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Salmonella

DE PASADAEl gastrónomo Juan Conde -hoy retirado a Archidona, donde apacienta una pierna mala: ¡Salud, Juan, amigo!- sostenía la especie de que una salsa ligada con salmonella era más sabrosa que un aliño sano, sin contaminar. Según su teoría, la salmonella, mezclada con el huevo, por ejemplo, añade a la ensaladilla rusa unos acentos gustativos nunca usados que transforma a cualquier comensal prudente en un devorador ansioso. Con esta teoría trató de dar una explicación verosímil a la incógnita de por qué las intoxicaciones por salmonella suelen ser masivas y los alimentos agotados con una infrecuente avaricia, de manera que los analistas de Salud no siempre obtienen fácilmente una muestra con la que investigar en el laboratorio. También explica por qué, a pesar de la diversidad de personas que caen en cada episodio -unos con pobre sensibilidad gustativa pero otros, cabe suponer, con las papilas muy susceptibles- ninguna advierte la amenaza de la enfermedad. Juan Conde, de formación teológica, vertió sin querer a su tesis sobre la salmonella el perjuicio eclesiástico de que no hay placer sin pecado, gusto sin retortijón ni borrachera sin resaca. ¿Acaso la manzana que Eva tendió a Adán no estaba contaminada por una bacteria edénica que turbó el sosiego del paraíso y condenó a quien la comió a una absurda descomposición de la inocencia? Cada vez que tengo noticias de una nueva intoxicación masiva no puedo dejar de evocar la peregrina tesis de la sapidez de la salmonella. En Granada la hubo, y muy inoportuna, pues ocurrió en los días principales de feria, hace una semana. El agente contaminante se registró en el interior de unos pastelillos y luego, en la oscuridad del intestino, entre los borborigmos digestivos, urdió su reprobable venganza y envió al hospital a la festiva muchedumbre. Otro tipo de salmonella, pero de efectos igualmente vertiginosos, afectó más tarde a los responsables públicos de Salud de Granada. El animal, no se sabe envuelto en qué clase de golosina, produjo una incontinencia verbal y un cruce de acusaciones, pero no de reproches sólidos sino de reproches acuosos, blandos y ligeros, más propios de un cólico que de una deposición elocuente y firme.

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