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Crítica:XVIII FESTIVAL DE JAZZ DE MADRID

Tres conciertos en uno

Donald Fagen, histórico teclista del grupo Stely Dan, acertó a definir en una palabra la música del pianista panameño Danilo Pérez: "Suena como si estuviera tocando PanaMonk". Sólo con un término tan reduccionista se puede describir una estética poliédrica, multicolor y pluridisciplinar, en la que Panamá representa toda la riqueza del legado folclórico caribeño y Thelonious Monk sintetiza 80 años de jazz.En el segundo concierto del Festival de Madrid, Danilo Pérez jugó al gran juego de intercambiar nombres y apellidos musicales, y desde el principio compartió con la audiencia nuevas y vibrantes combinaciones estilísticas.

Abrió con una delicada síntesis de melodías panameñas que flotaron con elegancia popular sobre colores de aristocrática estirpe ellingtoniana, y continuó con dos piezas de Morik que fueron llevadas con mimo a una desconocida encrucijada en la que parecían darse cita Bach, los boleristas clásicos y ciertos pianistas modernos de jazz.

Danilo Pérez Trío

Danilo Pérez (piano), Reuben Rogers (contrabajo) y Jeff Ballard (batería). Centro Cultural de la Villa. Madrid. 6 de noviembre.

Cuando atacó el inmortal Lush life, de Billy Strayhorn, ya había quedado claro que Pérez es un músico eminentemente rítmico, sagaz para la disonancia sugerente y de talento casi reflejo para fragmentar las atmósferas sin romper su significado.

Estimulante

Por momentos daba la impresión de que estaba dando tres conciertos en uno: podía sentar las armonías de una pieza, apuntar la melodía de otra y aplicarle el ritmo de una tercera. El resultado era denso y estimulante, pero siempre diáfano, sereno y homogéneo.Una sección rítmica compenetrada y cooperativa permitió después que el Everything happens to me- presentado a plano solo, a modo de reposado paseo al añejo estilo stride, acabase en una verdadera bacanal. Mediado el concierto, el panameño dedicó a Tete Montoliu una emocionante alianza entre dos temas favoritos del catalán, Reflections y Round midnight, llenos de todo el poder evocador que debe tener la elegía.

Quiso despedirse haciendo cantar al público desde el piano, pero no pudo resistir la tentación y finalizó la memorable jornada empuñando las baquetas y enzarzándose con el batería en un tórrido duelo de tambores para recordar que cualquier instrumento, en las manos adecuadas, puede cantar como los ángeles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de noviembre de 1997