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Entrevista:

"Que no haya guerra ni muerte con Perú"

Jamil Mahuad se convirtió ayer en el último presidente ecuatoriano de este siglo, en una ceremonia a la que asistieron numerosos líderes latinoamericanos y que contó también con la presencia del príncipe Felipe. El político democristiano, de 49 años, venció en las elecciones al populista Álvaro Noboa (seguidor del depuesto Abdalá Bucaram) y confía a partir de hoy en poner punto final a la difícil etapa que ha vivido su país bajo Bucaram, la lucha por el poder tras su caída, y el año de interinato de Fabián Alarcón.Pero todo parece complicarse. Además de la delicada situación interna, Mahuad, divorciado, de ascendencia libanesa y alemana, debe enfrentarse también al recrudecimiento de las tensiones con Perú, país con el que Ecuador mantiene un enfrentamiento por cuestiones fronterizas y con el que sostuvo una guerra no declarada en 1995. La semana pasada, Lima volvió a acusar a Ecuador de enviar tropas al otro lado de la frontera. En esta conversación con EL PAÍS, sostenida antes de este último incidente, Mahuad afirma que no desea un enfrentamiento con Lima y repasa el estado del país que ya ha comenzado a administrar.

Pregunta. ¿Va a continuar con la misma política de negociación con Perú que ha mantenido hasta hoy Fabián Alarcón?

Respuesta. Las negociaciones han avanzado mucho con el apoyo de los países garantes [Estados Unidos, Brasil, Argentina y Chile]. Considero que no importa quién firme, sino qué es lo que se firma. Es el momento de conocer el alcance de las negociaciones. Si se llega a firmar traerá incentivos para la paz, proyectos de más de 3.000 millones de dólares para desarrollo de zonas fronterizas: riego, vías, proyectos de agua potable, escuelas. Adicionalmente está el valor ético de la paz: que no haya guerras ni muertes o mutilados. Por eso hemos apoyado la búsqueda de la paz con dignidad, una paz duradera, justa y permanente, que recoja las aspiraciones de ambos países y zanje de manera definitiva este conflicto.

P. ¿Qué importancia tiene para usted y para la historia de Ecuador este periodo presidencial, ya que el país está saliendo de una turbulencia política, vive una grave crisis económica y una fuerte desmoralización de los ecuatorianos?

R. Existe una aguda pérdida de los valores en Ecuador. Es verdad. Pero en este periodo es mejor subrayar el tema de las oportunidades. Creo que esta nación será en menos de una década un país en crecimiento, que le ofrece a la juventud posibilidades, y no la desesperación de hoy. Los esquemas de administración del Estado tendrán una diferente distribución de responsabilidades entre los sectores públicos y privados.

P. ¿Cuáles son las principales prioridades de su programa de gobierno?

R. El principal problema de Ecuador es la pobreza, que tiene nombre y apellido. El 60% de la gente vive en una economía angustiosa, como consecuencia de la inflación y la devaluación monetaria. El Gobierno dedicará sus esfuerzos para que el nivel de vida mejore. Nuestra propuesta es una gran reforma en el campo educativo, en el de la salud pública, la creación de 900.000 puestos de trabajo en obra pública y de reconstrucción. Con educación, salud y trabajo, la gente pobre puede superarse. Sin embargo, el déficit fiscal imposibilita que el Gobierno genere empleo, ya que no hay recursos. La solución es la inversión extranjera, con reglas del juego claras, presentando solvencia, seriedad y organización en el país. Creo en un Estado controlador, normador y regulador. No en un simple ejecutor, que como administrador resulta negativo. Esperamos la inversión en el campo del petróleo; la construcción de un nuevo oleoducto para crudos pesados, que costará 400 millones de dólares; el desarrollo del campo petrolero por un costo de 500 millones de dólares; el desarrollo de proyectos hidroeléctricos de más de medio millón de dólares; la explotación del gas en el golfo de Guayaquil, con una inversión de 200 millones de dólares, y toda la reconstrucción vial de la costa, que costará 1.400 millones de dólares. Y a esto habría que sumar las telecomunicaciones, que tienen que ser privatizadas, especialmente la telefonía.

P. Ya no es fácil hablar de ideologías concretas. ¿Cómo define su pensamiento político?

R. Yo soy un democristiano. Creo en la economía social de mercado. Por mi formación jesuítica llevo enraizada la doctrina social de la Iglesia y la opción preferencial por los más pobres. Creo en un Estado que se maneje más bien con criterios de derecha en todo el tema económico y con criterios de izquierda en todo el tema social.

P. ¿Considera que Ecuador, actualmente, es ingobernable?

R. La gobernabilidad en Ecuador siempre ha sido complicada, pero tenemos algunas ventajas. Somos un Gobierno legítimo, ganador de un proceso electoral limpio. Contamos con un equipo muy bien armado, gente muy preparada y honesta. Pero también tenemos desventajas: un Congreso muy fraccionado, donde el bloque parlamentario nuestro es el mayoritario, pero no llega sino al 25% de la totalidad. La desventaja de una cultura política ecuatoriana que lleva a la gente a oponerse al Gobierno de principio y donde resulta muy difícil concertar y buscar acuerdo. Pero con estos elementos hay que trabajar y salir adelante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de agosto de 1998

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