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47º FESTIVAL DE BERLÍN

Tim Burton ataca con una divertida pandilla de marcianos completamente terrestres

Ridícula versión estilo mariachi de 'Romeo y Julieta' de William Shakespeare

La gran esperanza norteamericana de esta Berlinale era ¡Marte ataca! y no ha defraudado. Ayer se venía abajo (entre el regocijo y las ovaciones) la enorme sala repleta del Palacio del Festival berlinés. Es esta última obra de Tim Burton un originalísimo y trepidante entretenimiento, pero también bastante más que eso: un irónico, en ocasiones feroz, arreglo de cuentas del cineasta estadounidense con las cosas que no le agradan de su país, que son muchas y las pulveriza con una desenvoltura y un talento arrolladores. Completó la jornada una ridícula versión californiana, de las llamadas de estilo mariachi, de Romeo y Julieta, de William Shakespeare.

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Continuó luego la juerga de risa y aplausos ya en calma, durante la viva conferencia de prensa que Burton y su mujer, Lisa Marie -que hace un pequeño y gracioso papel en la película-, protagonizaron en el Auditorio Intercontinental. Con estudiada pinta de loco, a Burton -que en realidad tiene debajo de los pelos desordenados una cabeza perfectamente en orden- se le notaron la comodidad y las ganas de contagiar su estado de ánimo, lógicas en quien acababa de ver su obra disfrutada y entendida por una multitud que sabe ver cine, que se reía o aplaudía en los momentos exactos y que lo hacía con la elocuencia que las respuestas adquieren cuando se produce una verdadera comunicación entre la pantalla y la sala.Cuando Burton se apea de retóricas batmanianas, pisa a ras de suelo y, apoyado en mitos populares menos engolados, hace metáforas sobre cosas que ocurren -como hizo en Ed Wood y ahora en ¡Marte ataca!- en su país y de rebote en todo Occidente, alcanza las formas más complejas de la simplicidad y se convierte en un artista superdotado, superior, clarividente y sin equivalencias en ningún otro cineasta actual.

Su pandilla de marcianos, gentuza feísima y de una mala uva tan graciosa y exagerada que acaba por hacerles caer simpáticos, son en realidad unos bichos completamente terrestres, réplicas con aspecto de caricatura irónica de los innumerables idiotas e idioteces que vienen desde su planeta a aniquilar en éste. Por ejemplo: se oyó durante la proyección un "¡bravo!" simultáneo, procedente de las cuatro esquinas de la sala, cuando uno de estos marcianos, killers de maquinita electrónica, se carga en Las Vegas un monumento al donut.

Emulsión de vitriolo

Y cuando el presidente Jack Nicholson y el jefe del Pentágono jod Steiger hablan de estrategia y acaban discutiendo con ladridos marcianos sobre la conveniencia o no de tirar a los bichos invasores la bomba atómica. Y en la invocación a Nancy Reagan que la alelada primera dama Glenn Close hace antes de ser aplastada por la araña del vestíbulo de la Casa Blanca. Y en la escena en que la chica marciana pistolera se disfraza de muñeca barbie para no infundir sospechas. Y en muchos hallazgos más, filmados con emulsión de puro vitriolo, de magnífica y tronchante mala leche.Por no hablar del completamente mendaz discurso presidencial de Nicholson y, posteriormente, cuando la guerra se desata, su explicación (que tiene dinamita) de que aquella catástrofe se debe a "un malentendido cultural", que lo dice todo: el marcianismo es una cultura y, por cierto, muy extendida en la tierra, por lo que no hace falta importarla de Marte.

Todo es gozoso en este espectáculo, del que se sale reconfortado por la agilidad que Burton posee para echar por los suelos, con un manotazo liberador o con una argucia visual imprevisible, los signos de la estupidez y la mediocridad que hoy invaden el, planeta. La inteligencia se alía a la locura bajo la melena alborotada del cineasta y luego puede decir, con sonrisa de chiquillo que no ha roto un plato: "No, no me atribuyan ustedes cosas que yo no he dicho. Yo no me cargo esto o aquello. Quienes se lo cargan son los marcianos, que tienen muy buena puntería".

También tienen buena puntería otros marcianos vecinos de Burton. Son los pobladores latinos de Verona Beach, localidad californiana donde el gang de pistolones mariachis de la familia Montagú y la familia Capulet andan a la greña mientras sus herederos Romeo y Julieta se aman y se casan en secreto. A un muchacho berlinés de 12 o 13 años le enchufaron el micrófono de una televisión a la salida del cine y soltó este perfecto análisis (me lo tradujeron así) de Romeo y Julieta: "Al principio, cuando hay tela, la película mola; pero luego se ponen a decir chorradas y la cagan". No hace falta decir que tales chorradas las escribió Shakespeare y que así suenan dichas por Leonardo DiCaprio y Claire Danés, dirigidos por un tal Baz Luhrmann, que obviamente es el defecador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de febrero de 1997