48º FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

Dura y compleja película sobre el genocidio en la guerra yugoslava

Una intensa pesadilla sueca sobre el terrorismo completa la jornada

Las flores de Harrison, dirigida por el francés Elie Chouraqui, reconstruye sin escatimar fiereza en sus imágenes, a veces muy duras y siempre primorosamente elaboradas, algunos aterradores episodios genocidas ocurridos en 1991 en el frente croata de la guerra civil de Yugoslavia. La desbordada y brillante tensión emocional de esta película tuvo una austera réplica en el filme sueco Depués de la tormenta, dirigido por el iraní Reza Parsa.

Película de género

Reza Parsa nació hace 32 años en Teherán y se instaló en Suecia cuando era un muchacho adolescente. Tanto los rasgos derivados de su cultura de origen como los adquiridos en sus años de formación sueca se perciben en Después de la tormenta, que es un arriesgado, extraño y vigoroso relato de un doble crimen, en el que la austeridad de las severas imágenes, aumentada por la sensación de fragilidad que suele acompañar, y éste es el caso, a las películas primerizas, dan lugar a un clima dramático denso, casi espeso, no fácil de respirar, atormentado y desazonador, con evidente arraigo en el pesimismo nórdico, e incluso en lo que éste tiene de tópico.Promete prologaciones inquietantes esta primera, y hacia el final algo balbuciente, exploración del novato Reza Parsa dentro de lo que tiene toda la pinta de ser un núcleo de obsesiones íntimas e intimistas, que le estallan entre los ojos y las sienes, pero que no se le van de las manos, sino que se las arregla para depositar con una intensa sensación de dominio y de sinceridad en una pantalla algo plana y fría, pero viva. En ella se entrecruzan los tormentosos, a veces torcidos y retorcidos, destinos de una docena larga de personajes amargos y esculpidos con dureza, casi a martillazos, que a veces resultan esquemáticos, pero que siempre nos sorprenden con resoluciones inesperadas y a veces explosivas en sus comportamientos.

El infierno del terrorismo arde bajo las gélidas imágenes de Antes de las tormenta, pero esta vez el terrorismo es convertido en una metáfora que propone de forma refleja una representación de la quiebra del mundo contemporáneo. Con anterioridad ese mismo infierno abrió de par en par sus puertas en Las flores de Harrison, brillante película francesa ambientada en Estados Unidos y en la Yugoslavia de 1991, durante una devastadora batalla de exterminio en un sanguinario enclave del frente de Croacia.

Dirige y produce Las flores de Harrison un hombre curtido en casi todos los oficios del cine, el francés Elie Chouraqui, que no ha escondido (como hace con astucia y talento el joven mitad iraní y mitad sueco Reza Parsa) la mordedura del terror detrás de una sombra o de una metáfora sumergida dentro de los silencios de la vida cotidiana en un país occidental, sino que lo ha abordado en su propio terreno, en el estruendo de la guerra abierta y desatada, llevada a sus límites dramáticos extremos y representada con toda la vigorosa espectacularidad que proporcionan a los cineastas (siempre que cuenten con grandes medios de producción) las viejas y refinadas tradiciones del relato bélico ortodoxo, del género en cuanto tal.Se exponía así Chouraqui a dejar ganar la partida, en un campo de batalla tan delicado como es éste, al convencionalismo, a la resultonería y a la llamada a la gran audiencia con ganchos de comercialismo barato. Estaría en su derecho si hubiese entrado al trapo de esta turbia trampa, pero de haberlo hecho habría perdido toda legitimidad moral para estar aquí, compitiendo en un festival de arte cinematográfico, donde lo que cuenta es el debate de las formas y no el de las taquillas. Pero Las flores de Harrison sortea ese peligro y no deja ganar la partida al cine formulario y predigerido, sino que sostiene frontalmente un relato que no elude nunca la complejidad, que derrocha siempre coraje moral y que propone un relato bélico pero radicalmente antibelicista, vibrante pero reflexivo, lleno de aventura y trepidación argumental, pero tambien de ideas. Y que no engaña, pues el soporte argumental en cuyo desarrollo nos hundimos en las tripas del infierno genocida es una hermosa historia de amor, un poema de amor loco de la mejor estirpe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 24 de septiembre de 2000.

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