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GOLPE DE ESTADO EN ECUADOR

Asalto indígena al poder

La insurrección de un total de 10 etnias pretendió formar un Gobierno de salvación nacional

El golpe de Estado militar en Ecuador, que contaba con el respaldo de los indígenas, desembocó ayer en una solución prácticamente constitucional. Tras ocupar el poder durante unas horas, el triunvirato que sustituyó al depuesto presidente, Jamil Mahuad, entregó la jefatura del Estado al vicepresidente Gustavo Noboa, de 61 años, quien indicó que su mandato concluiría en la fecha prevista de enero de 2003. Poco después el Congreso ecuatoriano se reunió en sesión extraordinaria para ratificar por amplia mayoría el nombramiento de Noboa, al que el propio Mahuad ha dado su apoyo. En la capital, Quito, y en las principales ciudades del país reinaba ayer la calma.

Los indígenas sublevados en Quito contra el Gobierno de Jamil Mahuad aún trabajan por un salario de hambre, como los mencionados en 1861 por los despachos del diplomático español Joaquín de Avendaño, pero, a diferencia de sus ancestros, protestan cuando les escuece el palo. Los indios del XIX preferían una tanda de zurriagazos antes que un descuento en el jornal por el trabajo incumplido. Tendidos boca abajo, recibían los azotes sin chistar y los agradecían humildemente: "Dios se lo pague". Los ponchos de ahora sostienen que alguien debe pagar una postración de siglos y acometieron una resistencia que pretende ser indefinida hasta conseguir sus objetivos.Los alzados de la capital ecuatoriana contra una corrupción política, bancaria o judicial que les mantiene en la pobreza, la indiada que cortó carreteras en las provincias andinas, ocupó el Congreso o cercó el Palacio Presidencial no es la que 200 o 300 años atrás se hincaba de rodillas ante sus capataces españoles, criollos o mestizos y les besaba la mano. Los indígenas ecuatorianos, cerca del 30% de los 12 millones de habitantes de un país sumido en una grave crisis social y financiera, se organizaron en los ochenta y en la última década protagonizaron un "levantamiento", en 1992, en el Gobierno del socialdemócrata Rodrigo Borja, cuando paralizaron casi todo el país. Esa manifestación concluyó después de un mes y tras la firma de un acuerdo con el que el Gobierno aseguraba atender sus demandas de legitimar la posesión de territorios de varias comunidades. Esos compromisos fueron cumplidos en parte, pues en poco tiempo concluyó el Gobierno de Borja, sustituido por el conservador Sixto Durán-Ballén. Pero fue en el Gobierno del también depuesto Abdalá Bucaram cuando el movimiento indígena dio muestras de su fortaleza y unido a sindicatos y otros grupos sociales logró la caída del líder populista.

También efectuó levantamientos en la época del interino Fabián Alarcón, sucesor de Bucaram. Pero con la llegada de Mahuad al poder, los indígenas reclamaron reivindicaciones consagradas en la Constitución, que por primera vez en la historia aceptaba la composición pluricultural y multiétnica de la nación. En estos días sacan de nuevo pecho en exigencia de tierras, respeto a la diversidad y, fundamentalmente, de poder político.

Desde la izquierda, el quichua Antonio Vargas, un profesor de 40 años, y sus lugartenientes dirigieron concentraciones de miles y cortejaron a las Fuerzas Armadas para enemistarlas contra el Ejecutivo en procura de "un Gobierno de salvación", de "Parlamentos Regionales del Pueblo". Ni un criollo descendiente de los encomenderos españoles, ni un mestizo en las nuevas instituciones populares; los cholos, los montubios (campesinos costeños) y los indígenas, de una vez al poder, exige el radicalismo étnico. "¡Adelante, vamos, aquí nadie se ahueva!".

La última insurrección no ha podido cumplir sus objetivos, la disolución de los tres poderes del Estado y el establecimiento de una junta cívico-militar, y los chamanes, los sacerdotes indígenas, aún baten en sus oraciones cenizas del volcán Pichincha, silbatos, alas de búho, inciensos y flores, y adivinan que pronto se conseguirá. El levantamiento indio se preparó en la más absoluta reserva, con teléfonos móviles y correos humanos, y, como otros, arrancó en la sierra, habitada por cerca de 3,5 millones de indígenas; en la Amazonia, poco más de 100.000, y menos en la costa, con apenas 7.000. En total, diez etnias, con intereses y liderazgos a veces discrepantes, pero dispuestas a paralizar el país aquellas integradas en la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (CONAIE). "Los pobres vamos a seguir siendo pobres, y viene más miseria, compañeros, ¡adelante!", instó Vargas.

Sectores influyentes en la sociedad criolla o mestiza abominan de la revolución de los ponchos con su irrupción en política como fuerza organizada. Ganó influencia, y sus tesis por la diversidad cultural en un Ecuador indivisible fueron acogidas con simpatía por la sociedad. Las pretensiones en curso son otras. "Aliadas con las fuerzas más retrógradas del escenario político ecuatoriano, las que paradójicamente neutralizaron cualquier proyecto de reforma destinada a erradicar la pobreza, ya no desean solamente el reconocimiento de su situación cultural", señala el analista Manuel Terán. "No es de extrañar esa posición, pues los ideólogos del movimiento indio, indígenas o no, jamás han creído en el sistema liberal de representación política". Terán aboga por el acercamiento de posiciones, imposibles si la dirección indígena "sólo busca espacios de poder para tratar de aplicar esquemas que de seguro condenarían a su pueblo a la miseria absoluta". Vargas recuerda que en ella están desde hace siglos y bueno es ensayar otro modelo social capaz de sumar algún cero a las 7.000 pesetas de salario mensual devengado por la mayoría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de enero de 2000