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Alberto Schommer devuelve la fotografía a la Academia con un elogio del ojo apasionado

Su cascografía "Fugaz" se convierte en la primera foto del Museo de Bellas Artes

El fotógrafo Alberto Schommer (Vitoria, 1928) leyó ayer su discurso de ingreso en la Academia de San Fernando, en la que sustituye al fallecido Juan Gyenes. Schommer rechazó la frialdad científica del arte fotográfico e hizo un elogio del ojo apasionado, del tipo que pone el corazón al disparar, del autor emocionado y provocador. El fotógrafo alabó la fuerza y la belleza de este «arte olvidado en España», que Schommer considera en plena revolución tecnológica. Y aunque no sabe dónde acabará el gigantesco cambio que marca la era electrónica y digital, afirma que «requerirá las armas clásicas del arte: magia, amor y sensibilidad». «A mi me gustaría sacar fotos con la mano».

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Rodeado de amigos, familiares y paisanos como Iñaki Gabilondo, muy relajado pero a la vez estirado por el almidón de la camisa y por el frac -«No me puedo ni sentar», bromeaba antes de la ceremonia-, Alberto Schommer quiso hablar para los académicos. Seducirles hablándoles de la fotografía, de su magnetismo y surrealismo, su poder y su subversión. Su Elogio de la fotografía -que contestó con otro el escultor Julio López Hernández- fue a la vez un homenaje: a maestros primitivos como Talbot, Bayard, Nadar, Salomon. A clásicos de la vanguardia como Avedon, Penn, Strand, Moholy-Nagy, Ansel Adams. A reporteros como Capa, Cartier Bresson, Robert Frank. A provocadores como Mapplethorpe o Witkin. A toda esa gente que dibuja el camino y ayuda a relacionar unas artes con otras, la foto con la pintura, ambas con la literatura...

Un terremoto de magia

Schommer recordó a los académicos su llegada a la fotografía: se produjo, en los años cincuenta, a través de un «terremoto de emociones y magia». El que le produjo la visita a la exposición La familia del hombre, antología realizada por Edward Steichen que iba a ser «la piedra filosofal» para aquel pintor y aficionado al cine que andaba «en las brumas de la elección y la búsqueda». Schommer guarda un vivísimo recuerdo de aquellas imágenes vistas a mediodía, «con luz de mucha temperatura», en el Moma de Nueva York. No formaban «una poderosa sinfonía de Beethoven, sino una sonata para piano y chelo de Johannes Brahms». Había retratos de gente de todo el mundo, niños desnudos, mujeres embarazadas, ancianos, un chinito tirando una bola, y pobres miserables, y amor, y mendigos, y paisajes, y crisis...

Aquella exposición le enseñó que «el mundo es más pequeño sin la fotografía», que un fotógrafo puede crear, atrapar el mundo y enseñarlo, que la fotografía es una «máquina del tiempo» pero también un «fascinante y misterioso» testigo del presente, aunque ese presente «deje de existir en el momento que el fotógrafo quita el dedo del obturador».

La fotografía es para Schommer un «arma política fabulosa», y a la vez un múltiple y cruzado cajón de espejos. Es arte social, «barato vehículo de conocimiento»; es documento comprometido, un «grito que pincha la conciencia»; es imagen de una verdad-mentira, real y surrealista (como entrevió Susan Sontag); es provocación («la belleza por la belleza de la moda y la publicidad»; retrato íntimo («Ya dijo Avedon que "las fotografías tienen una realidad que las personas no tienen») y medio de satisfacer deseos (la pornografía), o criticar y desmitificar (desde los reportajes de la Agencia Magnum a la explicitud de Mapplethorpe o a su propia y nada inocente multiplicidad de imágenes de políticos y otros personajes poderosos.

«Hoy no haría retratos psicológicos aunque me dieran oro», dice Schommer. «Eso me encasilló y es lo peor que te puede pasar. Pero no descarto volver algún día».

Parece difícil pronosticar nada en medio de este enorme desarrollo tecnológico... «Es imposible saber sónde acabará la fotografía. Imagino que el documento nunca se perderá, pero nadie puede atreverse a pronosticar nada. Si piensas que hasta será posible editar libros que reproduzcan secuencias de fotos en movimiento... Lo que sí creo es que la electrónica hará más segura a la fotografía que a la pintura. Y que seguirá siendo indispensable sentir emoción al trabajar».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de abril de 1998