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Tribuna:DESAPARECE EL GRAN HISTORIADOR DEL CASTELLANO

Un maestro exacto

Dámaso Alonso calificó de exacto el magisterio de Rafael Lapesa y lo fue de manera incomparable en el ejercicio del saber y de la vida. No le conozco desfallecimiento alguno durante el más de medio siglo en que he sido testigo de ese doble ejercicio. Ya había terminado mis estudios cuando obtuvo su cátedra; no fui, pues, su alumno; después, sí, su discípulo, y con qué fervor, como todos cuantos, sin excepción, hemos seguido el rumbo filológico. Porque cada palabra suya sobre la lengua y la literatura españolas era -es- de certeza y claridad absolutas, en la línea trazada por quienes fueron sus guías: Menéndez Pidal, Américo Castro y Navarro Tomás. Sin embargo, con ser importantes sus libros sobre puntos esenciales de su ciencia -la aún imprescindible Historia de la lengua española, la apertura de perspectivas nuevas sobre Garcilaso y Santillana, las decisivas y muy numerosas aportaciones a la gramática del pasado y del presente español-, juzgo aún más valioso su modo de sentir la enseñanza como parte fundamental de su vida. La llegada suya a la Complutense, tan recelada por los dueños entonces de la Universidad, supuso una auténtica conmoción entre los alumnos: aprendían lo que era una entrega al saber y a su transmisión universitaria. La otra luminaria de aquellas aulas, Dámaso Alonso, parecía a los alumnos más distante, menos ascético; Lapesa, su gran amigo, era, en este aspecto, su complemento perfecto: podría decirse que su tiempo fue más de los demás que de sí. No cabe imaginar a nadie que lo tratara y no tuviera motivos intensos de cariño y gratitud hacia él, aparte de admirarlo como sabio. De su mano -y de la de Dámaso, es cierto- vine a Madrid, trabajé en la Universidad y en la Academia, me llevó a ser miembro de ésta, y en nombre de ella me acogió en mi ingreso: se justifica, pues, que al cariño, a la gratitud y al dolor generales añada yo alguna intensidad en este día amargo. Hacía años que su mente nítida se había oscurecido, y se había arruinado su cuerpo. Pero estaba allí, en su casa, tan intensamente acogedora mientras vivió Pilar, su esposa, y seguía siéndolo. En ciertos aspectos ya había muerto; sin embargo, no siendo ya el mismo, era él. Allí seguía, ejemplar, humilde y magnífico, tan sólo viendo pasar el tiempo sin verlo. Entre los infinitos recuerdos que ahora se me agolpan en la memoria está el del entusiasmo con que vivimos la apasionante aventura frustrada de cambiar la enseñanza de la lengua y de la literatura en el bachillerato, a que el ministro Ruiz Giménez nos había convocado, junto con Gili Gaya y Filgueira Valverde: nuestro largo y entusiasta esfuerzo, casi misional, fue desmoronado por el ministerio siguiente. Gozó mucho Lapesa con aquella aventura: tal vez podíamos lograr que las cosas cambiaran para bien. Pero casi como entonces siguen.

Sin embargo, aun siendo modelo en todo, fue casi heroico en el desprendimiento: entregó la mayor porción de su vida a la Academia; durante muchos años, allí estuvo, tarde tras tarde, trabajando junto a sus colaboradores en el Diccionario histórico, con una falta de medios que le iba haciendo evidente la imposibilidad de ver acabada aquella gran obra anónima, esencialmente suya; pero a ella continuó aplicando su rigurosa exactitud mientras tuvo fuerza. Es ésta, tal vez, su mejor prueba de generosidad, de entrega a lo que juzgaba un deber. Sin Rafael Lapesa, no sólo la filología, sino la vida española entera, pierde densidad.

Fernando Lázaro Carreter es académico y fue director de la Real Academia Española.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2001