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GUERRA CONTRA EL TERRORISMO | En el corazón del antiguo feudo talibán

El presidente provisional media entre las tribus pastunes e impone la paz en Kandahar

Karzai: "En tres días llegará el dinero americano. Cada comandante recibirá lo suyo"

Ayer había dos poderes en Kandahar. A un lado, como en un ring, el jefe pastún Gul Agha, hombre de cuerpo pesado. Llegó a Kandahar el sábado, un día después de que los talibanes abandonaran la ciudad; lo primero que hizo fue ocupar el inmenso edificio que ya habitó como gobernador de Kandahar antes de que llegaran los talibanes. Al otro lado, el futuro presidente afgano, el elegante Hamid Karzai, que ha pacificado a las tribus pastunes.

El jefe pastún Gul Agha sólo sabe decir en inglés thank you. A juicio de sus detractores, se ganó fama de corrupto en sus tiempos de gobernador. En la otra esquina de la ciudad, como en un ring, permanece aún a la espera de marcharse a Kabul mañana el presidente de Afganistán, Hamid Karzai, un hombre de porte delgado que domina un inglés diáfano. Se hospeda en la antigua casa del mulá Omar, el líder espiritual de los talibanes.

De árbitros actúan 40 jefes pastunes, con los americanos al fondo como directores de escena. Y como espectador de lujo, el comandante Naquib Bulá, a quien los talibanes se rindieron y a quien Karzai quería situar como gobernador de la ciudad. El problema es que Gul Agha también quería ser gobernador. Ayer, Karzai, Naquib Bulá y Gul Agha se reunieron junto a otros jefes pastunes en la casa del gobernador de Kandahar, para ver si llegaban a un acuerdo y nacía la paz. Estaban abocados a entenderse porque a ambos los apoyan los estadounidenses. Pero en Kandahar todo era posible.

"Gul Agha y yo somos amigos. Nunca ha habido peleas", aseguró Karzai. Ambos líderes parecían haberse puesto de acuerdo sobre las versiones oficiales que iban a ofrecer. "La prensa ha dicho que hubo enfrentamientos en Kandahar entre las tropas de Karzai y las de Gul Agha, pero son exageraciones. Sólo hubo un momento de tensión entre dos grupos y en una zona. Y murió uno de nuestros hombres. Pero ya está. Ahora hay paz", declaró un portavoz de Gul Agha.

No había cámaras de por medio. Sólo los enviados especiales de EL PAÍS y del Atlanta Journal Constitution presenciaban la escena. Karzai entró en casa del gobernador. Y uno de sus guardias sacó la pistola y empujó a los hombres de Gul Agha para guardarle la espalda a su jefe. Los de Gul Agha se echaron los rifles al hombro apuntando a los de Karzai. El primer ministro afgano tuvo que poner paz y acceder a que su escolta entrara sin pistolas. Pero la tensión continuaba mientras los jefes tribales deliberaban dentro sobre el futuro de la provincia.

La salida no fue menos espectacular. Gul Agha acompañó a Karzai hasta el coche. Allí le dio dos besos. "Y le dije que quedaba invitado a cenar", declaró a este periódico. Después, Gul Agha, con una escolta de 15 hombres, caminó delante del coche todoterreno de Karzai hasta la cancela de la casa del gobernador. Allí le volvió a decir adiós.

Ahora todos sus hombres se arremolinaron a su alrededor. Querían saber si iban a tener que seguir pegando tiros o no. Entonces se colocó a la puerta de la casa y fue indicando quién entraba y quién no. En principio sólo franqueó el paso a unos cuarenta. Pero, al final, entró un centenar. Primero atendió a seis pastunes que se pusieron en cuclillas delante de él y le dijeron que habían estado luchando contra los talibanes ese mismo día y tenían dos herido.

"¿Quién os ha mandado luchar?", les riñe Karzai en voz alta, como si fueran niños. "Quiero la paz en este país. Los talibanes y los árabes no son más que terroristas. Si respondemos a cada una de sus provocaciones, ¿qué nos distinguirá de ellos? Ahora, traedme a los heridos y que los lleven al hospital. Pero la próxima vez, no vengáis a pedir protección a mi casa".

Luego, se dirige al resto: "No hay que tener prisa. En tres o cuatro días llegará el dinero americano. Cada comandante recibirá lo suyo, los heridos también, y la gente que tenga las casas destruidas. Pero hay que dejar claro que no quiero desorden. Nada de robo de coches ni de comercios. Hay que construir una nación en paz".

Cartas y abrazos

Todos querían darle cartas en las que le pedían cosas, darle un último abrazo. Pero Karzai ya sólo quería reunirse con los líderes más importantes para que presenciaran la entrevista con EL PAÍS. En total, unos 15. "Mire: estos señores de edad son mulás. La lucha contra los talibanes no ha sido sólo política, sino religiosa". Casi todos llevaban en la mano izquierda un rosario, como tantos hombres en Afganistán y en zonas pastunes de Pakistán. A las ocho y media, la entrevista se suspendió para oír la emisora pastún de la BBC, que comentaba el acuerdo.

Después, el portavoz de Gul Agha, Khalid Yusuf, explicó los secretos del acuerdo firmado con Karzai. "Naquib Bulá no sólo ha renunciado a ser gobernador, sino también a ser segundo comandante de la región. Ha dicho que está demasiado viejo. Karzai no ha podido imponer a su hombre porque sabe que, en realidad, Gul Agha es el único que tiene la legitimidad para serlo. Lo cierto es que Karzai es un hombre de la Alianza del Norte. Ellos controlan casi todo Afganistán, pero nunca nos van a controlar a los pastunes. Han elegido de presidente a un pastún, pero no a nuestro pastún. Nosotros preferíamos un uzbeko. ¿Quiénes son las gentes de la Alianza? Los mismos que apoyaron a los rusos durante los años en que ellos mataron a más de dos millones de pastunes". Entonces, ¿por qué tantos besos en la despedida entre Gul Agha y Karzai? "Sólo por el bien de nuestro país", respondió Yusuf.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de diciembre de 2001