeño: 'La conciencia moral humana se ha desarrollado positivamente'.

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