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La guerra deja a Zaire solo frente al sida

El país acumula el 2,1% de todos los casos de enfermedad en el mundo

ENVIADO ESPECIAL En Zaire dos condones surafricanos o indios equivalen al salario de un mes (145 pesetas). Muy pocos se lo pueden permitir. Problemas económicos, culturales o psicológicos -"eso es cosa del hombre blanco" o "disminuye el placer en un 50%"- originan el rechazo de lo que aquí llaman, con irónica precisión, le capote. En un país donde el virus se transmite en un 87% por vía sexual, y en el que las prostitutas son el segundo grupo de riesgo (con un 30%), el preservativo es un arma de defensa nacional. Un informe de julio de 1996 de Médicos Sin Fronteras (MSF) es revelador del grado de desinformación entre los jóvenes de 14 a 18 años, edad en la que se incorporan a una vida sexual activa. "El sida viene de Japón, es una consecuencia de la bomba de Hiroshima", dice una joven de Kinshasa. Otros definen el sida como "un castigo de Dios" o como "la enfermedad de las putas". Pocos tienen una idea acertada.

El doctor Musongela, jefe del departamento de sida del hospital Mama Yemo de la capital, una decrépita sala con 200 camas en la que los enfermos dormitan su tragedia, se queja de la falta de financiación exterior y gubernamental. "Todos los organismos nos cortaron la ayuda por problemas políticos con el régimen. Ahora, la guerra ha empeorado aún más la situación. No tenemos dinero para adquirir medicinas ni para hacer prevención".

A su lado, María N. traga con dificultad una papilla amarillenta hecha de maíz. Tiene 27 años. Aún conserva un hilo de su belleza. No sabe cuándo se contagió. Su hijo también tiene sida. María N. sabe que va a morir. Su familia es pobre, como todo el país. Carece de dinero para las medicinas. "Es un caso que se repite", dice Musongela, "nadie puede pagar aquí unas medicinas que cuestan 300 dólares y sólo sirven para suavizar el final". En otras camas yacen mujeres con los huesos de la cara hundidos y los ojos fijos en un techo que se desconcha por la humedad.

"Uno de los mayores problemas que tenemos es el rechazo social", dice Phillipe Vinard, responsable de la Unión Europea del programa de ayuda sanitaria en Zaire. "Muchos creen que la enfermedad se transmite a través de la respiración, el saludo o el mosquito". El equipo de Vinard ha distribuido 14 millones de preservativos. Algo insuficiente para un país de 46 millones de habitantes.

El primer caso oficial de sida en Zaire se detectó en 1983. Hoy, las cifras se elevan a 38.426. "Es imposible realizar la prueba a todo el mundo, por eso manejamos unos porcentajes de desviación", asegura, tapado por una pila de papeles, el doctor Milenga, el jefe de la oficina central de coordinación, el organismo estatal encargado del sida. "La más conservadora de esas desviaciones es del 1%, lo que representaría 59.310 casos. La pesimista (2,5%) es de 159.71W. Milenga asegura que la realidad está entre los dos guarismos.África sufre el 35% de los casos de sida de todo el mundo. De ellos, Zaire posee el 2,1%. El sida es la tercera causa de mortandad tras la malaria y las enfermedades respiratorias. A Zaire le superan en desgracia Tanzania, Kenia, Malaui y Uganda.

En la barra del Savana, uno de los pocos elegantes restaurantes que sobreviven en Kinshasa, se arraciman las prostitutas en busca de clientes. Muchas llevan estrafalarias pelucas o se espolvorean el rostro con el fin de blanquearlo. Eliane tiene 20 años. Está en la peor edad. El 85,5% de los enfermos está entre los 15 y los 50 años. Es hija de un general que murió caído en desgracia en una prisión del mobutismo hace dos años. Fue cuando ella decidió ganarse unos dólares con su cuerpo a espaldas de su familia. Tiene cuatro o cinco clientes por semana. "Sé lo que es el sida, me informaron de la enfermedad en el colegio. Sé que debo usar el preservativo para evitar el contagio, No tengo miedo. Si tomas medidas no hay riesgo", dice Eliane.

Linda Stella es negra como un tizón. Tiene 23 años. Tiene un aire a la cantante cubana Celia Cruz. También es puta. Manosea con mimo a los candidatos sentada en un taburete. Lo hace con la esperanza de transformar el rey Príapo de algún blanco solitario y besucón en un cálido billete de 50 dólares. Sus víctimas son libaneses, diplomáticos, guardias de las embajadas, hombres de negocios en crisis y ahora, con la guerra, una rínglera infinita de periodistas. "Yo no tengo miedo", dice Linda Stella, "el sida sólo afecta a los que no saben nada de la enfermedad".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de mayo de 1997