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Horterolas

Cuando los teléfonos móviles comenzaron a aparecer en España se los llamaba horterolas; lo mismo que ocurriera con los bolsos de caballero, que comenzaron llamándose mariconeras. Era una suerte de exorcismo para vencer el pudor adelantándose a la crítica o a la burla con tales denominaciones: horterolas y mariconeras. Se decía de las horterolas que incluso había quien fingía hablar por ellas, pero en realidad utilizaba una imitación sin conexión alguna, sólo por fardar. Ahora se llaman móviles, y si no tienes uno, es que eres un inadaptado o un hortera. Lo normal es que cada miembro de la familia tenga uno, con cualquier excusa. En ese sentido, las noticias que aparecen de cuando en cuando en los periódicos hacen mucho por justificar la necesidad de hacerse con un aparato. Me refiero a esas informaciones acerca de alguien que, estando a punto de perecer ante el ataque de un grupo de mandriles en un parque de la naturaleza africano, consigue avisar por el móvil a su familia en Cuenca, y ésta logra alertar a las autoridades del parque, que desplazan un helicóptero para rescatarlo. Los móviles suenan en cualquier lugar: conferencias, representaciones teatrales, conciertos, salas de espera, restaurantes... Pero hay un espacio social en el que su presencia resulta particularmente estremecedora. Veamos: ¿viajan ustedes a menudo en tren? Recientemente me dirigía yo a Zaragoza en tren con buen ánimo y dispuesto a ganar tiempo de trabajo mientras viajaba. A poco de salir de la estación comprobé con cierta alarma que mi vecino del asiento delantero hablaba en voz alta con alguien que no era su compañero de asiento, pues el otro asiento estaba vacío En ese momento sonó detrás de mí una ráfaga musical y, de inmediato, otra voz se puso a hablar en voz alta. Entonces me di cuenta de que estaba rodeado de móviles y, resignado, me dispuse a seguir leyendo.No llevábamos ni diez minutos de viaje cuando comprendí que el tipo de delante estaba haciéndole la cama a un compañero de trabajo. Era un trabajo lento y sutil y, de hecho, apenas dejaba entrever sus fines; hablaba con quien fuera fingiendo preocupación por la situación del otro, y, apoyándose en esa fingida buena intención, lo estaba dejando en pelota. Yo no solamente no conseguía abstraerme en la lectura, sino que estaba siendo arrastrado a esa canallada como un cómplice mudo, con lo que al poco tiempo ya me encontraba ante un dilema moral: ¿debía intentar saber más y socorrer al otro?, ¿me quedaría callado como un cerdo?, ¿tenía que coger el móvil del tipo de delante y tirarlo a la vía?

A la altura de Guadalajara, los móviles no paraban de sonar por todo el vagón. Allí hablaba todo el mundo, desde el señor mayor que se comunicaba con sus familiares para anunciarles que ya iba por Guadalajara, hasta el que ampliaba un pedido a cambio de un descuento del 2% por pronto pago. Una señora detrás de mí -la de la ráfaga musical- dirigía su propia peluquería no sólo controlando los movimientos de las oficiales, sino incluso hablando con una clienta que se hallaba en esos momentos bajo el casco, a juzgar por el tiempo de que disponía y los comentarios acerca de ciertos problemas de orden sentimental.

A veces, sin embargo, los teléfonos callaban. Entonces, uno veía a sus propietarios removerse inquietos en sus asiento; no sólo no les llamaba nadie, sino que ya no se les ocurría nadie a quién llamar. Adivinaba su sufrimiento como se adivina el del fumador que se encuentra en la zona de no-fumador. Así hasta que, de pronto, se les iluminaba el rostro y, con la prisa nerviosa del que acaba de recibir un regalo inesperado y lo abre, desplegaban su móvil, marcaban una vez más y aguardaban la respuesta con cara de felicidad

Cuando llegamos a Calatayud, comprendí que el desprevenido compañero del tipo de delante tenía los días contados. ¿Cómo se puede leer sabiendo que una familia se va a quedar en la calle en cuestión de un mes o dos? La señora de atrás dijo de pronto: "¿Qué, te has embarazado? ¿No? Ja, ja. ¿No te has dejado, eh?", y me volvió a sacar, sobresaltado, de mi libro, el que tenía que leer durante el viaje por razones de trabajo. Dos ejecutivos sentados juntos estuvieron un buen rato llamándose entre sí con un tercero, y el señor mayor, ya en Zaragoza, volvía a llamar al familiar que lo esperaba en la estación para comentarle por qué andén estábamos entrando.

Cuando salí a la calle sólo tenía una pregunta obsesiva en mi mente: ¿cómo vivía la gente antes de la llegada de la telefonía móvil?

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 30 de mayo de 1999.

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