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Tribuna:

Cara de celuloide, alma de papel

El novelista contemporáneo que más ajeno al cine parece, Julien Gracq, dice en su libro de ensayos En lisant, en écrivant que "la transcripción cinematográfica de una novela impone brutalmente al lector, e incluso al autor, las encarnaciones, tan arbitrarias sin embargo que se han elegido para cada uno de los personajes; sólo con el tiempo el texto eliminará los rostros demasiado precisos que la película le sobreimpone, y que no son de su sustancia". Estas brutalidades del cine, que todos hemos sufrido, son independientes de la calidad de las películas; jamás me imaginé a Emma Bovary con los labios procaces y la mirada en parte bovina de Jennifer Jones y, sin embargo, después de ver la Madame Bovary de Minelli que ella protagonizó eran sus morros y sus ojos de falsa guapa los que solían venirme a la cabeza al recordar a la desdichada fantasiosa de provincias que Flaubert creara. La de Minelli, por cierto, es una gran película, una gran obra de cine infiel a la grandísima novela, pues esa especie existe, como existen, dentro del desprestigio que las adaptaciones tienen entre los puristas, las películas que mejoran, que regeneran diría yo, los textos que adaptan: es el caso reciente de la Perdita Durango de Álex de la Iglesia.Ahora es Jeremy Irons a quien veo al abrir en mi memoria el libro de Lolita, y en este caso sobreimponiéndose él a su antecesor James Mason la película de Kubrick, pues así de casquivano es el recuerdo de las imágenes: suele irse con la última que llega. El sarcástico y atribulado Humbert Humbert de Nabokov es Irons, y eso pese a lo clamorosamente huea y decorativa que resulta la nueva filmación de Lynne. ¿Quedan fijos por siempre esos efectos en nosotros? Gracq cuenta en el ensayo citado que tras un largo tiempo releyendo La cartuja de Parma con los rasgos de Gérard Philipe en la pésima adaptación de Christian-Jaque. un día, de golpe, el libro se sacudió a la película de su cabeza, y el "pueblo de las palabras",- como un hormiguero, minó y digirió las imágenes perecederas que lo ofuscaban. Hice la prueba. Acudí a las palabras del narrador, el reino donde Nabokov coincide tan singularmente con su protagonisa: "Mi único rencor contra la naturaleza era que no odía volver del revés a Lolita y aplicar mis labios voraces a su joven matriz, a su corazón desconocido, a su hígado nacarado, a las esponjas de sus pulmones, a sus encantadores riñones gemelos". Las siluetas de la pantalla, por mucho Iron que tenga dentro Jeremy, se disipan ante el intransferible, invisible sonido de una voz para ser leída.

Ahora bien, ¿qué sucede en los contados casos en que el responsable de la traición, de la trasposición quiero decir, es el autor del libro traspuesto, como acaba de suceder con La pistola de mi hermano, la película de Ray Loriga basada en su novela Caídos del cielo? Como lector me tracé -no en otra cosa consiste la lectura- mi propio horizonte de expectativas respecto a su intención, sus personajes, el abierto universo de sus ficciones, y las caras de los actores elegidos no chocaron contra mi galería particular (superada en los casos de Karra Elejalde y Virgo Mortenssen, extraordinarios ambos). Pero en este caso el cineasta tenía que encontrar una razón narrativa distinta a la que da su fuerza a la novela, el relato y la mirada del hermano pequeño. Loriga, debutante más que prometedor pues tiene instinto visual, ojo para el espacio, buen gusto original, da vida muy convincentemente a sus figuras y al paisaje por donde circulan, pero quizá no acaba de encontrar en ese cambio del punto de vista el sustituto fílmico del pueblo de Sus propias palabras. Es el riesgo de la autodevoración. Un riesgo que el director Loriga no cometerá cuando -es de esperar- repita en el cine sin repetirse a sí mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de diciembre de 1997

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